Esta carta me la dio Joaco a la semana de haber llegado a Sydney. A Joaco lo conocí el primer día que llegué al hostel, sentados los dos con Mateo en la mesa del hall tomando mates. Joaco hacía trading en su computadora, Mateo no recuerdo qué. Parece que hubiese sido un siglo atrás, haberme sentado con dos desconocidos, después de tres días de avión sin ver una cara conocida, sin saber un nombre, y convertirlos con una palabra en mis primeros amigos.
Mateo, entre la militancia de la patria grande y sus nerdiadas de animé y las raves y su música mientras cocina y sus abrazos se convirtió en mi mejor amigo y en mi compañero de casa en un orden que ya me olvidé.
A Joaco, después de esa semana, no lo volví a ver. Se fue a vivir a otra ciudad, y sé de él, porque me contó Mateo, que vamos a pasar las fiestas juntxs. Joaco venía de vivir en Londres varios años y de dar vueltas por ahí. Yo venía de mi casa, tranquila, en Santa Fe. De tomar mates todas las mañanas, de leer, de irme a dormir acompañada. Mi primer paso afuera del país fue un ataque de pánico en el aeropuerto de Chile. Entre vómitos y lágrimas, muchas lágrimas, me subí a un vuelo de dieciocho horas a través del pacífico y llegué acá, sola. Nunca había estado tan sola en toda mi vida. Joaco y Mateo fueron el primer abrazo que recibí de este lado del océano.
Cuento de Joaco porque, entre otras muchas cosas y aunque él no lo sepa, es una de las razones por las que sigo acá, aunque todavía no tenga idea de para qué.
En mi primera semana, intentando colocarme en una identidad que se movía entre la de turista y la de migrante, me fui a una playa nudista. Había poca gente en la playa; me desnudé y le mandé una foto a mi novio. Intentaba sentirme feliz, intentaba también seguir conectada físicamente a él aunque nos separasen miles de quilómetros. Ese día, en la playa, viví una situación que no quisiera tener que volver a narrar, luego de haberla narrado frente a la policía dos, tres veces, teniéndola todavía que narrar frente a la corte suprema de justicia el próximo enero. Entre la soledad, la distancia de lo que en ese momento significaba todo mi sostén -mi novio, mis amigues, mi familia- y la incertidumbre absoluta de no entender qué hacía de este lado del mundo tan sacada de contexto, tan fuera de mí, mi cuerpo empezó a responder de las formas que conoce, a reclamarme esa seguridad de la que lo había extraído tan violentamente. Me temblaban las manos y lloraba horas enteras en la escalera de emergencias del hostel, el único lugar con privacidad en ese antro de extranjeros amontonados en habitaciones de diez, quince personas. Esa semana dejé de comer, bajé cinco quilos y, casi, en un casi que no puedo medir qué tan cerca estuvo de volverse cierto, me vuelvo a mi país.
La noche en que el agente de la policía me vino a buscar al hostel para que vaya a declarar (a cinco días de haber llegado, sin tener casa ni trabajo y sin saber dónde iba a dormir dos días después) salimos a comer con los chicos. Me esperaban en el hall del hostel: Mateo, Joaco y la Gabi. Fumos a China Town y comimos un montón. Por un par de horas dejé de temblar y me reí con les pibes. Joaco me invitó la comida, y me acuerdo que me dijo, riéndose “a vos te pasó de todo, te invito yo”. Cuando salimos del restaurante, mientras caminábamos, sacó la carta de la billetera y antes de dármela, me contó que esa carta la llevaba siempre con él desde Inglaterra, desde un momento en su propio viaje en que, frente a los tumultos de todo lo incierto, pudo hacer esa afirmación: “take decisions from a position of strength”. Me dijo que era para que yo la lleve conmigo, pero sobre todo, para que no me vuelva. Que no tome esa decisión en ese momento, que no era momento de decidir volver.
Pasó esa semana, Joaco se fue de Sydney, con Mateo nos mudamos a la misma casa, conseguí trabajo en un hotel, hice mis primeros pasos para acomodarme en lo que todavía siento como el otro lado del universo, aunque ahora se haya convertido en mi cotidianeidad. Cobré mi primer sueldo, me compré sábanas, una cortina. Compré dos plantas y las empecé a regar.
Hoy todavía las cosas no tienen el olor a casa. Quizá nunca lo tengan. Mis amigues me sostienen con videollamadas. Gaspar, Mauro, Pancho, Hernán. La Vale me manda mensajes todos los días. Con Yasi volvimos a compartir, como siempre volvemos y como sé que vamos a volver siempre, de la distancia a la desnudez. Las Joses, los mensajes de Ele. La Mica, que no veo la hora que esté acá. Lucho, desde sus estancias inciertas en el mundo, siempre. La mitad de mi corazón sigue allá, queriendo fumarme uno con los pibes en el patio de esa casa grande que se desarma y que ya no es mía, queriendo abrazar a mis sobrines, cruzar el puente en bicicleta para ir a la vuelta del paraguayo todos los miércoles a las seis.
Pero la otra, por suerte, está acá. Y cada vez que me tiré al piso a llorar, cada vez que quise que me abracen solamente los brazos de Lucas, cada vez que pensé en volver, no lo hice -además de por pobre- porque recordé ese momento en que, en la mitad de una ciudad inmensa y desconocida, un desconocido me dio un abrazo y me dijo que no era momento de volver.
Pero también sigo acá porque reconozco que, aunque no entienda hacia dónde ni para qué, la comodidad de mi casa me escupió hacia afuera, me rechazó de una forma en que no pude sino hacer otra cosa que huir, en el mejor sentido de la huida. Hacia donde no hay nada, hacia donde no existe suelo ni certeza ni horizonte. Y esa decisión fue tan clara y tan segura que, aunque mi cuerpo vomitaba de pensar en irse hoy está acá y recorre estas calles intentando no poderse nunca del todo o intentando perderse para no volver hacia atrás.
Tomar decisiones solamente desde una posición de fortaleza me ayudó no tanto a tomar buenas decisiones (no creo que exista algo del género) sino a reconocer ese momento en que no hay que tomar ninguna decisión. Prepararse un mate, reírse de la desgracia, a veces llorar, reconocer la suerte de tener una playa cerca de casa para mirar el mar, y saber que no saber qué hacer es parte de todo esto que no sabemos bien que es pero que llamamos nuestra vida.
Hoy hace dos meses que llegué a esta ciudad. Parece que hubiese sido un año. Mi primer aniversario en la ciudad lo pasé en el hospital, con siete puntos en la vulva. Recuerdo como lejano el momento exacto en que se me abrió la vulva en dos, sola en el piso de casa depilándome, y chorreando sangre me tomé un colectivo al hospital, llorándole a todos los santos del mundo de por qué puta mierda no me quedé en mi cajetudo país donde podía marcar el número de un novio o una madre a que me lleven a un sanatorio donde no tenga que dejar mi sueldo en una maldita consulta. Una semana después se me reían mis amigues, que podría no haber conocido canguros ni koalas pero nadie va a poder decir que no conozco el corazón de Sydney, recorriendo estaciones de policía y hospitales más que parques y playas. Y otra semana después ya era chiste y me saqué los puntos y lo que parecía ser lo más cercano a querer morirme es una anécdota no olvidable por lo graciosa pero irrelevante en el continuo pasar de los días, en el esfuerzo cotidiano de construir una casa, un hogar en lo único que, ahora descubro, está siempre conmigo: mi cuerpo.
Todavía no tengo idea qué carajos hago acá, quizá nunca lo sepa. Estos dos meses se llevaron mi carrera, mi novio. Por suerte no a mi familia ni a mis amigues. Me trajeron otres amigues, un par de plantas, una bicicleta. Descubro que no amo lo desconocido, que me gusta tener mi hogar y regar mis plantas. Pero aprendo a llevarlo conmigo, a construirlo donde estoy.
Pero también descubro un poquito, y de a poquito, porqué me expulsé tan violentamente de allá. Había quizá algo en esa comodidad que me llamaba a renunciar, a irme. No porque irme sea un destino, ni porque quedarme hubiese estado mal. Simplemente porque lo hice, así sin sentido, sin razón, y porque ahora en vez de caminar hacia un destino aprendo a flotar un poco y a perderme y a tomar pocas decisiones, dar pocas brazadas, las justas cuando la ola tira para ahogarnos y tenemos que salir a respirar para volver extender los brazos y las piernas para volver a flotar.
No es una filosofía de vida ni una certeza: es solamente la forma que va tomando mi presente. Reconozco que lloro menos, o casi no lloro. Que me arrepiento menos, o casi no me arrepiento. Que me río más, y que me molestan menos algunas cosas. Por ahora es suficiente. Casi parecido a la felicidad.
2022