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escenas de lectura adolescente

Lector en formato pagina

Tengo en mi memoria, siempre, los poemas que más me gusta leer. Siempre vuelvo a ellos, los sé de memoria, los repito como plegarias. Esos poemas, como las oraciones de mi infancia, ya son parte de mí. Algunos los llevo tatuados en la piel, otros están adentro mío, vuelven en los momentos en que no habría otro orden de cosas posibles en el mundo que el de esas palabras, puestas ahí de una vez y para siempre. En una clase un profesor una vez me preguntó si se podría aprender de la literatura. Yo de la literatura aprendí a vivir (tal vez por eso todavía no sé hacerlo). Hay una escena primera, antes de todas las otras, que viene a mi memoria siempre, de la que escribí ya varias veces: esa escena, al inicio de El susurro del lenguaje, de Roland Barthes, donde describe ese momento en que, en medio de una lectura, levantamos la cabeza y decimos: es esto; es esto para mí. Esa escena me lleva al ejercicio de responder una pregunta: ¿qué escenas de la literatura me hicieron levantar la cabeza, afirmar “es esto, es esto para mí”? Son varias escenas. Y son escenas que viven conmigo, como los poemas que nombré. Alguna vez voy a hablar de esos poemas, pero hoy quiero hablar de las escenas de lectura que aparecieron ante mis ojos como una revelación, como una anagnórisis o como un destello de algo que necesitaba de esas palabras para volverse sobre mí, para hacer aparecer ante mis ojos una parte del mundo que no sabía que existía o que podía ser así. Los momentos en que, leyendo una novela o un cuento, algún fragmento me hizo levantar la cabeza y cambiar las formas de mi vida para siempre (creo, a riesgo de haberlo siempre entendido mal, que de eso habla Barthes cuando nombra el goce, contraponiéndolo al placer de la lectura que siempre avanza y no nos permite detenernos a levantar la mirada). Recuerdo primero una de la que siempre hablo, y que por supuesto (no podría empezar por otra) es de Borges. El cuento no es mi preferido, pero acá sólo quiero hablar de las escenas, el resto me importa poco. El sur, último cuento de Ficciones. Un hombre sale de un hospital psiquiátrico y se sienta a tomar un café. En el café, creo que en el borde de la ventana, hay un gato acostado. Un gato que siempre está ahí, que se deja acariciar. Y el hombre acaricia al gato, y acariciando al gato dice sentirse, sin embargo, separado del animal como por un cristal, porque él está encerrado en la sucesión del tiempo, mientras que el gato no, el gato es libre, porque vive siempre en la eternidad del instante. Esa escena, quizá más que muchas otras, cambió mi vida para siempre (cómo me gusta esa expresión: para siempre. Las cosas de las que no se puede volver). Era la primera vez que leía Borges, tenía dieciséis años. Todavía no sabía que iba a estudiar literatura, ni que volvería a leer ese cuento incontables veces más. Venía afrontando un proceso de separación de las creencias religiosas con las que crecí toda mi infancia, y que performaron mi comprensión del mundo en torno a los conceptos de culpa, de perdón, de temor a dios y de promesa de eternidad. De todos esos, el que más me molestaba era el de eternidad. Qué tortura, por dios, la eternidad. ¿Quién podría ofrecer una promesa tan terrible y angustiante como vivir para siempre? En mi mente de dieciséis años no cabía otra comprensión de la eternidad que no sea la del tiempo para siempre, año tras año tras año. Hasta que leí esa escena, y recuerdo que levanté la cabeza y me sonreí. Lo que hoy me parece quizá obvio, en ese momento fue un descubrimiento para mí: la eternidad no tenía que ver con el tiempo, sino con el no-tiempo. Como el presente. La segunda escena de la que quiero hablar es sobre la novela La náusea, de Sartre. Esta escena no la recuerdo tan bien, sólo unas frases aisladas y lo que produjo en mí. El protagonista está sentado en un bar, mirando una negra cantar. Y escucha la canción, y piensa que él, que estuvo al borde del río Tíbet (recuerdo que había estado al borde del río Tíbet), y en Barcelona, que había andado por acá y por allá, ahora estaba aquí, junto al resto de la gente del bar, escuchando a la negra cantar. La escena se mezcla con otra, de la que recuerdo la primera frase “y sin embargo sé que existo, que estoy aquí. Ahora cuando digo ‘yo’ me suena hueco”. “Antoine Requentin no existe para nadie”. Ese libro, como la mayoría de los que leí durante mi secundaria, está subrayado hasta el cansancio, vaya uno a saber con qué criterio. Ese libro me trajo mis primeras preguntas sobre la identidad, sobre mi identidad, sobre la idea de identidad en general, de ser igual a uno mismo. Una idea sobre la que luego trabajaría mucho, hasta llegar a leer a Silvestri que, leyendo a Deleuze, anula el concepto de identidad proponiendo el de devenir (devenir manada, devenir loba). En el texto de La Náusea el protagonista no puede identificarse consigo mismo, con la suma de características que lo identifican, con la suma de anécdotas que construyen su historia. Afirma “yo” pero no puede identificarse con lo que su propia conciencia de sí mismo le permite traer a su memoria. Tercera escena de lectura: la primera vez que leí a Dostoievski. Un libro que no elegí; quería leer a Dostoievski porque mi papá leía a Dostoievski, y agarré uno que estaba en casa. Tenía quince años; mi papá leía Los hermanos Karamazov. Yo agarré uno bastante más corto, que traía dos relatos: Noches Blancas, y Niétchozka Nezvánova. La escena es sobre este segundo cuento, que en el libro aparecía primero. Niétchozka es una niña rusa, pobrísima, que vive con sus padres. La historia es relatada en primera persona por Niétchozka, quien visita sus memorias. Su madre, como muchas madres de las novelas de Dostoievski, es una mujer infeliz, que se dedica en su pobreza a lavar la ropa de su hija y su marido (las escenas de las mujeres fregando camisas a media noche son algo de lo que también me gustaría alguna vez hablar). El marido es un hombre (este es un adjetivo mío) miserable. Un violinista que culpa a su mujer de no haber podido tener éxito como violinista, porque ella le consumió la vida. Y dedica su tiempo a no hacer nada, a quejarse, a no tocar el violín, y a recordar a los otros el violinista que podría haber sido si no fuese por su mujer. Niétchozka ama a su padre, y no quiere a su madre. Las razones de esto no las recuerdo, ni recuerdo bien el orden de los hechos. Una vez, en su pueblo, se presenta un violinista profesional. El padre se turba, y escapa con Niétchozka. Ella está feliz, porque su padre decidió abandonar a la madre e irse con ella. Pero el padre la deja en la mitad del camino, y se mata. La frase que comienza la escena de la que quiero hablar es la siguiente: “una muerte así era la consecuencia obligada y natural de toda su vida”. El padre de Niétchozka había ido a escuchar al violinista, y escuchándolo, toda la verdad de su vida se le había pasado por el frente con un resplandor insoportable. Cuando era mentira se le volvió frente a los ojos, cegándolo con la certeza. “La verdad se hacía insoportable para aquellos ojos que veían claro por primera vez”. El fragmento habla sobre la claridad y las tinieblas, sobre un hombre que, encerrado en las tinieblas de su obstinación, no puede reconocer la miseria de su propia vida. Y cuando escucha a un violinista de verdad, la realidad se le postra ante los ojos, y se lleva su cordura. Se ve obligado a reconocer las mentiras sobre las que construyó toda su vida, y al no poder con la conciencia de la realidad que se le presenta clara y transparente, muere. 2023