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Yo, yengua - Francisco Casas

Lector en formato pagina

“Los flamencos rosas al ser ensartados por las picanas nunca lograrían volar fuera del bastidor” (Yo, Yegua, Francisco Casas, p 121) En el texto de Casas se desarma la vergüenza, se subvierte la privacidad del desnudo, se habita la plaza como el patio de una casa, la casa como un museo, el bar como vecindario. Cada espacio que recorren María y Dolores convierte el territorio en un lugar otro, en un espacio que no responde a las inscripciones habituales. Es que sus cuerpas tienen ese poder que deviene de la imposibilidad de habitar la tierra de otra forma. Su presencia necesariamente subvierte el espacio, porque sus cuerpas, donde están, son foco de atención y con eso sólo se puede hacer dos cosas: o esconderse o convertir la mirada ajena en satélite del propio cuerpo que, vuelto centro de escena (un espacio en el que se lo ha colocado sin preguntarle) se viste de protagonista y juega entonces, a lo Luis XIV, a hacer girar a la corte en torno a su presencia (trans)vestida de sol. Las cuerpas trans de la novela juegan así a performar el espacio que las rodea, invirtiendo el discurso: toman los insultos que le son dirigidos (putas, yeguas) y los convierten en nombre propio. De esa forma, abren un giro performático no dejándose ya escribir por la sociedad (que no les da palabra, que no les da identidad, que no les permite nunca terminar de ser parte de) y son ellas ahora el eje discursivo desde el que se leerá todo lo que las rodea: la plaza, el río, la universidad. La novela narra, de forma fragmentaria, las intervenciones de Pedro Lemebel y Francisco Casas, Las yeguas del Apocalipsis (1987) en Santiago de Chile, durante la dictadura de Pinochet. Estos fragmentos constituyen un relato que no llega nunca a ser una historia porque no tienen tiempo lineal. Es que para las cuerpas que habitan ese relato tampoco hay un tiempo lineal, no hay una historia que se desarrolle hacia adelante, no hay un avance porque tampoco hay un destino, un horizonte al que todo se encamina. María y Dolores intervienen el espacio público con sus cuerpas, lo performan, y la novela caracterizada por una yuxtaposición de recuerdos, habilitados por la memoria, trae al presente esos momentos del pasado para actualizarlos y eternizarlos en la instantaneidad del lenguaje. Por eso la novela no es novela más que en la función-novela: la de convertir relatos en textos (en esos textos que cuenta Barthes: los que escribimos al levantar la mirada en cada lectura). No hay estructura ni reglas del lenguaje, porque no hay encierro para esas cuerpas. María y Dolores performan también, como la plaza, como la universidad, el espacio-novela. La desarman, la hacen girar en su órbita volviéndose ellas las reglas de la narración. ¿Por qué habría tiempo en una historia que no se desenvuelve hacia un destino? ¿por qué habría argumento en un relato que se construye salpicando insurrecciones? Dos cuerpas que se constituyeron por fuera del discurso y de las instituciones, en el margen del insulto y en la plaza, toman la institución más afianzada del mundo, el lenguaje, y su secretaría más legitimada, la novela (allí donde, como dice Hyden White, se construye la idea de historia y de verdad), para subvertir los valores del orden del que fueron siempre excluidas. Esta subversión se viste de plumas, pierde la peluca, se tira al río escapando de la policía y monta desnuda a caballo. Es una subversión colocada, como diría Silvestri, en un lugar “minoritario, marginal y disidente” (ver cita). Y desde esa marginalidad, irrumpe el espacio público, se vuelve centro de su propia escena obligando a las miradas a volverse. Y esta marginalidad tiene también otra función, que se dirime también de la destrucción de la linealidad novelesca: la eliminación de la linealidad del tiempo y la proliferación de nombres propios anula el concepto de identidad esencial convirtiendo las cuerpas en un devenir constante. El segundo eje de insurrección surgido de la marginalidad obligatoria es este: el de la eliminación de la identidad obligatoria (la que construyen las miradas ajenas) y en la performance del deseo de eso que no se puede completamente ser (no olvidemos que Chile, no olvidemos que Pinochet). María y Dolores “cambiaron mutuamente de recuerdos como quien cambia de piel (...) Nunca más pudieron recordar quienes eran (...) Sus antiguas personalidades anónimas fueron jirones que con el tiempo afloraban tan solo como pesadillas infundadas por los chilenos cuando te descubren el nombre propio” (p. 88). Este devenir constante retratado en una novela sin tiempo trae a estas cuerpas nuevamente al presente: lugar en el que quisieran eternamente estar. Lugar, también, en el que las necesitamos. 2021