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cómo se construye una casa

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¿Cómo se construye una casa? Hace un tiempo, largo ya, que vengo pensando sobre las casas. Es, probablemente, porque ya perdí la cuenta de cuántas casas tuve. Cuantas casas he llamado mi casa, cuantas casas me cobijaron y en cuántas camas diferentes tuve que dormir. Soy, sin embargo, una persona hogareña. Me gusta mi casa, me gusta estar en mi casa, tirarme en mi cama, regar mis plantas, sentarme en el sillón. Me gusta, sobre todo, llegar a casa. Cuando empecé a escribir mi tesis de licenciatura, la primera idea que tuve fue escribir sobre las casas. Había leído varios libros donde este espacio era central. En Una casa lejos de casa, Clara Obligado reconstruye su exilio. En The hounting of Hill house, la casa se queda para siempre con Eleanor. Hay escenas de casas en libros que llevo en la biblioteca que guardo en la esquina izquierda de mi corazón. La casa rosada y llena de flores de la tía Encarna donde Camila Sosa Villada pasa las tardes y algunas noches. Esa casa donde se bautizó a un niño en un patio escandalosamente repleto de flores, esa casa de joyas escondidas y con el alma desolada y feliz de las travestis de Parque Sarmiento. La casa en Rincón de Cecilia Moscovich, una casa luminosa frente al río como la casa de mi tía en Rincón, donde veo a Cecilia arrastrar las garrafas de gas hasta la cocina y el kayak hasta el borde del agua. La casa bañada en agua de la madre de Marguerite Durás, una casa en la punta de la montaña chorreando agua por las puertas mientras una mujer baldea los pisos y el viento corre por las ventanas y un par de niños corre descalzo y se moja los pies. La casa bote de Xiaolu Guo flotando en las aguas podridas de Londres, una casa fría y gris como su gripe, incómoda, sin cimientos. Todas esas casas pero también mis casas. Las hermosas y las horribles, y aquellas que eran horribles y las volví hermosas a fuerza de vivirlas. Mi primera casa en Santa Fe, compartida con otras once chicas, llenas de plantas que la Guadi regaba en un patio de luz que tuve la suerte de que dé a mi dormitorio y me llene de helechos la ventana. Una casa de pisos de madera, de cocina abarrotada y bibliotecas compartidas, donde cocinábamos todas para todas y nos reuníamos una vez a la semana para charlar sobre la vida y organizarnos un poco mejor. En esa casa aprendí a lavar el baño y a convivir. Mi primera casa en un fonavi, donde nací, donde vivíamos con mis seis hermanos y mis papás; una casa minúscula que yo recuerdo como una mansión. Una casa donde entre todas las faltas nunca faltó una silla para quien quería acercarse a comer. Esa casa donde un día cayeron de visita cuatro amigos de mi hermana mayor y se quedaron una semana y ya no éramos nueve sino trece y la pila de milanesas desaparecía frente a nosotros en la bandeja del centro de la mesa. En esa casa, esa semana, uno de ellos, sin saberlo todavía, pasaría a ser un hermano más al casarse con la tercera de mis hermanas años después. Donde mi mamá perdió la cordura muchas veces y nos amó y nos cocinó y donde mi papá llegaba destruido después de dieciséis horas de trabajo para sentarse a cenar en una mesa donde siempre había alguien más. La casa que más amé: una casa gigante de dos patios donde todos mis amigos pasaban la vida tirados, donde aprendí a cuidar las plantas en cuarentena y llené de flores las paredes de los patios y los canteros de hiervas y donde fui, sin lugar a dudas, feliz. La casa de mi segundo trabajo en el campo, donde los ratones se asomaban por las hornallas de la cocina y dormían en los resortes de mi colchón. Una casa de madera con agujeros de nidos de ratas, con los vidrios rotos y restos de podredumbre de colchones abandonados y camas de metal apoyadas en la pared que me recordaban a un manicomio abandonado y donde descubrí que ya nunca volvería a tener pánico nocturno porque había logrado descansar ahí, en la mitad de Queensland, sin nadie a más de un kilómetro de distancia y con el chiflido del viento moviendo el molino crujiente y oxidado que silbaba canciones para jamás dormir. La casa del campo en Tasmania, con el caballo del vecino, las montañas, los hongos húmedos a la mañana y el lago de cisnes negros alumbrado por la luz anaranjada del atardecer. La casa del campo de South Australia, llena de la tierra anaranjada y arenosa del desierto, con un ventanal gigante con vistas a las maquinarias viejas y oxidadas y a las flores en primavera que nunca nunca entendí cómo hacían para crecer ahí, donde todo parecía muerto y rojizo y árido y donde salí a correr todas las mañanas de noche bajo las estrellas, mirando la vía láctea, alumbrándome el camino con la luna que reflejaba las sombras negras de las ramas secas de los árboles y de los arbustos. Mi primera casa en Australia, un cuarto-estudio en una casa casi abandonada, que compartí con personas a las que nunca les vi el rostro pero que conocí sus olores y sus costumbres, donde regué dos plantas intentando ser feliz, y donde encontré un cuadro de Klimt que coronó mi cama y le dio a ese agujero del mundo toda la belleza que necesité para resistir. El departamento en el centro de Santa Fe, con un balcón repleto de plantas desde donde se veía la cúpula de la iglesia del Carmen y donde el vuelo de los murciélagos y el rojo del atardecer me daban un paisaje gótico que mirábamos desde el echadero del living, donde siempre alguien se quedaba a dormir. La casa en Sicilia, con esa ventaba abierta al viento fresco y su estructura apilada para encajar entre las piedras de la montaña, en ese pueblo en cuyas calles de mil años los chicos jugaban a la pelota y el verdulero pasaba gritado las frutas que tenía para vender. Mi segunda casa, en la que pasé la secundaria, situada en frente de mi colegio, minúscula e inmensa, la casa del pueblo que le decían mis amigos, donde me levantaba de la siesta y mis compañeros del curso estaban merendando con mi mamá. El Bungalow en Darwin donde salía del dormitorio a una galería rodeada de verde y de serpientes, de possums y murciélagos, y donde convivía con más de diez personas en esa jungla de asados al fuego y una pileta de agua helada a la que nunca le daba el sol. ¿Cuántas casas han sido mi casa? Escribí tantas veces sobre esto y nunca doy con la respuesta. ¿Por qué me muevo tanto si me gusta tanto quedarme? ¿qué necesito para que una casa sea mi casa? No mucho. Una cama, un techo. Si se puede, una galería. Un lugar donde hacer un compost, donde plantar algunas flores. Un lugar donde escribir. Cuando me pregunto si tendré algún día una casa que sea mi casa en ese sentido de pertenencia que da comprar un espacio, me pregunto después dónde estaría. ¿en la montaña? ¿en frente del mar? ¿en una jungla? ¿en el desierto? ¿en Santa Fe, cerca del río? ¿podría mirar todos los días el mismo paisaje? ¿me compraré un buen colchón donde no me duela la espalda al dormir, que cambiaré a los diez años cuando tenga ya un hueco en el medio? ¿la compartiré con alguien o viviré sola? ¿tendrá un patio o un balcón? ¿regaré macetas o tendré una huerta? ¿escribiré en el patio o frente a una ventana? No puedo elegir entre tantas maravillas. Me es imposible. Pero no me preocupa más. Evidentemente, son las casas siempre las que me eligen a mí. 2024