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fragmentos sobre la espera

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Portada de fragmentos sobre la espera
Fragmentos sobre la espera “Libertad: no pedir nada; no esperar nada; no depender de nada”. El primer fragmento está escrito en un papel que tiene en esta tierra más tiempo que yo. Me lo regaló mi madrina, hace varios años atrás. Ella lo llevaba en la billetera, junto a ese trébol de cuatro hojas. A ella se lo regaló su mamá, mi abuela. Mi abuela lo escribió hace más de treinta años. Sé muy poco sobre mi abuela, no mucho más que mi papá la quería mucho, que mi abuelo la abandonó por otra mujer, que crió siete hijos y que tenía un carácter fuerte y una tranquilidad parsimoniosa en el caminar. Que cocinaba rico y que no le gustaba cuidar a los nietos. Mi abuela nunca supo nada de mí más que llegué a este mundo como la sexta hija de su sexto hijo. Lo único que me une a mi abuela, ahora, es este fragmento sobre la libertad. Una vez se lo leí a mi papá, y él me dijo que no estaba de acuerdo con el contenido de esa frase. Yo ya lo sabía. Mi papá, como todo religioso, vive de la espera. La espera constituye la base de todo creyente. Cuando era más piba también creía en esas cosas: incluso cuando dejé la religión, me atormentaba con Cortázar y su hasta el hartazgo citada frase de mierda sobre la esperanza que pertenece a la vida y que es la vida misma defendiéndose. Mi madrina me regaló ese papelito una vez que salimos a tomar un café y le conté algo sobre un pibe que ya no recuerdo quién es (ni tampoco tiene importancia; todas mis historias con hombres hasta hace unos años son relatos similares con diferentes participantes que llenan el hueco de una historia contada hasta el hartazgo en occidente: la del amor. Esa historia donde todos somos intérpretes más o menos talentosos de un relato ya escrito hace más de dos mil años, que se repite con variantes mínimas en cuerpos que se creen protagonistas de un insignificante rito procreador). Después de leerlo recuerdo haberlo reescrito de memoria muchas veces en mis diarios íntimos –siempre llevo un diario íntimo donde escribo cosas que muy pocas veces releo. Lo escribía para poder entenderlo: no esperar nada. No esperar nada. No esperar nada. Lo escribí sin entenderlo durante casi dos años. No fue hace mucho sin embargo que entendí que no esperar nada significaba mucho más que el simple hecho de no estar a la espera de un acto concreto. No esperar nada implicaba desvestirme del peso de todos los años que estaban por venir y que estaban ya cargados de sentidos de antemano. Ya me los habían llenado, alguien había ya relatado mi historia que sólo se modificaría, de nuevo, en pequeñas variaciones: recibirme, casarme, tener hijos, jubilarme, eventualmente viajar, eventualmente morir en un accidente, eventualmente llorar. Aprender a no esperar implica también abrirse a que el relato se desarme. A que todo relato se desarme. Primero se desarma el relato del matrimonio, el deseo de los hijos… ese relato que es fácilmente identificable con una institución a la que una renuncia en algún momento y con ella a todo lo que trajo. Pero después se desarman, de a poco, otros relatos. Los relatos que sostienen la espera más viciosa: los relatos del amor, los relatos del viaje, del exotismo, de la alegría, del conocimiento, del éxito. Los otros relatos menos identificables en su origen, los que más nos hacen creernos protagonistas de una vida pretenciosa, llena de fantasías y de aventuras en espacios desconocidos (desconocidos por nadie: cada viaje a Roma es el mismo viaje a Roma, cada noviazgo es el mismo noviazgo, qué aburrido debe ser ser dios y mirarnos hacer lo mismo hasta el hartazgo). Cuando se empiezan a desarmar esos relatos pasan otras cosas. En un momento te encontrás con que alguien te dice no, y te importa menos. Salís al balcón, regás una planta y te comes una manzana sentada al sol. Después se alarga a llover y te reís de la ironía de haber regado las plantas, entrás para no mojarte y le escribís a un amigo para tomar una birra. Te puede decir que sí y te puede decir que no. Tiene algún sentido que si te dice que sí, después venga. Pero también puede no venir, y no es tan malo. Abrís un libro y te sentás a leer. Esperar instaura en el cuerpo el miedo. Quien espera algo se enfrenta siempre a la posibilidad de que eso no suceda y esa posibilidad da miedo. Y el miedo apaga el cuerpo, lo anestesia, le quita la potencia. Yo viví con miedo toda mi vida, me medico por el miedo (“temo, luego existo” se me reía una amiga). Miedo a la oscuridad, miedo a las sombras, miedo a no despertarme a la mañana. Para quien vive con miedo el intento de desarmar la historia de la esperanza es más una necesidad que cualquier otra cosa. Abandonar la esperanza como resistencia frente al miedo. Es que nos enseñaron a tener miedo (séptimo don del espíritu santo: temor de dios). Vivimos con el miedo a que nuestra historia no siga el relato establecido para alcanzar el objetivo también establecido de la felicidad, a que pase otra cosa que no conocemos. Es que también nos enseñaron que tenemos que ir para adelante, avanzar avanzar avanzar y construir construir construir. Como los cuentos: narrar una historia, contar un relato, vivir una experiencia. Incluso las promesas más libertarias no se escapan del relato: ser protagonista de tu propia vida, contar tu propia historia. Abandonar la esperanza y el miedo (nec spe nec metu) implica abandonar no sólo los relatos establecidos (la familia, la nación, la pareja); implica abandonar la idea misma del relato. Dejar de escribir la vida, dejar de contar nuestra historia, dejar de avanzar en el camino. Salirse a la banquina, sentarse sobre una piedra a la sombrita y tomarse un mate. Devenir silencio, devenir nada, devenir solcito. Es esto también un poema malo pero me gusta así, pensar mi vida como un poema malo. Abandonar la esperanza y volverse el café del desayuno y nada más. No hay viaje en el futuro, no hay horizonte que depare amores eternos ni hay acrobacias infinitas. Están solamente mis cuarenta segundos en vertical siempre que no me rompa una rodilla, el orgasmo con personas hermosas que me cruzo en la semana y los libros que me presta algún amigo para leer. 2021