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incoherencia

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Siempre me consideré una persona incoherente. Un día te digo que voy a irme a vivir a Rusia, y al día siguiente proclamo abiertamente mi odio al invierno y el deseo de vivir en una plata en Hawái. Pero tampoco quisiera Hawái, porque está en Estados Unidos y nunca me gustó Estados Unidos por razones de ideales que ya ni tengo pero conservo el disgusto como resabio de culpa, aunque me mudé a Australia a la comodidad de una metrópoli capitalista a apreciar los jardines bien podados de las señoras de mi barrio y las avenidas con señalizaciones bien pintadas que nunca respeté. Milité en el sector territorial del partido comunista, más por un deseo de habitar las tardes en la carpintería y el trabajo en el barrio al que siempre íbamos, y porque me encantaba que se llevasen mal con todo el mundo, que por un convencimiento teórico acerca del marxsismo stalinista como solución a los problemas políticos de un país como argentina en el siglo 21. Pero me gustaban los campamentos, la internacional y trabajar todos los días en el taller, armar los merenderos y preparar los eventos del día del niño para los nenes que andaban por ahí. Y milité en el sector universitario del partido comunista revolucionario, que después me enteré que se odiaban con el partido comunista porque habían abandonado al Che Guevara en Bolivia cincuenta años atrás. Pero a mí me gustaban mis compañeras feministas, romperle las pelotas a la decana y conseguir ayuda de becas para las personas que no podían pagarse las fotocopias para poder estudiar. Me fui al carajo del primer partido cuando un tipo se pasó de vivo, y del segundo cuando me di cuenta que a nadie le interesaban mucho las becas sino armarse un puestito propio en alguna secretaría de la provincia y codearse con nombres de políticos que odiarían pocos años después, según dicte el gran hermano que haya que odiar. Me recibí con un buen promedio de la universidad, trabajando como docente en un sector de educación popular donde todo apuntaba al antiacademicismo. Y quise entrar a conicet, y cuando me aburrí de todo elegí el país más capitalista y cómodo para ir a lavar platos por un sueldo en dólares como todos los chetos que alguna vez me cayeron tan mal (y lo siguen haciendo). Creí en la iglesia cuando era chica, y en el feminismo después. Y creí un poco en la democracia aunque nunca mucho, y me cae bien la gente que rompe las estructuras que yo no dejo nunca de seguir. Tengo una relación abierta pero extraño a mi novio todas las mañanas. No quiero ser madre, creo que no hay que traer niños a este mundo pero extraño a mis sobrinos por sobre todas las cosas de esta tierra, y me encanta trabajar con niños y verlos crecer. Dejé de creer en dios pero recé un rato cuando mi mamá me pidió, porque mi abuela está enferma. A veces pienso en todo eso, en todos los discursos que atravesaron mi vida, en los que creí de verdad, en los que me sumergí por curiosidad, en los que puse tiempo y energía. En su momento la incoherencia de las cosas que hice fue un problema para mí: sentía que tenía falta de compromiso, de seriedad. Pero con el tiempo esa culpa que fue yendo, a medida que fui desdibujando la línea recta de mi vida para rayonear un poco mi existencia de momentos de goce, de confusión y en tardes de dormir la siesta sin ninguna pretensión. Es que la coherencia no es algo que tenga que pertenecerme, porque no es más una característica del lenguaje que se nos es impuesta cuando se nos imponen los discursos. A veces nos gusta pertenecer, y alineamos la narrativa de nuestra vida a la de algún discurso que nos permita colocarnos en el mismo universo imaginario de los que nos rodean: ahí todos pensamos que la felicidad es lo mismo, que algunas cosas están bien y otras están mal, nos amamos entre nosotros y eventualmente odiamos a alguien para no aburrirnos de nuestro encierro. Pero yo no sé. No tengo ya mucha idea de nada. A veces me gusta mi país, me gusta la pasión con la que odiamos y con la que amamos. A veces me gusta haberme ido a Australia, que me paguen bien mi laburo y no me rompan mucho las pelotas. A veces tengo ganas de hacer desaparecer a la iglesia de este mundo, a veces pienso si debería alguna vez acompañar a mis papás a misa cuando los visito, quizá les haría bien. A veces compro ensaladas enlatadas y después me hago una huerta en el patio. A veces quiero estar sola y viajar y hacerme ermitaña y a veces pienso en volver a estar con mi novio y mis amigos y quedarme a andar en bici por mi ciudad. Quizá mi vida parezca entonces una acumulación de hechos azarosos, una continuidad de decisiones anómalas e incongruentes. Pero alguna vez me voy a sentar a escribirme, y cuando mire en retrospectiva, va a aparecer esa línea narrativa que una todos los acontecimientos de mi propia historia. No porque siempre haya estado ahí, sino porque me la voy a inventar. Voy a inventarme una línea que recorra cada hecho uniéndolo en una historia que entonces va a ser la mía, y voy a elegir un género para contarla, quizá dramático o tragicómico, el que más me guste en ese momento en que cansada de existir elija escribirme hasta que se me mueran las manos. 2023