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escribir sobre el silencio

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Libro abierto
Escribir sobre el silencio Hace más de quince días que intento escribir el mismo poema sin encontrarle la forma. Arrastro las palabras sobre mi diario, pero tampoco encuentran orden. Leí algo en Instagram, un pie de foto sobre las cosas que ya no están. Quise haberlo podido escribir yo. No encuentro orden entre las letras. Es como si el lenguaje me expulsara de su dominio, como si en este momento no me estuviese permitido entrar. Hace un par de años, a principios de 2020, cuando empezó la pandemia, abandoné por mis propios medios el recinto del
lenguaje; estaba triste, e intentaba forzosamente encontrar una respuesta a lo que me sucedía en el orden que las palabras asignan a las cosas. En un momento me vi obligada a dejar ese intrincado camino, cuando noté que podía describir y explicar el mismo hecho de más de diez formas diferentes sin llegar nunca a una conclusiva. No existía esa forma; abandoné el intento, abandoné mi diario y me dediqué a bailar por dos meses. El cuerpo me dijo lo que las palabras no me habían podido decir, y lo que tampoco puedo escribir hoy acá porque nunca busqué narrarlo, porque
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escribir sobre el silencio

Escribir sobre el silencio Hace más de quince días que intento escribir el mismo poema sin encontrarle la forma. Arrastro las palabras sobre mi diario, pero tampoco encuentran orden. Leí algo en Instagram, un pie de foto sobre las cosas que ya no están. Quise haberlo podido escribir yo. No encuentro orden entre las letras. Es como si el lenguaje me expulsara de su dominio, como si en este momento no me estuviese permitido entrar. Hace un par de años, a principios de 2020, cuando empezó la pandemia, abandoné por mis propios medios el recinto del lenguaje; estaba triste, e intentaba forzosamente encontrar una respuesta a lo que me sucedía en el orden que las palabras asignan a las cosas. En un momento me vi obligada a dejar ese intrincado camino, cuando noté que podía describir y explicar el mismo hecho de más de diez formas diferentes sin llegar nunca a una conclusiva. No existía esa forma; abandoné el intento, abandoné mi diario y me dediqué a bailar por dos meses. El cuerpo me dijo lo que las palabras no me habían podido decir, y lo que tampoco puedo escribir hoy acá porque nunca busqué narrarlo, porque darle palabras sería destruirlo. Ahora estoy en un lugar similar, abarrotado de silencio. Abro mi diario todos los días, no escribo más de media página. Mis poemas no superan la pila de octosílabos con rimas horribles que aparecen solas y me obligan a techar todo apenas lo releo. Escribo sobre los cuchillos que me compré, las cosas que hago para sentirme en casa. Intento escribir sobre “la secuencia de desgracias en la que se convirtió mi vida” (op. Cit.) en la última semana: siete puntos en la vulva, robo de dinero, 16 horas de trabajo seguido, lluvia adentro de la pieza. La lista de anécdotas no logra construir un solo hecho que valga la pena ser contado. Intento decir algo sobre la sensación de tristeza que me genera dormir en camas extrañas, sobre el frío de todos los abrazos que no llevan su nombre. Sobre el arrepentimiento, sobre la responsabilidad. Ningún hecho, ningún sentimiento logra volverse relevante, contable. A veces siento que de tanto escaparle a la narrativa de mi vida la lengua se vengó de mi despidiéndome para siempre. Y el único lugar donde las cosas adquirían sino orden, sino sentido, acaso cierto color, desapareció dejándome desamparada, del otro lado del mundo, sin tener nada para decir. Hace algunos escribí un poema que hablaba de los domingos a la noche. El poema dice algo así como que podría nunca haber hecho nada, pero que mi domingo sería así que lo único que no cambia nunca y me sostiene frente al tumulto al tormento son mis manos acá escribiendo y este par de hojas blancas y saber que puedo dormir hoy es domingo a la noche y no encuentro de dónde sacar palabras. Siento que todo me queda demasiado chico o demasiado grande. Siento que ninguna desgracia es lo suficientemente anecdótica como para construir una historia ni ninguna sábana lo suficientemente mojada como para construir un poema. Nada parece acomodarse, nada parece querer ser contado. Me pregunto constantemente si debería acaso dejar de intentarlo. Abandonarme al silencio, a la forma de las cosas cuando nadie las cuenta. En algún momento de mi vida me salían poemas sobre todo: sobre la soledad, la tristeza, sobre el sexo, sobre partidos de fútbol que nunca miré, sobre cosas que habría querido hacer y nunca hice. Las cosas se escribían solas, no necesitaba ni siquiera vivirlas. Las inventaba, como el partido que nunca vi, como ese poema que después le dediqué a Lucas en una carta pero que había escrito muchos años antes como una idea, como una forma de algo que podría eventualmente ser. Ahora, en cambio, que la vida me abruma de anécdotas y gente y lenguas que nunca hablé, me encuentro llena de silencio. Todo lo que me rodea me grita y yo no tengo ninguna respuesta para darle, ni siquiera un gramo de energía para pedirle que se callen, que me dejen dormir. 2022