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Memorias de una emigración. Capítulo 4: en el vecindario.

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CAPÍTULO 4: EN EL VECINDARIO. “Mi lugar más cierto en el mundo es el de una sombra que espía” Primera persona, Margarita García Robayo “No pasaba de ser, allá donde fuera, una mera expectadora” La vida sin maquillaje, Marisé Condé. Paddington es todo lo que en Argentina llamamos un barrio de señoras bien. En el centro de Sydney sus casas de dos pisos se levantan una al lado de la otra iguales entre sí, con las barandas de los balcones labradas y los jardines florecidos de santarritas y jazmines de leche podados con la delicadeza de quien monta una casa de muñecas. No es un barrio de gente rica, de gente cheta, como les decimos en Argentina. No son mansiones, no hay sirvientas ni jardineros. Es un barrio de clase media aspiracional, acomodada, tranquila, religiosa incluso quizá – hay varias iglesias, y una de ella monta un mercado de productos locales todos los fines de semana. La mayoría de los habitantes que pasean por las veredas son matrimonios jóvenes con carritos llenos de niños rosados y regordetes. Las mujeres se visten con ese estilo aseñorado del old money style que tanto se usa, con tonos beige y pastel, y los hombres no se deciden entre dejar las zapatillas de fútbol de la juventud y adentrarse a los mocasines que usarán por el resto de sus vidas siempre del mismo color, siempre limpios y pulidos. Son ellas mismas las que barren sus veredas, visten a los chicos con pantaloncitos de lino blanco y a las nenas con vestidos rosados de broderí. Son ellos los que podan el jardín cuando llegan del trabajo, después de sacarse la camisa blanca y ponerse la ropa de hombre del hogar. A las seis de la tarde, ellas corren con las amigas, a ellos les toca cuidar al bebé un par de horas para que ellas tengan tiempo para sí. Los fines de semana organizan barbaques con los vecinos, o preparan el canasto para ir de picnic al Centennial Park donde desplegan mantas y panes recién horneados sobre el pasto verde esmeralda. Todos visten de blanco los domingos, como formando parte del set de grabación de una película ya escrita, mi aussie Truman show de familias rubias y sonrientes, manteles a cuadros y rosales podados en ese jardín de maravillas que es el Centennial Park, donde los chicos en vez de alimentar a las palomas tiran migajas a los cisnes negros que pasean por el lago enredándose en el pastizal acomodado de flores anaranjadas que se asoma por la horilla, o juegan a la pelota en la pradera verde que da al lago mientras los grandes conversan entre sí sobre las vicisitudes de la semana: algún empleado en el trabajo, algún mal comportamiento de los chicos en la escuela, alguno que aprendió a caminar o perdió un diente, alguna ropa en oferta en los negocios brillantes de este lado de Oxford Street (y digo de este lado, porque del otro lado, más allá, en Darlinghust, por las noches Oxford Street se transforma, como una ciudad paralela, en un nido de pecados de zapatos altos, donde las drag queen hacen estragos con su belleza de glitter y pelucas descomunales y donde los bear boy se enredan en arneses y bailan sobre la tarima hasta perder la razón, aunque esa es otra historia). Pero a este lado ese ruido no llega. De este lado las mañanas empiezan temprano, no hay basura en las calles y en los jardines de quienes no tienen salida a la calle de servicio se ven acomodados en fila los tachos verdes, amarillos y rojos donde se diferencian los residuos. El barrio me recuerda a las películas yanquis de familias funcionales charlando en la vereda mientras sus hijos pasean en triciclo, organizando las reuniones vecinales para plantar más árboles frutales en los espacios públicos. Todos los jardines cuentan con la imperfección precisa de la presencia infantil: una palita roja para la arena, una sillita, una pelota tirada. En Halloween todas las casas se llenan de arañas y de calabazas y de cráneos luminosos y una vecina prepara barbaque para todos los vecinos en la vereda de su casa, en navidad la decoración rota a ciervos de lucecitas, estrellas fugaces, guirnaldas rojas y doradas y verdes y trineos y algún papá Noel de plástico trepándose por la ventana y en el australian day o invasion day se visten con gorras y remeras y camperas con la bandera australiana y cuelgan banderas australianas y la bandera de los aboriginal en todos los balcones (aunque nunca un aboriginal haya pisado suelo paddingués) y en san patricio todos ponen luces verdes y salen a la calle con remeras verdes y binchitas de tréboles verdes. En el medio de ese mundo feliz, una casa pintada con un color ladrillo gastado se levanta apretujada entre las flores que la acosan desde los jardines delanteros de las dos casas vecinas. Su umbral no tiene jardín, solo un cemento repleto de hojas del árbol de la calle que nunca fueron barridas. El balcón perdió su baranda labrada para convertirse en una pared que amplía el tamaño de la habitación contigua, con una ventana alargada de vidrios amarillentos. El cemento está resquebrajado, la pintura tiene manchas negras de humedad y hongos, la madera de la puerta está cubierta en la parte inferior con un metal que delata una humedad inarreglable. En esa casa de ocho habitaciones sólo una está ocupada. Una señora que puede tener entre cuarenta y sesenta años vive ahí hace siete años, alquila una habitación y permanece en su nicho emborrachándose sin mover ni un centímetro cualquier objeto de la casa que no sea de su necesidad. La casa tiene las otras habitaciones en renta, pero a pesar de la prolijidad inmaculada del barrio que la rodea, nadie quiere arriesgarse a vivir en ese rincón abandonado por la belleza. El dueño habrá ascendido de clase social de aspiracional a aspirada, decidiendo abandonar la vida citadina por una más idílica en un barrio privado a las afueras de Sydney, con mansiones y sirvientas, y esa casa que ya no representa lo que él ahora es fue convertida sin ningún empeño en un cúmulo de micro-departamentitos alquilables a precios excesivos regentados por un egipcio de mal carácter que aparece dos veces al mes sólo cuando es necesario pagar el alquiler. Esa casa será mi casa durante los siguientes seis meses de mi vida. 2024