CAPÍTULO 6: EN EL HOSPITAL.
“No tenía sueño, ni nostalgia, ni miedo. Sólo desconcierto”
(El prestigio de la belleza; Piedad Bennet)
“Allí descubrí (…) la bondad de los desconocidos”
(la vida sin maquillaje; Marisé Condé)
“Entonces me olvidé del miedo”
(Las malas; Camila Sosa Villada)
La noche es solitaria como son las noches en cualquier monoambiente del mundo que no tenga balcón. Agradezco, sin embargo, la falta de balcón. El tamaño pequeño de la ventana de la cocina reduce el avistaje de escombros del patio trasero. Pero ahora son las nueve de la noche, el patio trasero está sumergido en la mas profunda oscuridad y yo preparo mi cena iluminada por el farol blanco de la cocina. Trabajé todo el día, tengo el cuerpo cansado y hambriento. Mañana será igual, también trabajaré todo el día y volveré de noche cansada a mi pequeño monoambiente solitario.
Pienso un poco mientras cocino en el ritmo que adquirió mi vida en los últimos días; se cumple un mes exacto de mi llegada a Australia y algunas pequeñas cosas empiezan a acomodarse delante de mí. Una casa, un trabajo. La lista de una adultez adquirida a tropiezos y de golpe, sin antesala ni preámbulo. De ser una estudiante mantenida por mis padres, rodeada de mis amigos y de mi novio, trabajando algunas horas de profesora para saborear un poco ese juego de ser adulto a vivir en un monoambiente descolorido y trabajar cincuenta horas a la semana para poder pagarlo. La vida de cualquier persona promedio a lo largo del planeta, pienso. Cuando me desespero, pienso en mis amigos que llevan años trabajando así, pienso en todos los cafés que salí a tomarme y todas las camareras del mundo que conocí. Pienso mi vida como una rueda: alguna vez tomé café, ahora me toca servirlo. No me parece terrible, pienso, haberme ido implicaba esa ruptura, yo la había elegido, sabiéndome tardía en mi entrada al mundo laboral y a la adultez concertada. No me fui sólo escapando del destino lúgubre de una profesora de secundaria que veía día a día en la sala de profesores, en las caras de esas mujeres cansadas y envejecidas por la profesión, me fui también escapando al miedo de no poder nunca liberarme de la necesidad del dinero de mis padres, y de la pobreza cotidiana de no llegar a fin de mes si me atrevía a hacerlo. Pienso en todo eso mientras cocino. En esos días solitarios en un monoambiente solitario cargando el cansancio de un cuerpo que conoce por primera vez el ritmo laboral de un empleado, pienso muchas cosas inconclusas. Pienso en volver y en quedarme, pienso en mis amigos y en esta soledad que tiene el color blanco de la lámpara blanca en la cocina de un monoambiente, pienso en el detective, en la estación de policía, en el hotel, en el corte desfavorecedor de los jeans de mi uniforme, en cómo aprendí a llevar una bandeja con cafés, en los tres platos, en la carta de vinos que tengo que aprenderme, en la ropa que tengo que llevar a la lavandería, en mi capacidad de ahorro, en mi único amigo de este lado del océano, en los horarios de trabajo, en conseguir un segundo trabajo, en las clases de inglés, en teñirme el pelo de rojo de nuevo, pienso en mi novio y en su cama, en la habitación de mi última casa en Santa Fe, en mi bicicleta, en comprarme una acá en Sydney, en el dolor de espaldas, en el hueco de mi colchón, en limpiar los escombros del patio trasero. Pienso mi vida como otra vida, no puedo dejar de imaginarme a mí misma como un cuerpo succionado de su propia historia y escupido en la historia de otro, en otro espacio y en otro tiempo, en una narrativa alterada donde el género literario del costumbrismo argentino desapareció para dar lugar a una novela oscura sobre los desechos humanos del capitalismo en las grandes ciudades modernas. Me pienso a veces como un personaje en un cuento de Dostoievski, desgraciado, sólo y triste, recuerdo ese fragmento de Sartre en La Náusea del que me sentí fascinada en la adolescencia: “Saboreo el olvido total en el que he caído. Estoy entre dos ciudades: una me ignora, la otra ya no me conoce. ¿quién se acuerda de mí? (…) Sin embargo sé que existo, que yo estoy aquí. Ahora, cuando digo ‘yo’ me suena hueco (…) Nadie. Antonie Roquentin no existe para nadie…” Vuelvo a ese fragmento muchas veces en esos días, lo repito para mí: “Sí, yo que tanto gusté de sentarme en Roma a orillas del Tíber; de bajar y remontar cien veces las Ramblas de Barcelona, a la noche; yo que cerca de Angkor, en el islote de Baray de Prah-Kan vi una baniana que anudaba sus raíces alrededor de la capilla de los nagas, estoy aquí, vivo en el mismo instante que los jugadores de malilla, escucho a una negra que canta mientas afuera vagabundea la noche débil”. Me devuelve a la conciencia de mi desdoblamiento, me hace reflexionar sobre el sinsentido de una vida de acumulación de anécdotas, desdeño mi deseo de la infancia de viajar, repienso mis aciertos y mis errores y los invierto, los vuelvo a su posición original, los vuelvo a invertir.
Entre las actividades solitarias de la noche (el único momento donde no trabajo), esa tarde pensé en depilarme y en comprarme un celular nuevo por Marketplace para reemplazar el mío a punto de morir. En la farmacia del centro compré un pote de cera de azúcar. Nunca antes la usé, pero las instrucciones dicen que se usa como cera normal, con la ventaja que esta se lava con agua.
Después de la cena despliego una bolsa de nylon sobre el alfombrado de la cocina para no mancharlo con cera, apoyo uno de los espejos del dormitorio sobre el mueble de la cocina y pongo el tarro en el microondas un minuto. Hice este procedimiento durante años, lo conozco de memoria. Mientras espero, reviso Marketplace y encuentro el celular que quiero, con poco uso, a un precio bajísimo. Le escribo al vendedor y arreglo para depositarle el dinero en su cuenta y que me lo envíe. Cuando la cera está lista, me desnudo y me siento en el suelo debajo de la lámpara para que no me cubra mi propia sombra. Hace tiempo no me depilo la entrepiernas y la costumbre de años de llevarla impoluta hace que mis propios pelos me incomoden. Abro las piernas frente al espejo y observo mi cavado. El procedimiento completo lleva una media hora, suelo empezar por la parte de atrás, la de más difícil acceso, y terminar con la de adelante, la más simple pero mas dolorosa. Sin embargo, decido empezar por la parte del medio: la zona entre los labios mayor y menor. Para colocar la cera estiro la piel con mi mano izquierda y desparramo una capa con la espátula. Espero un rato que se seque, pero no sucede. Aprovecho a transferir el dinero de mi celular y esperar que el dueño me confirme el envío a la mañana siguiente, como me había dicho. Estoy cansada de todo el día, quiero terminar rápido e irme a dormir. Apoyo la espátula sobre la cera gomosa y tiro para arrancar la capa de cera completa, como aprendí a hacerlo más de diez años atrás. Pero la cera permanece pegada a mi cuerpo y se estira como un chicle endurecido. Intento de nuevo, tres veces, pero la cera no parece ni secarse ni desprenderse, y se estira gomosa atascada a mi piel. Algo ocurre en el siguiente tirón: un brote se sangre oscura se desparrama por la bolsa y me mancha todas las manos. Siento un ardor punzante en la vulva, miro en el espejo y todo está cubierto de sangre. La sangre sigue brotando de entre mis piernas y se mezcla con la cera y con el ardor y no me permite ver mi propio cavado. Permanezco en esa posición unos minutos, desconcertada. Pero la sangre se acumula y está a punto de manchar el alfombrado, por lo que cubro mi vulva con las dos manos y me pongo de pie. El escenario de mi cocina es ahora el de un crimen desordenado, pasional. Después de un par de minutos de desconcierto y terror, decido resolver. Corro a la ducha, me lavo la cera que por suerte se disuelve en el agua. Siento un ardor punzante, la sangre no deja de brotar de mi entrepiernas; intento mirar su origen pero todo está cubierto. Dejo el agua caer entre mis piernas por unos minutos, luego cubro mi cavado con una toalla femenina y una calza ajustada y reviso en internet dónde está el hospital. Cuando desbloqueo el celular tengo Marketplace abierto, pero la conversación con mi vendedor desapareció. Eliminó la publicación, borró los mensajes que me había enviado y desapareció en las nebulosas de internet. Un halo de conciencia me hace darme cuenta que me acaban de estafar por internet en el mismo instante en que me desgarro la vulva depilándome. Me río por un instante, y vuelvo a la resolución. El hospital más importante de Sydney está, por suerte, cerca de mi casa. No tengo dinero para el uber, así que decido caminar los doscientos metros que me separan de la parada de colectivos y sentarme a esperar. En ese primer momento de quietud la soledad se vuelve del color de la noche que me rodea, y la conciencia de no tener a nadie a quien recurrir es la única certeza que tengo. Mi único amigo está trabajando en una fiesta en un barco, en algún lado del océano cercano a la costa. Pienso en Camila Sosa Villada, cuando se levanta luego de caer sobre mierda y nadie la ha ayudado. Yo tampoco tengo miedo. Estoy desconcertada, enojada quizá, pero no tengo miedo. Llego al hospital, explico lo que me pasó, espero dos horas a que me atiendan, la médica me explica que se me desgarró la piel, que me tienen que hacer seven stitches, me insertan unas agujas con anestesia en el medio de la herida, me cosen, me dicen que debo reposar unos días. Pienso en las últimas veces que estuve en el hospital, cuando me operé la rodilla, cuando me agarró cefalea. Pienso en Flora, en Pancho, en la Flo, en los amigos que me cuidaron en esos momentos y que ahora estarían acá conmigo si pudieran. Pienso que no podré descansar, porque tengo el dinero justo para el alquiler y tengo que pagar el hospital y el celular nuevo antes de que este se apague del todo. Cuando salgo del hospital Mateo me espera ahí junto con la señora que vive con nosotros en la casa. Acaba de salir del trabajo y vienen a buscarme. Nos reímos de lo absurdo, volvemos a casa juntos en un taxi que paga ella. Al día siguiente voy a trabajar y mis compañeros de trabajo se ríen conmigo cuando les cuento, me cuidan para que no tenga que esforzarme demasiado. La desgracia se torna rápidamente en una anécdota absurda de la que puedo reírme. Es una premonición de cómo serán las cosas después, aunque en ese momento no lo sepa.
La cicatriz se cura rápidamente, a los quince días me compro unas tijeras y alcohol y con delicadeza, frente al mismo espejo que me vio desgarrarme y de nuevo por la noche luego de trabajar, corto los hilitos de entre mis piernas y las libero para siempre.
2024