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Memorias de una emigración. Capítulo 3: en el hostel.

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CAPÍTULO 3: EN EL HOSTEL. Llegar sola a un lugar en el que no conocés a nadie. Estar segura de que es imposible que te cruces con un rostro familiar. Saber que no hay regreso. Sentirte encerrada afuera (…). Eso te modifica para siempre. Una casa lejos de casa, Clara Obligado El hostel tiene una entrada amplia, con una recepción atendida por jóvenes de piel reluciente y sonrisas blancas y veraniegas, unos sillones rojos en medio círculo, unas mesas con enchufes para las computadoras y en una pared, unas tablas de surf invitándote a iniciar tu experiencia-backpacker de la mejor forma blanca y sonriente y australiana. Nada tiene color de migración, nada parece estar sufriendo algún desgarro. Los europeos entran por esa puerta con sus mochilas the north face y sus zapatillas Katmandú y se ríen, y tomar botellas de vino barato y pasean a los gritos por los pasillos del hostel como si el viaje de egresados se hubiese extendido por años. Son jóvenes, son relucientes. El hostel tiene un bar en el subsuelo, ellos lo llenan todas las noches, van al karaoke, al bingo, a la fiesta semáforo donde tenés que ponerte una remera verde si estás disponible, una roja si no lo estás y una amarilla si todavía no sabés. Los jueves es noche de vino y queso en la cocina del hostel, y todo se llena de gente chillando y de olor a queso agrio y a vino en sachet. Después me contarán sus travesías: ese deseo de salir de la comodidad de sus hogares, de la comodidad de sus sueldos, de sus trabajos, para hacer la experiencia-backpacker, para salir al mundo a explorar, a vivir la vida, como dicen ellos. El hostel tiene ocho pisos, con habitaciones de seis, ocho, diez personas. La mía tiene diez personas. Un italiano que vive ahí hace un par de meses mientras trabaja de bartender y estudia coctelería, una alemana de vacaciones que se queja de los absurdos precios de Australia, una pareja de argentinos que están por irse a una farm. No recuerdo quienes eran los otros, ni sus caras ni sus nombres ni sus países de origen, esa carta de presentación que se da siempre después del nombre. ¿de dónde sos? ¿qué visa tenés? El hostel tiene también una escalera de servicio que conecta los ocho pisos, que no debe ser usada salvo en caso de emergencias. Esa escalera es mi guarida, el único lugar donde puedo encerrarme a llorar por horas el desgarro estomacal que estoy viviendo, la sensación de tener el corazón atravesado en la garganta, de poder agarrármelo con la mano y verlo sangrar. Entre toda esa gente amontonada y sonriente la soledad parece una bruma invisible que lo cubre todo, como ese poema de Inchauspe de la tristeza que es el poema de una vida, de mi vida desarmada y desgarrada por la emigración. Aunque la gente me sonría, aunque intente integrarme a grupos de los que yo misma me expulso, una sola sensación cubre mis primeros días en Australia, los días en el hostel: la desolación. Me siento desolada. Mi papá es el que me va a dar esa palabra, que va a nombrar lo que le pasa a mi cuerpo, a mis manos, a la desesperación de mi rostro. Lo primero que me desarma es haber dejado a mi novio en Argentina. Siempre afirmé que no tomaría decisiones en base a un novio, y aunque sostuve tercamente esa decisión inútil e irracional me caía de rodillas del llanto en solamente pensar que, de repente, ya no dormiríamos juntos por meses. Después, me desarma todo. La juntadas de mis hermanos, las fotos que me mandan mis amigos de mis plantas creciendo en los patios de sus casas, sus cervezas en la plaza, las bicicletas que siguen andando por la costanera como si yo nunca me hubiese ido, porque el mundo sigue andando en Santa Fe como si yo nunca me hubiese ido, mis sobrines siguen creciendo, incluso mis plantas, todas mis plantas, en los patios de toda mi ciudad siguen creciendo. Y del otro lado del mundo, en una escalera de emergencias de un hostel de gente feliz, yo estoy llorando haber abandonado esa flor creciente que era mi vida rodeada de la gente que me ama. Ese hostel, en Sydney (serán diferentes los otros hostel y las otras ciudades) se divide entre los chicos europeos que buscan experimentar la vida y los sudamericanos que migramos porque nuestros países están yéndose a la mierda. También los sudamericanos que estamos ahí tenemos cierto privilegio: la posibilidad de elegir estar ahí. Pero no es una experiencia de vida, no es nuestro momento backpacker. Somos migrantes, el sueldo en nuestro país es una miseria, no sabemos si vamos a poder volver. La migración en estas condiciones tiene algo del exilio: en mi país gobierna la derecha, las mujeres y mis amigues trolos perdemos derechos a rolete, nuestros sueldos se devalúan de forma estrepitosa, todes mis amigues en Argentina laburan horas extrafalarias para llegar a un fin de mes rasguñado. La migración es diferente para todas las personas. Algunos viven del deslumbramiento de lo nuevo. La mía estuvo atravesada por la nostalgia de todo lo que ya no estaba al alcance de la mano, y por la inversión de las preguntas que signaron los últimos años de mi vida. ¿y si sí debía haber dejado todo por ese amor que habpia descubierto con mi novio, aunque eso implicase un trabajo que no quería o una estabilidad en la que me vería encerrada por años? ¿y si sí vale la pena renunciar a todo por un amor romántico? ¿y si al fin y al cabo esa historia de que las decisiones son de una y para una es una gran construcción discursiva para quienes no nos animamos a renunciar a todo por amor? Las críticas al amor romántico que había establecido durante todos los últimos años de mi vida se invirtieron en esos meses para convertirse en una crítica de la crítica atravesada por el deseo de todo mi cuerpo de compartir la cama todas las noches con la persona que más extrañaba en esta tierra. Son preguntas que todavía no tienen respuesta. Esas preguntas, sin embargo, me abrieron otro horizonte. Yo, que pensé que tenía claro cómo debía hacer las cosas, sola y sin depender de nadie y todo eso que me había dicho a mi misma para animarme a salir, de nuevo no sabía nada de la vida. Estaba en cero, sin ninguna certeza, sin saber si las bases sobre las que había tomado la decisión de migrar valían la pena. Descubrí, en ese momento, que ninguna decisión es la correcta, porque todas lo son. Podría haberme quedado, y habría estado bien. Podría haber elegido quedarme con mi novio, con mi trabajo de docente con un sueldo limitado, y habría estado bien. Pero me había ido. Mi decisión no era mejor que las que no había tomado, sólo tenía el valor de ser la que era, la que estaba sucediendo por fuera de las posibilidades imaginadas de todos los habría podido ser que surgieron en mi mente y en mi corazón por esos días. La desolación es la cara más visible de esa pérdida absoluta de toda certeza. Vivir el día a día al borde de las lágrimas, ahogada entre la nostalgia y la ansiedad de la incertidumbre, sin una casa, sin un trabajo, sin mis amigos, sin mi novio, sin mis padres al alcance de la mano. Pero hay también otro lado, y es el lado que hizo que la desolación no sea eterna. Los mensajes diarios de todos mis hermanes, de todes mis amiges, de mi novio, de mis padres. Las llamadas, las horas que me escuchan llorar, el amor que me mandan que atraviesa todos los océanos del mundo y me rescata. Por fuera del desgarro de la piel, el amor de ellos es transatlántico. A veces, me acuerdo, cuando lloraba, preguntarme: ¿cómo pueden amarme tanto todos ellos? Y entre todo el bullicio de ese hostel, también están ellos otros, Rena y Mateo, que aparecieron con sus sonrisas para no volverse a ir. Que también me pregunto, tantas veces, cómo me quisieron tanto después de conocerme desarmada llorando en la escalera de emergencias de un hostel de Sydney lleno de gente más feliz que yo.