CAPÍTULO 5: EN LA CASA.
“Se puede ser feliz en esta casa desfigurada, que de repente se convierte en un estanque, un campo a orillas de un río, un vado, una playa”
El amante, Marguerite Durás
Camino buscando la dirección que me dieron para la inspección. Encuentro rápido la casa: entre dos jardines florecidos, un pórtico desierto de paredes descascaradas por el abandono, con algunas hojas secas barridas por el viento. Un señor egipcio de unos cuarenta años me espera en la puerta. Me siento nerviosa, ya recorrí demasiadas casas sin encontrar una que quiera llamar un hogar, y no quiero seguir en el hostel más tiempo. Demasiado lejos, olor a comida india que infecta todos los dormitorios, familias con niños, reglas insólitas de convivencia.
Cuando la puerta se abre nos inunda un olor a humedad acumulado y nos recibe un piso alfombrado con manchas históricas de goteras nunca arregladas. Me siento, sin embargo, reconfortada: a mi izquierda un cuadro de Klimt de un metro por un metro y medio cuelga torcido sobre la pared, el mismo que tienen mis padres sobre la cama en el cuarto de invitados que uso cuando voy a visitarlos. Los amantes se besan, acostados. Me sonrío: la persona que lo colgó debe haber pensado que, para besarse de esa forma, dos amantes sólo pueden estar recostados. Además, la cobija de los cubre puede haber dado la impresión de una cama. El casero me mira observarlo y me pregunta si me gusta; intento explicarle el error, mi inglés pobre y nervioso no me lo permite, y desisto.
La casa es un viejo caserón relativamente lujoso, convertido por el antiguo dueño en un cúmulo de estudios amontonados para rentabilizar el alquiler. Hay ocho habitaciones en total: el living, el comedor, la cocina, todo fue convertido en pequeños monoambientes. El casero me muestra dos disponibles, aunque de las seis restantes sólo una está ocupada por una mujer alcohólica de entre cincuenta y setenta años que habita aquel abandono sin tocarlo. Una tiene un dormitorio amplio con una mesa y un antiguo estar cerrado en la pared, sobre el cual hay unos posters de cine pegados por el último habitante. Tiene una pequeña cocinita en el balcón. La otra pieza, que será la mía, tiene un dormitorio más pequeño y una pequeña separación a una cocina un poco más amplia, con su mesita y una ventana que da al patio trasero, abandonado a la maleza y a la mugre. Elijo esta porque la separación da más la sensación de una casa, porque está al lado del baño común, y porque ya me he dado cuenta que no conseguiré algo mejor al precio que puedo pagar, y la ubicación es perfecta. Cuando decido que esa será mi casa por los próximos seis meses (tiempo mínimo de alquiler) siento un ronroneo en el estómago que se asemeja al espanto: aquel cuartito mínimo será mi hogar, sin vistas, sin plantas. Pienso en mi última casa en Argentina, mi preferida. Doscientas setenta y tres plantas en maceta regalé antes de mudarme de país. Sus dos patios verdes, mi dormitorio amplio con un balcón lleno de plantas, la pequeña huerta en el cantero del patio de atrás, la escalera aristocrática que da a un living amplio iluminado por un ventanal, la barra que separa la cocina del comedor.
Cuando vuelvo a los dos días a tomar posesión de mi cuarto, recorro un poco el resto de la casa. El pasillo de ingreso que da a la escalera que sube a las habitaciones del segundo piso no tiene ventilación más que por la puerta de entrada, ni luz natural. El olor a humedad es infecto. El bajoescalera está cubierto por maderas mohosas que deberán encerrar comunidades de ratas y cucarachas. Caminando por al lado de la escalera se llega a una puerta que da al patio, donde hay un segundo baño recientemente renovado (la única parte de la casa renovada) pero sucio y abandonado. El patio tiene los pastos altos y ladrillos y maderas tirados por todos lados, con una puerta enclenque que da al callejón de servicio por donde tenemos que sacar los tachos de basura todos los jueves.
Mi cuarto tiene dos ventanas pequeñas por las que sin embargo entra mucha luz. Agradezco eso: la luz. Y decido convertirlo en mi casa, como hice siempre que me mudé. Aspiro toda la alfombra del ingreso y de mi dormitorio, limpio la heladera, la mesada, la cocina, aspiro mi colchón, tiro toda la basura que encuentro, reacomodo los tres muebles con los que cuento: la mesita de la cocina debajo de la ventana, para leer con luz, una mesa ratonera en la pieza, para poner el espejo encima y mis cosas del día a día, la estantería en la cocina. Compro cortinas nuevas lo más oscurecedoras que puedo pagar (las block-out son demasiado caras) para poder dormir bien en la mañana, perchas para colgar mi ropa en el ropero sin estantes, y sábanas nuevas. Compro, obviamente, dos plantas: necesito regar algo, hacerlo vivir.
Me dedico a limpiar el baño en profundidad, las telas de araña, los hongos. Encuentro tarros de champú tirados, mugre por todo el piso. Me pregunto cómo vive esa mujer en este estado, cómo hace para bañarse ahí. Sé que usa ese baño porque tiene objetos de su presencia: una fuente con piedras y una estructura de metal oxidado que sostiene una vela derretida y llena de polvo decora la única mesita del baño. Dos budas verdes de plástico en las esquinas de la bañera, un cuadro descolorido por el sol. Limpio los hongos de los budas, los vuelvo a colocar donde estaban. Limpio una a una las piedras, la vela, el espejo, cambio el cuadro de lugar, saco los hongos de la bañera, los restos de pintura despegada y a punto de caerse. Limpio también como puedo el patio de atrás, aunque no tenga con qué cortarle el pasto (le pedí una tijera jardinera al casero y me dio una para cortar metales) y pongo en el pórtico dos silloncitos que encontré tirados, me imagino ahí leyendo a la mañana. Después de un par de días de limpieza estoy contenta, me gusta mi sucucho en el que viviré tantos miedos y tantos placeres.
Me falta una única cosa: saco un cuadro olvidado del fondo del placard y lo llevo al pasillo de entrada. Descuelgo el cuadro de Klimt y pongo este en su lugar. Me llevo el cuadro de Klimt a mi pieza y lo cuelgo arriba de mi cama. Con El beso coronando mi dormitorio, me siento un poco más en casa.
Las semanas siguientes la casa se va habitando de a poco: una pareja de ingleses ocupó una habitación en el piso de abajo. El chico dejará sus pelos en la bacha cada vez que se afeite, que con paciencia limpiaré a la mañana antes de lavarme los dientes. Una pareja de chicas japonesas (creo, nunca hablé con ellas) silenciosas ocupó la otra habitación que yo había visto. El único amigo que me hice en el hostel, Mateo, se muda a otro dormitorio en el piso de abajo. Las otras habitaciones permanecen cerradas, nunca nadie las va a abrir. La convivencia es fácil y silenciosa, como no tenemos lugares en común más que el baño, nunca nos vemos. Una vez a la semana limpio el baño, porque nadie más lo hace. Una mañana me toca limpiar vómito en el inodoro: la señora del otro cuarto (que me conseguirá un trabajo en unos barcos en el puerto de Sydney) vuelve borracha a las dos de la mañana, me despierta, la encuentro semidesnuda intentando subirse la bombacha sin lograrlo después de hacer pis por todos lados.
En ese dormitorio lloro una soledad sin descanso, la desesperación, el desconsuelo, o como me dirá mi papá, la desolación. Sí, me siento desolada, y esa casa en ruinas iluminada por el sol de la mañana es el escenario de una transformación sin retorno en la que abandonaré definitivamente el miedo.
Me desconsuela la incertidumbre, escribo sobre mi diario preguntándome por qué dejé a mi novio, por qué dejé a mis amigos, por qué sigo un sueño de la infancia desgastado por los años en vez de quedarme entre las cobijas del abrazo cotidiano de los que me aman. Sin embargo me levanto todos los días, voy al trabajo, riego mis plantas, escribo, dejo de escribir, me tiño el pelo, me preparo el café todas las mañanas. Lloro mucho, lloro desconsoladamente en esa habitación donde también tendré sexos increíbles y otros del horror. Donde voy a enamorarme de nuevo, donde voy a fumar porro con desconocidos hasta la madrugada, donde voy a tomar cervezas con Mateo acompañándonos en esa amistad nueva y consoladora que descubrimos juntos, donde voy a intentar escribir sin encontrar nunca palabras. Donde también voy a desangrarme a chorros sobre el piso alfombrado una noche a medianoche, y voy a desesperar y volver a cambiar las sábanas y llevarlas caminando quince cuadras hasta la lavandería más cercana una vez a la semana, en los minutos libres que tengo entre un trabajo y el otro y el otro.
Una noche duermo de nuevo con un desconocido en esa casa. Nos llevamos bien, nos reímos, pasamos un buen momento. Sin embargo, cuando se duerme, no me puedo dormir. La soledad crece, su compañía expande la sensación de falsedad de lo que me rodea. Me siento impostada sobre un escenario extranjero, externo a mí, ajeno. Esa casa que no es mi casa, ese chico que no es el que quiero, ese sexo que no es nuestro sexo, y toda una ciudad y un país y un continente que no son los míos, y ese cuerpo dormido que no sabe que al lado suyo, alguien está deseando estar del otro lado del mundo. Pero me duermo, y me levanto, y no hay falsedad en todo eso, es verdaderamente mi vida. Y tomamos un café y vuelvo a encontrarme en mi propio cuerpo riéndome con un desconocido a la mañana, esa costumbre fabulosa de disfrutar el amor insólito y pasajero de los que estamos solos.
2024