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Memorias de una emigración. Capítulo 2: en la policía

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CAPÍTULO DOS: EN LA POLICÍA. Ninguna distracción, ningún amor, ningún argumento, por irrefutable que fuese, podían quitarme la responsabilidad de mi cuerpo: entonces me olvidé del miedo” (Las malas, Camila Sosa Villada) Estoy sentada en el patio de atrás de un hostel en Perth. Un pedazo de cemento cubierto con una mediasombra rotosa y dos sillones de tela gris claro, con manchas marrones de bebidas tumbadas y un olor a humedad que hace que comience a picarte la piel antes incluso de sentarte. Estoy al lado de Camila, a punto de hacer una videollamada que llevo más de un año esperando. A Camila la conocí hace menos de un mes, pero pareciese que nos conocemos hace años. Sin ella no podría estar así, tranquila, en ese sillón, esperando a responder esa videollamada. Son las doce y media del mediodía, y desde las seis de la mañana estamos juntas esperando. Sin embargo, aunque me transpiren las manos, estoy tranquila. Recibo un mensaje en el celular, es el detective, Paul, que me avisa que tengo que conectarme. Respiro profundo, ingreso a la videollamada y observo en la pantallita la escena, como en las películas. Una jueza mayor, de pelo blanco bien acomodado, simpática, me pregunta cómo estoy, y me explica el escenario. Paul está ahí parado. También hay otros hombres, uno de ellos es el abogado del acusado, y una mujer rubia que presentan como mi intérprete. Después de una breve presentación y unas preguntas que me hace Paul para direccionar mi discurso, empiezo mi declaración. Llegué al hostel hace casi un mes, con un pie roto, después de un fallido viaje a Bali al que debería haber ido con un chico que me dejó, así, sin más, con los pasajes comprados y la alegría de verlo clavada en la mandíbula. En consonancia con mi tristeza, además, me quebré un hueso del pie tres días antes de ir a Bali. Fui igual, en muletas, acompañada de un amigo que carga mis valijas de hotel en hotel. Al regreso del viaje el chico que me dejó con un viaje caído de las manos me busca en el aeropuerto, me hace las compras del supermercado como se las pedí, me lleva al hostel. Estoy aterrorizada; mi última vez viviendo sola en un hostel había sido más de un año atrás y los días pasados ahí contaban entre los peores días de mi vida. Sin embargo el aire es diferente, yo soy diferente. Me haré amigos con facilidad y pasaré el resto de la recuperación de mi pie tirada en esos sillones olorosos, fumando porro, tomando cerveza y riéndome con ese grupo de personas maravillosas que pareciese que conozco de una vida entera. En menos de un mes, ya no me dolerá tanto que me hayan dejado, tampoco me dolerá tanto el pie y nos iremos de camping y hasta incluso podré salir a bailar una noche antera para despedirme de esa gente fabulosa antes de irme al campo a trabajar. Las cosas cambiaron mucho desde la primera vez que pisé un hotel. Puedo decirlo sonriendo, puedo verificarlo en la calidad de mi sueño y, sobre todo, en la reducción abrumadora de mi llanto. Un poco más de un año atrás, después de atravesar el pacífico dormitando mi medicación, llegaba a Sydney con el corazón en la mano. Tengo recuerdos borrosos, me esfuerzo en recuperarlos: comprar el chip del celular, la opal card, tomarme el tren hasta central station. Arrastrar las valijas un par de cuadras siguiendo las indicaciones de Google maps hasta el hostel, un edificio de ocho pisos completamente preparado para una luminosa y pulcra experiencia backpacker. Me cuesta socializar, no me había pasado nunca. Los dos años de encierro en la pandemia rodeada de mis plantas y de mi biblioteca evidentemente eliminaron de mí todo aire aventurero. Solamente quiero volver, volver donde mi novio y mis amigos, volver a mi nido de flores y a mi ventana luminosa y a mi balcón. Lloro, lloro desesperadamente todos los días. Me encierro en la escalera de servicio a llorar, llamo a mi novio llorando. Ese estado de llanto permanente durará más de un mes. Intento formar parte de un grupo, me expulso a mi misma. Un alemán me invita a dar un paseo caminando por Watson Bay, hasta el Lighthouse. No quiero, pero sé que tengo que aceptar, mi novio me lo dice, hacer cosas para salir de ese encierro pusilánime. No recuerdo si la caminata es linda o no, toda mi memoria está atravesada por el manto de desesperación que signaron esos días. Desde la altura de la bahía veo una mujer desnuda metiéndose al mar. Hay una playa nudista a la que decido volver al día siguiente. Tengo ganas de meterme al mar, pero sobre todo de mandarle nudes a mi novio, que tan desesperadamente quiero poder ver y tocar. Preparo mi mochilita, me tomo un colectivo hasta los wharf y de ahí, un ferry hasta Watson bay. Camino hasta esa playita escondida. No hay mas de cinco personas por ahí. Desde ese momento, intento borrar todo de mi memoria, eliminarlo, no volver a ese lugar nunca más en mi vida. De hecho, no voy a volver, ni a la playa ni a la bahía, ni cerca. Pero hasta que no me siente en ese sillón a declarar, esa playa me persigue durante más de un año como una pesadilla a cielo abierto. Me desnudo sin dificultad, no me caracteriza el pudor. Estoy emocionada, quisiera que mi novio esté ahí para verme entrar al mar desnuda como una venus renacentista. Me gusta generar esas imágenes de mí, mandárselas. Él nunca va a apreciar mi esfuerzo por seguir seduciéndolo siempre, por querer mantenerme sexi para que nunca me deje de desear; sus fotos en cambio son borrosas y en el espejo de su cuarto sin ordenar. No pasan más de cinco minutos que se me acerca un hombre de unos sesenta años a hablarme. La conversación es fluida, a pesar de su miembro colgando entre nosotros a la luz del sol. Pienso que quizá eso es normal en esos sitios, así, que te vengan a hablar de la nada cuando estás sentada en tu toalla mirando el mar. Me hago la experta, como si supiese de esos lugares, como si eso fuese normal para mí. Me dice que tengo lindo cuerpo, finjo agradecimiento, se va. No pasa media hora que se me acercan otros dos hombres, que estaban sentados lejos sobre unas piedras. Caminan más de cien metros para acercarse a mí. Me siento abrumada; no llevo más de cinco días en la ciudad. No quiero estar ahí, solamente puedo pensar en mi casa y en volver y en acurrucarme en el sillón de la casa de mi novio sobre su cuerpo blanco y terso. Casi no he parado de llorar en esos días. Sin embargo sonrío, les sonrío, les hablo. Me piden una foto, sin saber por qué, acepto. No supe decir que no, no supe irme a tiempo. En ese intercambio incómodo en el que se acerca a mí y me abraza los hombros para sacarse la foto a mi lado, me toca, como dirá la declaración que haré después, “con su miembro eréctil” en la pierna. Mi desesperación va en crescendo, le digo que no, alejo mi cuerpo, finjo simpatía. Cuando se alejan de mi lado, me visto, junto todas mis cosas y sin llegar a calzarme, me voy casi corriendo de la playa. En el camino empiezo a llorar de la bronca y la desesperación. En la playa de al lado, las mujeres que atienden el kiosco me dicen que denuncie, y me ayudan a denunciar. Hecha una bola de nervios y angustia, hablo con la policía y describo al hombre lo mejor que puedo. Lo que sucede después tiene un orden incierto, no puedo acomodarlo bien en mi memoria. Me tomo el ferry donde subo llorando y el capitán me ofrece un té en la cabina de mando. Me llama un detective que se presenta como Paul, que me acompañará en todo el proceso. Me cuenta que encontraron al tipo, que encontraron las fotos en un celular; me enteraré después que también hay un video. Me pasa a buscar esa noche por el hostel para llevarme a la estación de policía a declarar. Paul es alto y mayor y delgado. Viste traje negro, su auto es completamente negro y el otro hombre que maneja tiene también un traje negro. A pesar de su amabilidad, sólo puedo sentir miedo en ese agujero negro de hombres vestidos de negro. La estación de policía está llena de oficiales jóvenes y musculosos que sonríen con esa cara de bondad fingida que ponemos todos cuando vemos a alguien que la está pasando verdaderamente mal. Declaro en un inglés de cinco días de práctica, lloro desesperadamente por miedo a perder mi visa, por estúpida, por intentar hacer algo que no debería haber hecho, eso de desnudarme y sonreír, siento que el señor me va a encontrar y me va a hacer algo. Paul me tranquiliza, me recuerda constantemente, como hará durante todos los siguientes meses, que soy víctima, que nada puede hacerme. El miedo, sin embargo, no se va. Estamos recién empezando este mundo donde entendemos que nadie puede tocarte sin tu consentimiento, por corta que sea tu pollera, por grande que sea tu sonrisa, por desnuda que estés en una playa nudista sentada sola sin joder a nadie mirando el mar. Paul me lleva al hostel donde me esperan unos amigos circunstanciales para salir a comer y acompañarme un rato. Mi cuerpo está tenso y mantendrá esa tensión por varias semanas, sin relajarse nunca. En ese estado, consigo un trabajo, una habitación, un par de amigos. Me tiemblan las manos con frecuencia, nunca dejan de sudar. Cada llamada de un número desconocido es una angustia que permanece el día entero como la pata de un elefante sobre el pecho; Paul me comenta como avanza el caso, las pruebas que van encontrando, mi lugar en todo eso. En algún momento del año, creo que en julio, me avisa que mi declaración será el doce de enero. Cierro todo en mi cabeza. Lo anulo. Lo abro solamente cuando recibo un mail o una llamada de Paul. No leeré mi declaración hasta el día antes de tener que hacerla en la corte. En le medio, me voy a ir a vivir a Italia unos meses, voy a volver a Argentina de visitas, voy a vivir con mi ex un tiempo, me voy a enamorar y desenamorar, voy a viajar con un chico que me gusta mucho, y después de todo eso, voy a volver a vivir a un hostel. Y sin darme cuenta, voy a estar preparada para hacer la declaración. Tengo muy presente las explicaciones de mi papá, abogado: usar los términos correctos, describir la situación, nunca acusar. La acusación le corresponde al fiscal. La declaración es a distancia, por videollamada, porque estoy en Perth, lejos de la corte de Sydney. Además, tengo una intérprete al español. El abogado del acusado, como en esas películas yanquis que tantas veces había visto, me hace preguntas insidiosas, intenta que me confunda, me contradiga. La jueza parece una persona razonable, le hace notar cuando hay algo que ya dije, que ya expliqué. Presto atención a mis palabras con cuidado, uso siempre los mismos términos, nunca cambio mi declaración. A mi lado, Camila me sonríe y me acompaña. Me preguntan cosas por más de una hora, y cuando todo termina, Paul me llama diciéndome que lo hice muy bien, que dentro de tres meses sabremos la resolución de la jueza. Siento cómo se cierra una herida que venía supurando hace más de un año, mi herida-Sydney, una parte fundamental de esa herida mayor que llevo en la sangre, la herida-destierro. No puedo volver a vivir a esa ciudad, ni volver a ir a esa bahía ni a esa playa. No puedo ni quiero. Pero quizá, algún día de visita, pueda volver a ir a una playa nudista, pueda volver a mandarle nudes barrocas a un novio que me responda en la distancia con una nude de héroe mitológico esculpido en piedra para admiración de toda la posteridad, que me recuerde siempre la belleza de los cuerpos desnudos cuando pierden el miedo y pueden volver a nadar en el mar. 2024