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Los domingos a la mañana

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Los domingos a la mañana empiezan siempre a las trece. Me levanto, le digo buen día a mis compañerxs de casa y les robo un mate que para esa altura probablemente ya esté frío. Los domingos a la mañana son así, tardíos y muy claros, como si fuesen blancos de tanto silencio y tanta luz por la ventana. Incluso cuando está nublado, los domingos a la mañana se sienten blancos y muy, muy claros. Es el silencio en el que todavía murmura la música de la noche anterior. Tomar un mate, pensar en la noche anterior e intentar acordarte de todas las caras a las que saludaste, del tumulto de gente, de las risas y la cumbia. Los domingos a la mañana todas esas caras desaparecen. A veces queda sólo una, que no mucho más tarde también se va a levantar en mi casa clara y blanca y silenciosa y después de decir buen día a mis compañerxs, me dirá chau y capaz nunca más nos crucemos. Porque los domingos a la mañana están para olvidar caras y gestos y personas que ensordecieron el cuerpo por la noche pero que tenían que irse y toda la música oscura y las luces azules desaparecen con ellos y queda entonces mi casa. El último recuerdo es la mugre debajo de mis uñas, el sonido del lavarropas lavando las sábanas y mi ropa para borrar todo rezago y el dolor en los brazos y entonces los mates fríos de mis compañerxs de casa. Parece que los domingos a la mañana aturdiera tanta tristeza pero el viento entra por el balcón y remueve las hojas de las plantas y no sé si eso sucede en la tristeza. Y voy. /No sé si tranquila /o triste /o feliz. Es un poema de domingo a la mañana, de una poeta de por acá de Santa Fe que estoy segura que también lo escribió un domingo a la mañana de mediodía y también se acordó que todas las caras se habían ido pero que el viento estaba todavía ahí en las hojas de las plantas del balcón. No es eso de la felicidad de las pequeñas cosas, no es eso. Son cosas inmensas. Las caras que quedan, la mía, las plantas del balcón. La soledad también queda, los domingos a la mañana, y la sonrisa de haberse quitado el aturdimiento que elegí por un rato capaz para no ver la luz blanca y clara de la mañana. Porque a la luz blanca y clara de la mañana hay que tener un poco de coraje para verla. Porque se la ve sola, ahí sentada en el balcón, y te mira y te recuerda que al fin y al cabo estás sola para sonreír los domingos a la mañana en tu casa y te acompañan los mates fríos y el cansancio de los ojos que ni siquiera te deja leer. Y en ese espacio, la felicidad. La única propia, esa felicidad de domingos a la mañana y la luz clara y blanca y el olvido. 2018