Relatos de una vida con TOC o lo que sea
Las personas solemos asociar, por el sentido común o por las películas o por qué se yo, al TOC con alguna de esas prácticas obsesivas concretas que tiene una persona y que repite de forma regular durante un período prolongado de tiempo, de forma irrefrenable. Mi papá, por ejemplo, acomoda cuando reza todas las estampitas de forma geométrica en frente de su Libro de las horas, siempre en el mismo orden: primero la virgen del Carmen, después Cristo redentor, después Don Giussani, y así. Cada vez que se sienta a rezar, las vuelve a colocar en la misma simetría, con el mismo ángulo y la misma distancia de separación entre una y otra. De chica, yo jugaba a moverle alguna y salir corriendo.
Pero (y afirmo esto a riesgo de equivocarme en la descripción psiquiátrica) el TOC es mucho más que eso. Vivir con TOC no sólo remite a una práctica concreta, que responde a esa pregunta tan realizada ¿y vos que TOC tenés? Vivir con TOC es una forma de existencia que trastoca a un modo obsesivo una gran cantidad de prácticas cotidianas que se gestan de forma geométrica hasta la tortura, y que te obligan a accionar de determinada forma una y otra vez, una y otra vez, sin poder frenarte nunca a voluntad. Como no soy psiquiátra, pero sí enferma ah, sobre esto último voy a hablar un poco: sobre la fabulosa experiencia de existir 25 años en este mundo acompañada de un cerebro que sistematiza y acomoda las cosas más insignificantes para dejar signadas al azar todas aquellas que sería necesario acomodar de alguna manera (como por ejemplo, las horas de estudio, las horas de comida o de trabajo, que nunca pude sistematizar).
Las primeras experiencias las recuerdo en mi infancia: cada vez que me rascaba el brazo derecho, tenía que rascarme también el izquierdo exactamente en el mismo lugar. Y si rascaba el izquierdo un poco más arriba que el derecho, volvía a rascar el derecho en la zona exacta donde había rascado el izquierdo. Y si volvía a errarle, repetía la práctica cuantas veces fuese necesario para que mis brazos estuviesen rascados exactamente de la misma manera.
Otra cosa similar me pasaba cuando caminaba. Cada paso que realizaba tenía que caer sobre la misma zona de la baldosa que el paso anterior. Cuando mi primer paso se daba sobre una línea, todos los siguientes debían caer sobre una línea también. Pero no en cualquier lado de la línea: la línea debía tocar la misma zona de mi pie que había tocado la línea anterior. Por ejemplo, si el primer paso con el pie derecho caía sobre una línea que quedaba a la altura del arco del pie, la línea que quedase bajo el pie izquierdo en el siguiente paso también debía estar a la altura del arco del pie. Y si estaba a la altura del inicio de los dedos, debía continuar siempre así. A veces se podía dar un cambio, pero eso implicaba cambiar todo el sistema y construir uno nuevo: bueno, se terminaron las líneas. Ahora todos los pasos caerán exactamente en el centro de la baldosa. Cuando terminaba el diseño del piso que había provocado mi paso simétrico y yo no había logrado entablar una caminata regular, sentía una pequeña angustia que recorría mi cuerpo. Y rediseñaba inmediatamente mi caminata en vínculo con las baldosas del piso nuevo.
La mayor parte de mis acciones obsesivas sucedían sin embargo por la noche, antes de irme a dormir, porque era el momento en que el TOC se unía a la fobia nocturna y generaba un cóctel de deficiencia de salud mental en mi pobre cabecita de ocho años (y de doce, y de dieciocho) que no me dejaba dormir durante noches enteras. ¡Ah, qué difícil era acostarse a dormir cuando tenía ocho años! El miedo a la oscuridad (acompañado por la visión por el rabillo del ojo de gente que no existía y de escuchar voces que me llamaban por mi nombre a los gritos) se unía a la imposibilidad de dejar de hacer repetitivamente ciertos actos concretos generando una danza de insomnio interminable.
Este hecho tiene antecedentes en mi vida desde la más corta edad: ya a los dos años me tiraba de la cuna a la cama de mi hermana Eva para no dormir sola. Cuando aprendí a caminar, me iba a la cama de mi hermano Marcos (a él también le pedía, y a mi mamá, que me tocasen el corazón y me dijesen si iba a dejar de latir). Después, entre los cinco y los siete, dormía con mi hermana menor, Tere. Cuando dormía con ella, tenía un sistema de control de variables perfecto: calculaba que sus pies estén más abajo que los míos, para que no me los agarren (a ella nadie se los agarraría, claro, el problema era conmigo), pero también calculaba que su cabeza esté más arriba que la mía. Este hecho provocaba que me encorvase de una forma sumamente incómoda, y obviamente, que ocupase más lugar a lo ancho, lo que incitaba la razonable furia de mi hermana. Además, me colocaba mirando para el lado contrario para el que miraba ella, para que todos los ángulos de visión estén cubiertos.
No recuerdo exactamente a qué edad empecé a dormir “sola” en mi cama. Me acostaba y gritaba a alguno de mis hermanos que me apagase la luz. Era inconcebible apagarla y realizar sin luz el recorrido de la perilla hasta el colchón. Inconcebible. Cuando me acostaba, empezaban de nuevo los cálculos. Controlaba en mi mente la distribución de camas de toda la casa, para que mi cuerpo no se encuentre en ningún borde. Me voy a explicar mejor. Mi casa tenía dos pisos; yo calculaba: abajo duermen mis papás, en el piso de arriba nosotrxs. Así que más abajo que yo están mis papás, más a la derecha mi hermana Tere y mis hermanos, más a la izquierda mi hermana que tenía en la pieza contigua su cama sobre esa pared, más arriba la Ani y mis hermanos que dormían en cucheta. El lado de la casa más peligroso era el de la pared donde estaba mi cabeza y la de mi hermana Tere, que compartía la pieza conmigo, porque era la única zona cuya cobertura quedaba sujeta al movimiento de Tere en su propia cama. Y yo no podía con eso: miraba que su cabeza esté más arriba que la mía, y ponía mi almohada más abajo. De todas formas, eran pocas las veces que conciliaba el sueño. La mayoría terminaba corriendo hasta la cama de mis papás, y dormía con ellos gran parte de la noche.
Cuando me mudé de casa a una más al centro, el ritual se modificó. Yo ya estaba en la secundaria, y no podía ir con la misma recurrencia a dormir con mis papás o con mi hermana menor (aunque, en circunstancias en las que me levantaban el vómito y la transpiración provocadas por el terror, lo hacía igualmente), y en mi casa ya no vivían todos mis hermanxs. El nuevo ritual se acomodó a las nuevas instalaciones: mi pieza daba a un patio de luz que permanecía con la luz prendida toda la noche, y que dejaba en mi pieza un reflejo blanco cortado por la sombra del perchero que estaba al pie de mi cama. Yo me acostaba, todas las noches, exactamente de la misma manera. Con la cabeza para arriba para tener ángulo completo de visión (nunca dormí para un costado o cabeza abajo hasta bien entrada la mayoría de edad, no vaya a ser que me apareciese algo por atrás) y la almohada un poco elevada para cubrir con mis ojos el pie de la cama; con los pies recogidos para que no me los agarren (las rodillas no se me arruinaron porque sí), con los brazos cruzados y el pelo bien metido debajo de mi cabeza, para que nadie me lo tire por detrás. Todo esto no impedía que revisase más de quince veces debajo de mi cama desde todos los ángulos, abajo del ropero, debajo de la cama de mi hermana, atrás del perchero. ¡Y que nadie me apagase la luz! Inmediatamente me despertaba. No importa cuán profundamente haya estado durmiendo: mis ojos se abrían y entraban inmediatamente en el abismo de terror de creer que me había quedado ciega. Desesperadamente, buscaba la perilla de mi velador para verificar que aún seguía teniendo vista, me levantaba, prendía la luz que me habían recién apagado y volvía a acostarme. El ritual, obviamente, volvía a comenzar.
Cuando me mudé a Santa Fe trasladé todas las obsesiones a la universidad: el primer año llegué a estudiar 18 horas en un día. La primera vez que me saqué un nueve lloré un montón porque se me había arruinado mi perfecto promedio (problema que nunca antes había tenido: en la secundaria, aunque no era “mala” estudiante, siempre me chupó un huevo la nota que saqué). Es que no tenía que ver con la nota, tenía que ver con una nueva obsesión. Leía los textos ocho veces, y cada vez los remarcaba con el mismo color: marcador amarillo la primera, lapicera celeste la segunda, etc. Leía la bibliografía completa, los textos complementarios y los citados en clase. Los profesores, obviamente, me felicitaban. Obviamente, ahora yo los odio. Obviamente, me empecé a medicar.
El trastorno con la lectura obsesiva de textos se remite también a mi infancia, y a un texto muy particular: Harry Potter. Los leí, uno por uno, una y otra vez, exactamente quince veces el primero, el segundo y el tercero (ya habían salido los tres cuando los conocí), catorce el cuarto, trece el quinto, doce el sexto y once el séptimo. Después, obvio, me compré Los cuentos de Beddle el bardo, Quiddich a través de los tiempos, y Animales fantásticos y dónde encontrarlos. Pero para ese entonces la obsesión por esos libros ya había terminado, así que los leí una sola vez.
No sólo la cantidad de veces de lectura era obsesiva, sino también la manera: los leía mientras almorzaba, mientras iba al baño, me levantaba antes de ir a la escuela para leerlos. Cuando salían, pasaba literalmente el día entero leyéndolos, para terminarlos antes de 24 hs. Obviamente, entendía la mitad.
Otra cosa que siempre hice obsesivamente (y eso permanece ahora, y me divierte –con algunas cosas una se amiga-) es escuchar música. Mi música no tiene tanta variedad: a los nueve me hice fan de Fito Páez, y escuché su discografía completa hasta el hartazgo, incluso durante toda la secundaria. Es que cuando me gusta un disco mi cerebro lo puede escuchar de una sola manera: cada canción tiene una coreografía específica, con su vestuario, su distribución en el escenario, su cantidad de bailarines, su iluminación, todo. Como si cada disco fuese un show de danza, o algo así. Me gusta un disco, y mientras lo escucho, le imagino a cada tema su propia coreografía. Pero no hay improvisación: cada vez que escucho el mismo disco, las coreografías son las mismas, y se van perfeccionando. Los discos que hace más años escucho de esta manera tienen el show perfectamente armado. El tema Desierto, de Fito Páez, es un sólo fantástico. Cada parte de la canción se corresponde a un paso de danza. Llevo más de diez años escuchándolo así. Recuerdo todas las coreografías del disco Abre y de Naturaleza Sangre de Fito, de Cómo conseguir chicas de Charly, de Californication de los Red Hot (Around the World era un pole dance, wtf), de Supercop de La Shica… el último álbum coreografiado completo en mi cerebro es El madrileño, de C Tangana. Mis amigues se me ríen de que escuche tantas veces un mismo disco, pero no saben lo difícil que es coordinar bailarines, diseñar vestuarios e iluminación, todo mientras ando en bicicleta. Todavía tengo para medio año más de laburo mental.
¡ah, y las fantasías! Las fantasías también tienen un orden, un diseño perfecto, un funcionamiento total. Toda mi vida fantasié durante horas en mi cabeza. Y aunque eso obviamente lo hacemos todos, mis fantasías tenían un nivel de detalle y perfección casi más perfecto que el de mi vida. Diseñaba los vestidos que usaba cuando iba a comer con alguien en mi mente, las conversaciones completas con respuestas detalladas, las horas exactas en que las cosas sucedían… aprovechaba para fantasear sobre todo cuando caminaba a la clase de danza, porque el camino era largo y me daba tiempo para ultimar detalles. El problema es que iba caminando con mi hermana… ella pasó años enteros pensando que yo la odiaba, porque no le respondía nada de lo que me decía en el camino, y le pedía que no me hable. Me molestaba un montón que me interrumpiese mientras en mi mente estaba teniendo una charla fabulosa con Orlando Bloom. A veces apoyaba estas imaginaciones con alguna base empírica que les diera soporte, que ayudara a construirlas mejor. ¿Nunca les pasó que piensan tanto en alguien o en algo, que se les desdibujan los detalles en la mente? Yo no me podía permitir eso. Por eso, pegaba fotos de los personajes que aparecían en mis fantasías en lugares a los que yo sólo tenía acceso, y los miraba, antes de cerrar los ojos, para poder soñarlos mejor. Recuerdo todavía el diseño de alguna de mis casas de fantasía, también recuerdo que yo tenía tres edades (cómo iba a comunicarse con Orlando Bloom una niñata de ocho años, mínimo tenía que tener 18 en alguna de esas vidas paralelas) y para todo eso gestaba un sistema organizativo en el que intervenían la magia (en algún momento fui amiga de Harry Potter y novia de, obviamente, Cedric Diggory, re básica), el dinero, el amor. En mi fantasías tenía un giratiempo: tocaba el piano, la trompeta, el violín, bailaba todos los ritmos sobre la tierra (salsa, flamenco, ballet, hiphop), había leído todos los libros que existían, escribía novelas, sabía artes marciales… hasta era agente encubierta de una agencia internacional de seguridad, era francotiradora y había resistido ya varios balazos. Contra estas fantasías si me pelié: me di cuenta de que ocupaban demasiado tiempo en mi cerebro cuando una vez mi hermano, a los once, me dio de leer un texto de filosofía (no recuerdo ahora cual) y yo lo vinculé, en mi mente, a las cosas que realizaba en mis fantasías en vez de a las que realizaba en mi “vida real”. Una vez, cuando tenía once o doce, hasta lo ofrecí incluso como sacrificio de cuaresma… esta cuaresma no voy a fantasear. Estuve así cuarenta días, me costó un montón. Con los años, las fantasías mutaron, disminuyeron, se fueron yendo. A veces, cuando camino por Rafaela y paso por alguna de las partes del recorrido que hacía cuando iba a danza, las vuelvo a recordar, con detalle, como si hubiesen sucedido de verdad. Es que tal vez, qué se yo…
En fin, una vida sin perturbaciones, la vida con TOC.
2021