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Memorias de una emigración. Capítulo 1: en el aeropuerto

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CAPITULO 1: EN EL AEROPUERTO. Me hace preguntarme dónde quedó la que fui allí, la que empecé a ser y se truncó en la fuga, o si en verdad nunca fui esa que recuerdo y esta extrañeza me acompañó siempre. Primera Persona, Margarita García Robayo No recuerdo absolutamente nada del aeropuerto de Sydney de la primera vez que aterricé. En general no recuerdo mucho de los aeropuertos, salvo que tengan alguna característica memorable: el silencio abrumador del aeropuerto de Hong Kong, sin internet, vacío en su inmensidad, ausente de empleados, de negocios y de propagandas, gris, el vivero gigante del aeropuerto de Shangai, el único café del triste aeropuerto de Fumicino en Roma, siempre en reparación, las columnas doradas del aeropuerto de Marrakech, entre las que un árabe desconocido alguna vez me esperó con un cartel con mi nombre. Por lo demás, los aeropuertos me parecen todos iguales, con sus duty free repletos de objetos incomprables a través de los cuales te obligan a caminar, los negocios de marcas europeas que ostentan sus productos en vidrieras sin vidrio que sólo pueden permitirse en un espacio controlado hasta debajo del inodoro como es un aeropuerto, donde nadie se atreve a robar siquiera un caramelo, los kioscos de libros aburridísimos y las secciones de comida impagable en donde siempre termino sentándome a tomar un café, las salas de espera alfombradas con asientos anchos y duros donde miles de personas desconocidas nos sentamos durante horas a mirar por el vidrio los otros aviones despegar. Tengo, sin embargo, la imagen intacta de la inmensa sala de espera del aeropuerto de Chile, donde sentada en el piso empecé desesperadamente a escribir sobre un viaje que aún no había terminado de empezar. Sobre el abandono, la huida, el miedo, la soledad. Me temblaron las manos, el estómago se me hizo un nudo cerrado y las piernas renunciaron a sostenerme. Consciente del drama novelesco que estaba montando, caí al piso de rodillas y tapándome la cara con las dos manos me alargué a llorar. Caminé por el aeropuerto sin rumbo, sonando los huesos de mi mandíbula y de las manos, torciendo el cuello como una paloma enojada y bañada en sudor. Debe haber sido una imagen lamentable, porque las personas se daban vuelta a mirarme como si no supiesen si ofrecerme ayuda o llamar a la policía. Noté que efectivamente estaba teniendo un episodio de ansiedad cuando, desde mi lugar en el piso quise hablarle a un grupo de azafatas que pasaba y no me salió la voz. Una de ellas, sin embargo, de cara redonda y carré intacto, notó mi desesperación y se acercó a mí. Con la voz cortada por una piedra de incertidumbre atravesada en la garganta le conté qué me pasaba, en pocas palabras. Sus colegas se acercaron y, desde su lugar arrodillada a mi lado les explicó: se está yendo a vivir a Australia y le dio un ataque de ansiedad. Eran las azafatas de mi vuelo. Tomaron mi valija de manos, me acompañaron a un asiento y me hicieron esperar ahí. Más tarde, me consegurían un asiento en el avión al lado de otros dos vacíos, para que estuviera más cómoda. La amabilidad de ese grupo de azafatas hizo que el aire ingresara de nuevo a mi cuerpo, que pueda sostenerlo adentro, tragarme las lágrimas de la desesperación y subirme al avión que, tras dieciocho horas sobre el océano, me dejaría del otro lado del pacífico. Dormí casi todo el viaje, ayudada por una medicación. Un australiano simpático de unos cuarenta años, dueño de una farm con canguros, me despertará para que no me pierda ninguna comida. Inmediatamente después de comer me volveré a dormir, con los puños apretados y los ojos hinchados como una manzana en compota. La desdicha de la travesía había empezado en el aeropuerto de Córdoba, donde con la amabilidad y la dureza de quien ve todo tipo de situaciones incómodas a diario, el chico que atendía en la zona de despacho de valijas de mi aerolínea me avisó que no podría subirme al avión porque no tenía la visa de Nueva Zelanda. -Pero si no frenamos en nueva Zelanda. -Sí, el avión para a cargar combustible. Después me enteré de montones de personas que han perdido sus vuelos por esta carga de combustible nunca anunciada en el boarding pass. La desesperación me congeló la cara y se me llenaron los ojos de lágrimas. Con tranquilidad, el chico me ayudó a buscar la página del visado y a solicitarlo. -Esperá ahí, cuando termine con el resto te ayudo. Me moví con mis valijas para un lado y en ese aeropuerto de miniatura vacío de sillas me senté en el suelo a esperar, llorando. Cuando todos hubieron despachado sus valijas, a una hora de irse mi avión, el chico me llamó de nuevo. Había hecho algo con la embajada de Nueva Zelanda, algo que nunca supe y siempre le agradecí, pero la visa de tránsito me había llegado durante mi espera y pude entonces embarcar en primer tramo de Córdoba a Santiago de Chile. Fue recién en Chile que entendí que, de una forma relativamente definitiva, estaba migrando a otro país. Ahí me di cuenta que ese viaje no iba a ser como la vez anterior que me había ido a vivir unos meses fuera del país: no había fecha de regreso. La visa duraría siete meses, pero yo no había comprado el pasaje de vuelta porque en algún lugar de mí ya sabía que no iba a volver. Ganas nunca me faltaron, pero en Argentina ya no me esperaba nada: había terminado mi carrera, me habían rechazado la beca del doctorado con la que podría haber vivido de lo que quería, y el resto de las perspectivas que se me presentaban eran, directa o indirectamente, lo que me había hecho migrar. Sí, estaban todos mis amigos, mi familia, mi novio. Los vínculos, ya sabemos. No le resto importancia: serán ellos lo que me harán dudar mil veces si volverme. Pero hacía más de medio año que me levantaba todas las mañanas pensando que esa no podía seguir siendo mi vida. No era que no me gustase, pero había algo de todo lo cotidiano que me expulsaba. El rechazo de la beca me mordía los talones. Sentí que vivía de los restos de un fracaso, que esa vida cotidiana de desayunar con mi novio y dar clases se volvería gris, y mi velo de fracaso terminaría por cubrirlo todo y, como quien con su infelicidad contagia todo lo que toca, arruinaría todo lo bello que me rodeaba con mi angustia y el peso de mi frustración. Entonces, recuperando un sueño viejo de la infancia y de la adolescencia, decidí marcharme. Muchas veces afirmé: cuando me reciba me voy, no importa adónde, no tengo nada que me detenga, desde Perú a Rusia cualquier lugar puede ser mi casa. No fue hasta que empecé mi migración que reconocí todo lo que estaba dejando. Después de ese avión los vuelos no fueron nunca más lo mismo. La zona de promesas y aventuras que se abre con ese subidón en el pecho del despegue se convirtió en un terror a lo desconocido que vuelve a aparecer cada vez que me subo a un avión. Volver a empezar de cero es casi tan rutinario como ir todos los días a trabajar, pero no deja de ser desesperante nunca. Ya no disfruto los vuelos como antes; ahora están cubiertos por la bruma de ese recuerdo atroz. 2024