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Memorias de una emigración. Epílogo

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EPÍLOGO. “Soledad es un nombre de mujer” (Manada de lobas Foucault para encapuchadas) Hace ya casi dos años que vivo como una migrante. Desde que partí, lo que conocía como mi identidad -aunque siempre mutante y escurridiza- terminó por desgarrarse. No me reconozco en una tierra, no tengo una casa, no tengo un idioma, ni siquiera tengo una planta que pueda regar. Sin embargo ya no siento dolor. Estoy sentada en un sillón en la galería de la casa-jungla que fue mi casa los últimos cuatro meses. Es domingo a la noche, escucho los mismos nocturnos de Chopin que escuché toda mi vida y respiro la mezcla del olor de mi perfume de lavanda con el olor fétido de los pósum que posan detrás de mí en la baranda. Australia no es mi casa, nunca lo va a ser. Argentina tampoco lo es, hace un tiempo ya, desde que dejó de ser un lugar donde volver. No hay donde volver, ni donde quedarse, pero sí a dónde ir. Pienso en el desgarro de mi identidad y la metáfora desaparece cuando recuerdo mi vulva abierta sangrando en el suelo de mi dormitorio un par de años atrás. ¿qué pasó después de ese desgarro? Ya no hubo identidad. Vuelvo, como hice tantas veces, a Silvestri citando a Deleuze: no hay identidad sino devenir. Hoy me encuentro en esa palabra más que nunca. Puedo sentirlo con todo el cuerpo, la mutación constante como forma de circular en este mundo que es, como dice Fito, muy terrible pero puede ser divino. Estoy contenta con eso, contenta de verdad. Pienso los años que pasé leyendo e intentando entender esa idea que me parecía hermosa pero terrible, sin saber que llegaría a sentirla recorriendo mi sangre, en todo mi cuerpo, en la tragedia de mis manos. En algún momento sentí miedo de la mutación abismal en la que circulan mis días. Quizá no de la mutación en sí sino más bien de su origen. ¿Acaso estoy escapando de algo? Pensaba en la belleza de los que se quedan, los que riegan un jardín y ven las plantas crecer. La pregunta circulaba en mi cabeza, que intentaba encontrar ese punto de origen, ese miedo originario del que estaba intentando huir. Y descubrí, en una noche cualquiera en un momento cualquiera, que era del miedo mismo que intentaba escapar. Hoy el miedo es un recuerdo blanco y huidizo, algo sobre lo que me gusta escribir. Como el amor. Llevo menes leyendo libros sobre mujeres que viajan. Sobre el dolor, sobre la alegría, sobre el desconcierto. Soy un poco de todas ellas y ellas son un poco parte de mí. Pienso en la necesidad de nombrarnos, en todos los nombres con los que las autoras se nombran: mujer viajante, migrante, exiliada, expatriada, extranjera, desterrada. ¿cómo me nombro yo? Hoy estoy viajando, pero no lo reconozco como una identidad. Mañana quizá construya una casa y plante un bosque de naranjos para hacerle mermeladas a todos los que amé. Mil hectáreas de naranjos en flor que regar todos los días al anochecer. Tengo siempre presente ese poema de Vignoli que escribí por todos lados: Y voy no sé si tranquila o triste o feliz. La soledad se volvió un lugar tranquilo y sin turbaciones. La noche, un momento para disfrutar. El amor, el silencio con el que sabemos que estamos para el otro. El hogar, cualquier lugar donde hacer un nido para descansar. 2024