Temor de dios. Crónica de un cuerpo en disputa.
Temor de dios.
Crónica de un cuerpo en disputa
Una nena de diez, once años. Cada día reza, antes de dormir, las vísperas. A veces, a la mañana, las maitines. Llora mientras reza; llora por no sentirse tan cerca de dios, llora porque pide ayuda y no la encuentra. Reza para encontrar paz, porque la noche la atormenta.
Una chica de trece, catorce años. Reza, cada viernes a la noche, a medianoche, el rosario. Con un grupo de amigos de los que muy pocos, hoy, siguen rezando siquiera a veces un avemaría. Reza el rosario, llora y pide perdón. Por haber fumado, por haber sentido deseos, por no haber limpiado la casa cuando se lo pidieron. Llora, se golpea en el pecho. Por mi culpa, por mi culpa, por mi gran culpa.
Una niña de cinco, cuatro años. Vive en una casa de cuatro dormitorios, en un fonavi, con todos sus hermanos. Antes de irse a dormir, su mamá se para en el antebaño, entre las piezas, y reza. En voz alta, para que todos escuchen. Un padre nuestro, un ave maría, un gloria. A veces el credo, a veces el ángelus. Se duerme todas las noches con la voz de su mamá rezando.
Una chica de dieciséis, diecisiete años. Se levanta cada mañana para ir a la escuela. Vive en una casa en el centro de la ciudad, con su hermana menor y los padres. Su papá reza, a los gritos desde el comedor, las oraciones matinales. Lee las tres lecturas diarias (el antiguo testamento, los salmos, el nuevo testamento). Después, un padre nuestro, un avemaría, un gloria. El credo. Creo en dios padre, todopoderoso. Ella se levanta, y en silencio, desayuna escuchando las oraciones. Después, cuando terminan, puede saludar: buen día.
Esa misma chica, a los trece, da su primer beso. No le gusta, tiene gusto a chicle y ella no come chicle. El chicle le da arcadas desde muy chiquita. Pero el chico le parece lindo. Siente pánico, porque en esa fiesta de quince donde esa chica da su primer beso, están los amigos de su hermano mayor. Al día siguiente el chico le escribe por Messenger. Lo bloquea, de todos lados. Nunca más vuelve a hablar con él.
A los quince, dieciseis años, esa misma chica, conoce unos amigos que la llevan por ahí. Su papá, entre tantas cosas, le ha enseñado a no juzgar, porque dios ama a todos. Su papá, a su manera, también ama a todos. Esos chicos fuman porro, cogen entre ellos, pintan las paredes de sus deptos mientras toman algunas pastillas que esa chica probará casi diez años después. Tocan la guitarra a cualquier hora, salen los viernes a bares a tomar cerveza Quilmes y escuchar bandas de rock, y después van, así, borrachos, a ver el amanecer y seguir tocando la guitarra. En algún momento, ellos empiezan a ir a fiestitas. Vuelven amanecidísimos los domingos. Ella se ríe, los ama. Ellos le cuentan de las drogas, de la música. Ella no entiende mucho, pero tampoco le importa. Los ve, a veces, tomar merca o alguna cosa que no ella no conoce. Nunca le importó. Esos chicos la quieren con todo su corazón. Entre risas, los domingos la acompañan fumados hasta la puerta de la iglesia, y sin entender por qué ella hace eso, la dejan ahí, para que rece. Cuando la presentan dice: es una católica buena, no es como los otros. Un día, un hombre gay (de lo primeros que esa chica conoce) le dice: ya lo vas a dejar. Ella no sabe, y él tampoco, que todavía faltan muchos años para eso.
A los dieciséis, como toda chica de dieciséis, se enamora. Se enamora de un chico que es sonidista de un bar, que toca la batería. Ya se había enamorado otras veces, pero ese chico le mete la mano abajo del vestido, le dice que esa zona, esos agujeros que se le forman a las mujeres entre la vulva y las piernas, son su parte preferida del cuerpo. Ella siente vergüenza, le cuenta a sus amigos de la iglesia, le dicen que eso no está bien. Lo ve, un par de veces más. Una vez le dice que él le gusta mucho. Él la busca, a veces. Se vuelven caminando del bar, a las ocho de la mañana, dándose besos. A las diez, ella se despierta y con olor a humo y una remera de Say no more recortada a mano, se va a dar clases de catequesis. En las clases de catequesis, el otro profesor, que muchos años después la encararía (y que tiene varios años más que ella), le pide, todos los sábados, que le acaricie la pierna. Ella se la acaricia. Las piernas con pelos le gustan, le gusta acariciarlas. Pero el baterista se cansa de que ella no lo deje meter la mano debajo del vestido. Un día, la manda a cagar. Ella llora, desconsoladamente, como una cree que sólo puede llorar a los dieciséis, y reza. Reza no para que él vuelva. Reza para no llorar.
A los dieciséis también conoce sus primeros amigos gays. Y se pregunta: ¿por qué está mal? Le pregunta a su papá. Su papá, como siempre, le dice que, aunque esté mal, hay que amarlos. Que está bien amar. Pero está mal ser gay. Por primera vez, ella disiente.
A los dieciocho ella deja la casa de los padres y se va. Como todos sus hermanos, se va, a estudiar a otra ciudad. Sus papás siempre dijeron: a los dieciocho, váyanse a estudiar lo que quieran, donde quieran.
Se va, y vive tres años en una residencia de mujeres. Ahí también reza. Reza porque se vuelve loca de tanto estudiar y empieza a medicarse y reza. Reza porque siempre miedo, reza porque no sabe qué otra cosa hacer para no volverse loca. Sus compañeros de la facultad, algunos, también rezan. Después todos dejarán de rezar. Ella no entiende cómo, a pesar de sus rezos constantes, sus amigos herejes siempre la quieren. Y la acompañan, aunque ella rece y no sepa de otras cosas.
Para ese entonces ya no recuerda casi lo que es tener amigos heteros. Ya no recuerda cuál es el problema en todo eso, ni por qué existen cosas que están mal. Sus amigos cogen entre ellos, como sus amigos de la secundaria. Se drogan, salen a bailar. Ella sale con ellos, como toda su vida, se emborracha, baila, pero no más que eso. En algún momento que no recuerda, empieza a chapar. Se calienta, besa desesperadamente, manosea. Pero no puede coger. Ya no tiene que ver con una moral, ya no tiene que ver con que esté mal. Hace muchos años no da clases de catequesis ni lee la biblia. Pero no puede coger. Conoce un pibe que le gusta, que atiende un bar. Cada fin de semana, va al bar a chapárselo. Él le dice que quiere tirarla contra la pared, cogérsela. Ella se ríe, lo besa. Después se va. No hay malicia en eso, simplemente no puede coger. No sabe por qué, no puede coger. En algún momento viaja a visitar a una amiga. Besa con un cubano treinta años mayor que ella. No recuerda su cara, pero sí el monumental culo de ese hombre sin nombre y un bulto indisimulable. Se manosean, toda la noche, pero ella no puede coger.
Tiene miedo. Esa chica, que rezó tantos años porque tenía miedo, ahora, sin darse cuenta, dejó de rezar. Pero no dejó el miedo. Tiene miedo: a coger mal. A enamorarse. A quedar embarazada. Tiene miedo. Y pocos conocimientos. Tiene miedo pero no pudor. Ama manosear, ir desnuda, mostrarse. Pero no puede, después de todo, coger. Los domingos, además, sigue yendo a misa. Ni siquiera entiende por qué.
A los 20 viaja a Italia. Viaja al país con más iglesias en el mundo. Y las visita, a centenares. Cien, doscientas iglesias. Pero ya no reza en ellas. Sin darse cuenta, ya no va a misa. Ya no reza. En ese viaje conoce un chico. Una noche él la invita a coger. Ella ya no tiene miedo, y tiene deseo. Agradece enormemente a sus adentros a cada uno de sus amigos, los de la secundaria, los de la universidad, a todos ellos, por haberle enseñado, con sus relatos, a coger. Al menos los conceptos básicos. Le dice: mirá que nunca tuve sexo. El chico abre los ojos inmensos como dos lunas negras. No lo puede creer, que esa chica que hace un mes lo manosea, nunca haya tenido sexo. Le dice que no le molesta, ni tampoco que esté indispuesta. Y así, del otro lado del mundo, por primera vez en su vida, a los 21 años, insdispuesta, coge. El sexo es normal, pero la experiencia es hermosa. De nuevo, agradece con todo su corazón a sus amigos, que le han enseñado los secretos del sexo y del placer y le han ayudado a perder el miedo. Ese miedo, al menos.
Cuando vuelve de Italia, es otra con su sexo. Recupera cada uno de los sexos perdidos: los llama, ellos vienen. Les cuenta, entre risas, la verdad. Ninguno le cree: ¿Qué no cogimos porque eras virgen? Yo pensé que tenías novio. Yo pensé que eras una histérica nomás. Yo pensé que yo no te calentaba.
Esa chica nunca más va a ir a misa, ni a rezar.
A los 21 años, cuando todas ya son expertas en su vulva, ella conoce la masturbación. Conoce los juguetes sexuales, y empieza a experimentar. Se siente bien con su cuerpo, con su sexo. Nunca siente miedo antes de coger, se sabe dueña de ese lado suyo, que conoció no hace mucho pero que disfruta experimentar. Hace fotos de desnudos, sus padres se enteran, lloran, ella les dice que ahora es así, que lo eligió ella. Que por primera vez, lo eligió ella. Ellos deciden quererla, como ellos saben querer. Ella sabe que rezan por ella, pero no le molesta. Cada uno encuentra su propia forma de amar.
Un par de años después, por primera vez, después del sexo, un chico no la quiere más coger. Ella se contrae, se reprime. Vuelve a sentir miedo. Se siente fea, se siente incogible. Siente que todo lo hace mal. No puede masturbarse, no encuentra el placer. Se da cuenta, en ese momento, que todavía hay cosas por sanar. El proceso le lleva dos largos años. Recuperar el amor propio, la propia sexualidad.
Sin embargo, le queda el miedo. Un miedo que parece no irse nunca. No entiende qué le sucede. A veces se asfixia, sin que suceda nada. Se le cierra el pecho, se le revuelven las entrañas. A veces vomita, no puede comer. Siente miedo, pánico, ni siquiera sabe a qué.
Cuando habla con sus padres, ellos siempre la invitan a rezar. Pero ella no quiere. Se pelea con esa idea: no quiere rezar. Y siente miedo. No sabe si debería, si quizá con las oraciones el miedo se va, si quizá la vida le está demostrando que se equivocó, que perdió, como siempre le dijeron, el camino, y que tiene que volver. Al camino de la luz, al camino del señor, al camino del bien. Ella lo niega, se niega a rezar. Se niega a postrarse de rodillas, a pedir ayuda a dios. Y siente miedo, porque sabe, también, que si dios existe, ella va a arder para siempre en las llamas del infierno. Allá, donde hay llanto y rechinar de dientes.
Entre los 24 y los 25, se rompe las dos rodillas. Tiene que dejar de correr, de entrenar, de hacer de todo. A la primera la recupera a fuerza de amigos y porro. Se olvida de tomar los calmantes, pasa una semana post-cirugía rodeada de sus amigos, con la pierna en alto. A la segunda la recupera cogiendo. Se ríe. Cabalgar arriba de un cuerpo es el mejor ejercicio recuperatorio de cualquier cirugía de ligamento de rodilla. La pierna recupera movilidad, flexión, fuerza.
Un año después, una señora le cuenta que las rodillas son símbolo de doblegación, de sumisión. Que a los herejes, en los tiempos antiguos, les ataban las manos a la espalda y les pegaban en las corvas de las rodillas para que se hinquen, para que se postren a rezar. También le cuenta que, en algún pueblo que ella no recuerda, se contaba la leyenda del dios pan, el dios del bosque. El dios pan atormentaba a los caminantes que salían de su comunidad y se internaban en la oscuridad del bosque. Los asustaba, y ellos sentían pánico. Pero que, los que podían atravesar el bosque, y superar el pánico, habían logrado hacer su camino, y ya no dependían de su comunidad. Y podían, así, ir y venir como ellos quisieran. Después, esa mujer, le dice: ¿viste tu pelo? Es rojo. Rojo como el fuego. Las diosas de la sexualidad tienen el pelo rojo. Rojo como el fuego.
Y le pregunta: ¿vos tenés miedo de abandonar a dios?
Sí.
La respuesta no se demora. Esa chica, que sabe todas las oraciones de memoria, que conoce los salmos y recuerda las canciones de misa con mayor detalle que ninguna otra canción, tiene miedo de abandonar a dios.
Esa misma chica que hace muchos años no reza, nunca perdió el temor de dios.
