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Siete mil kilómetros. Capítulo 1: llegada

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Portada de Siete mil kilómetros. Capítulo 1: llegada
Llegada. La casa tiene las paredes de madera como todas las casas de este país. Paredes que no están hechas para durar más que la vida de quien las ha levantado. Hay quienes dicen que es mejor, que no sirve proyectar para unos hijos que uno nunca sabe qué quieren. Hay quienes dicen, y quizá entre ellos estoy yo, que es horrible construir algo tan enclenque y débil. Una casa debe dar sensación se seguridad. Si el viento arrasa uno prefiere estar adentro que morirse a la intemperie, acurrucado entre frazadas mirando por la ventana el mundo desarmarse. Pero con estas casas de madera nunca sabés si estás más seguro adentro que afuera; el viento se siente el doble, y las heladas atraviesan las paredes y carcomen las patas de la cama. Las sábanas están congeladas por dentro, y el cuerpo humano es lo único templado en todo el lugar. Pero en esta casa y en esta región no hay heladas. Hace un calor lindo en septiembre y refresca un poco por las mañanas. De noche es necesario cubrirse, al menos por un par de semanas hasta que la temperatura termine de subir en primavera. La casa, que es de madera como todas las casas de este país, es vieja y nadie habita en ella desde hace tiempo. O quizá alguien estuvo de paso como todas las personas que vienen acá y viven en esta casa, de paso un par de meses durante la cosecha y se fue y no tocó nada a su alrededor más que la cama y la ducha en la que todavía descansan las latas de cerveza sobre la mampara de plástico desde probablemente el año anterior. Las paredes, que son de madera como todas las paredes de las casas de este país, están humedecidas y llenas de agujeros. La pintura blanca que alguna vez cubrió la madera está esparcida por el piso craquelando las tablas también humedecidas que lo separan de la tierra de abajo. Porque las casas, en este país, tampoco tienen cimientos sino unos palos sobre los que se apoyan las maderas sobre las que se apoyarán luego más maderas para hacer las paredes y el techo. Sobre estas paredes envejecidas y grisáceas, se apoyan unos muebles también envejecidos y grisáceos, llenos de sábanas y almohadas carcomidas por las polillas. Sobre esas paredes envejecidas y grisáceas se apoyan también los esqueletos de unas camas de metal oxidadas, esas camas de los años setenta con resortes en vez de tablas, que rechinan en cada movimiento del cuerpo. Sobre las camas recostadas en la pared descansan colchones también envejecidos, cuyas hilachas suman color al craquelado blanco del piso de la pintura vieja de la pared. El ambiente me trae imágenes de un hospital psiquiátrico abandonado, de esos documentales sobre Chernóbil veinticinco años después de la explosión. Pedazos de tela resecos y bolas de espuma de colchón se mueven despacio al ras del suelo empujados por el soplo liviano de la brisa que entra por los agujeros de las ventanas de vidrio rotos que dan al patio de atrás. El patio de atrás, un yuyal reseco como todo en esa casa de madera, un yuyal reseco como todos los yuyales de esa zona de este país, lleno de ortigas y pinches y aplastado por los restos oxidados de máquinas viejas de tres generaciones atrás. En el medio de esa pared de madera con ventanas de vidrios rotos y camas de metal oxidado con colchones deshilachados descansando sobre ella, hay una puerta de madera que lleva a la parte de atrás. Al abrir la puerta, una silla de metal sin respaldo se une a través de un oxido viejo a una cadena como la de mi bicicleta pero tamaño gigante, perteneciente probablemente a alguna máquina que no funciona más. Alrededor de la silla y la cadena el yuyo crece más alto. Alguien ha cortado alguna vez el pasto pero no ha movido ni la silla ni la cadena, que se entierran ya en la tierra reseca debajo del yuyal. En la pared de enfrente a la de las ventanas rotas y las camas oxidadas y los colchones deshilachados y la puerta enclenque, en la pared donde descansan los muebles grisáceos con sábanas carcomidas por las polillas, hay dos puertas que llevan a dos dormitorios. Al abrir la primera aparece un dormitorio sin ventanas y entiendo que ahí durmió la persona que un año atrás dejó sobre la mampara de plástico de la ducha del baño las latas amarillas de cerveza cuatro X. Cierro la puerta y elijo como mío por descarte el dormitorio de más atrás. El piso de un alfombrado oscuro simula la tierra que entra por una ventana pequeña que da al yuyal y a las máquinas oxidadas del patio de atrás. En el dormitorio hay una cama de dos plazas pequeña, de metal, con resortes y un colchón pesado que me hace acordar al colchón más pesado que había en la casa de mis papás: un colchón de lana de mi bisabuela. Supongo entonces que es un colchón de lana viejo como el colchón de lana de mi bisabuela. Pienso en cambiarlo, pero cuando muevo un poco los colchones recostados sobre las camas oxidadas sobre la pared de ventanas de vidrios rotos, encuentro la mitad del cuerpo de una rata disecada por el veneno, chatita y firme entre dos colchones que apoyo de nuevo en su lugar y cubro con una sábana blanca para que no sigan desparramando polvo. Hay, también en el dormitorio, una cómoda de madera grisácea con cinco cajones largos. Dentro de los cajones, bolitas negras de caca de rata me hacen saber quién se comió las paredes de la casa durante los últimos meses o años. Presto atención: se escuchan en las paredes el tiqui tiqui de sus patitas y ñuñú de dientes al roer la madera. Muevo la cómoda afuera del dormitorio, le quito los cajones, sacudo la caca, los cubro con papel y la vuelvo a meter al dormitorio. Decido, sin embargo, mantener mi ropa en la valija y utilizar sólo la parte superior como un estante para mis cosas de uso diario: medicamentos, cremas, la ropa de trabajo. Pongo mis sábanas en el colchón y me cubro con las frazadas que me dan la impresión de no estar tan roídas. La primera noche en esa casa siento que me congelo. Duermo vestida, algo que no me gusta para nada, con medias térmicas en los pies y mi gorrito. Necesito dormir después de tanta ruta manejada; me preocuparé del resto a la mañana, cuando salga el sol. Con el silencio de la noche, que es casi total, se escucha más fuerte el tiquitiqui y el ñuñú del movimiento de lo que descubro en la mañana son ratones y no ratas, cuyo exponente más atrevido me mira fijo desde la hornalla de la cocina eléctrica mientras me tomo un café de desayuno. El sonido de las patitas y los dientes se une al ñacñac de los resortes de mi cama. Escucho algo moverse debajo del colchón, prendo la luz y con un último ñac más fuerte una sombra pequeña sale corriendo de debajo de mi cama y se escapa por debajo de la puerta. Apago la luz nuevamente y me duermo. Mas allá de todo, he llegado. Es el fin del viaje, de la ruta, de dormir en carpa, de manejar. Aunque no sé bien a dónde, llegué a destino a tiempo y por eso, con un cansancio pesado y con la idea de que mañana cuando salga el sol me encargaré de todo el resto, apago la luz nuevamente y me duermo. 2026