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Vida contemplativa - Byung Chul-han

Lector en formato pagina

Escribo este comentario desde un sillón de un hostel, con un pie quebrado y las muletas apoyadas sobre el respaldo hace más de una semana. El tiempo está detenido, no me muevo para absolutamente nada salvo ir al baño, ir a mi cama, cocinarme un huevo revuelto que me permita sobrevivir. Desde esta inmovilidad, recupero un libro que terminé hace un par de semanas cuando me tomaba cinco vuelos en un dos días dejando atrás mi país y adentrándome nuevamente en la incertidumbre de la existencia migrante. Pero este comentario no va sobre la migración y los vuelos y el movimiento. Este comentario va sobre la quietud. Para ser una persona que viaja bastante, me gusta demasiado la quietud. Sentarme inmóvil en una silla a no hacer nada, absolutamente nada. Ni leer, ni tomar mates, ni siquiera meditar. Este libro me encontró así, sentada haciendo nada. Y de repente, en la vorágine de los aeropuertos, me devolvió siempre a ese lugar, como una promesa, como un deseo de existencia. No voy a hacer un análisis teórico del libro. Me gusta este libro, primero, porque nunca me gustó trabajar. Un elogio a la inactividad es todo lo que necesité leer para sentirme completamente cómoda de una buena vez con ese placer inútil de sentarme a no hacer nada al borde de mi cama, en el sillón del patio, en el piso del hostel. Cuando intenté recuperar mi productividad, salir a correr todos los días y entrenar y buscar trabajo, la vida me quebró un pie y me mandó de nuevo a sentarme a un sillón. La condena de la inactividad para mí es un regalo, el mayor regalo que me hizo la vida en mucho tiempo: permitirme no hacer nada sin que nadie me rompa las pelotas preguntándome por qué no estoy trabajando, o buscando trabajo, o haciendo algo productivo con mi existencia y con las capacidades que tan generosamente dios me dio. Lo que siempre fue un defecto, es ahora en mi vida una cualidad: qué gran capacidad me ha sido otorgada, la de saber perder el tiempo sin aburrirme, sin necesitar llenarlo con películas o con libros o con conocimientos o con comida o con trabajo o con mates o conversaciones inútiles. Sentarme en un sillón, mirar el cielo modificarse lentamente, seguir el ritmo de las plantas al moverse con el viento. Dejar que el pasto me pique sin rascarme, que el frío me sorprenda sin necesidad de abrigarme. Dormirme cuando tengo sueño, despertarme sin reloj. Reconozco el privilegio de poder hacer eso; no siempre lo tuve ni siempre lo voy a tener. Pero esto no va de eso, de nuevo. Ya sabemos que hay que trabajar para sobrevivir en la alienación de este mundo y poder comprarnos unos bollos de pan. Pero también encontré mi manera: trabajar lo necesario para poder usar bien mi tiempo, volverlo verdaderamente libre. No atarlo a nada más que al ritmo lento de la vida cuando no tenemos nada que hacer, ningún lugar a donde ir ni ningún objetivo para cumplir. Ya fui académica y fracasé. Ya bailé, y fracasé. El fracaso me dio este regalo: no necesitar triunfar. Bailo cuando tengo ganas, sin escenarios. Leo cuando tengo ganas, sin exámenes ni congresos. Cuando me olvido, cuando empiezo con mis pretensiones, vuelvo a fracasar. Y me acuerdo con una sonrisa la sabiduría de mi madre: no vinimos a ser excepcionales. Vinimos a ser normales, personas del montón. Mi mamá se dedica a plantar las flores de su patio, a disfrutar de su casa y a mirar las plantas crecer. Ser uno más del montón no tiene nada que ver con la idea de la masa ignorante que tanto nos vendieron para hacernos creer que tenemos que diferenciarnos. Ser uno más del montón te coloca en ese espacio libre de las exigencias ridículas del mercado. El intercambio, la creación de capital. Económico, social, erótico. Vivir para la mirada de los demás, para el consumo ajeno y para el propio. Para el placer constituido como entusiasmo, como actividad, como cambio. Frente al cambio constante, el valor de lo que permanece. Este libro me recordó siempre a una frase de Barthes que leí hace muchos años en El placer del texto: “el aburrimiento no está lejos del goce. Es el goce visto desde las costas del placer”. Byung-Chul Han escribe: “el tiempo libre carece tanto de la intensidad vital como de la contemplación. Es el tiempo que matamos para impedir que surja el tedio”. El tedio como forma intensa de existencia, completamente por fuera de cualquier tipo de actividad. El surgimiento del goce, ese goce silencioso que, desde el placer activo sólo puede leerse como aburrimiento. La inactividad adquiere su esplendor en el valor de lo inútil. Lo que no sirve para intercambiar. Lo que pasa por fuera de los tiempos productivos. El tiempo en el que germina una semilla, el tiempo en el que una oruga se vuelve mariposa o que una comunidad inmensa de hormigas demora en trasladar el cuerpo muerto de una iguana hasta su morada. La apuesta de Byung-Chul Han, contra todo pronóstico, tiene que ver con salvar al mundo. Recuperar el ritmo originario del mundo es la única forma de salvarnos de esta existencia atolondrada y ruidosa que encierra todo nuestro tiempo en la insoportable condición de la productividad. Incluso nuestro tiempo libre, que nunca es tal. Entrenar, comer bien, trabajar, estudiar. Ser alguien en este mundo donde la única forma de liberarnos es abandonar la esencia y convertirnos en la materia libre de la acción y así también del tiempo. Recuerdo una frase de un seminarista amigo de mi hermano una noche charlando conmigo y mi mamá en la casa de mis padres. Hablábamos de los caminos de dios, del difícil camino de la fe. Yoni dijo: “es que no es difícil el camino de la fe. Es el camino más fácil. Nosotros lo hacemos difícil, porque en vez de dejar a dios actuar, queremos hacerlo todo nosotros”. Recupero el concepto: salvar al mundo no es un camino arduo y dificultoso. Es, por el contrario, el camino más fácil: dejar al mundo actuar. El mundo sabe salvarse a sí mismo y poco nos necesita. Convertirnos en un “para nada”: “esta libertad con respecto a la finalidad y la utilidad es la esencia de la inactividad. Y es la fórmula fundamental de la felicidad”. Frente a un sistema que nos vende una felicidad del éxito, donde pocos llegan y el resto se muere en el intento, quitarle a todo nuestro accionar cualquier tipo de objetivo práctico. El hacer sin-hacer, sin producir. Sin ninguna lógica externa salvo la de lo que está sucediendo en el momento. Tornar, de esa forma, la vida en una fiesta, en una verdadera fiesta. La fiesta del cuerpo cuando ve por primera vez el mar. Recuerdo ese momento en mi vida: a los dieciocho, llegando a la Lucila del Mar, de noche. Una casa a tres cuadras de la playa. Correr los trescientos metros que me separaban del mar para observar ese horizonte por primera vez en mi vida. Oscuro, negro, bullicioso, el mar me recibió a ventadas. Me reí, también lloré. Me reí ante la posibilidad que existiese el océano y que yo pudiese estar ahí mirándolo. 2023