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Un desierto para la nación. Fermín A. Rodriguez

Lector en formato pagina

Este texto forma parte del programa de Literatura Argentina de mi carrera, que es la forma en la que yo accedí a él. Si tengo que pensar en textos que me cambiaron la forma de entender todo lo que me rodea, creo que Un desierto para la nación ocupa un lugar primordial en la lista. Por un lado, me cambió la forma de entender la historia de Argentina, y por otro, me modificó una banda mi modo de acercarme a la literatura. Voy a hablar un poquito más de la primera que de la segunda, porque la segunda es una situación que abarca muchos textos y de la que ya tendré oportunidad de hablar en algún otro posteo. El texto ronda principalmente sobre la idea de cómo la literatura fundacional argentina (la literatura del siglo XIX) construye en su discurso justamente lo que dice el título, un desierto para la nación: un espacio *vacío* sobre el que fundar una nación que, para esa época, estaba empezando a existir. El título invierte el nombre de un texto de 1883, “Una nación para el desierto argentino”, de Julio Halperín Dongui. Este último texto me hace acordar al himno de Rafaela que nos hacían cantar en la primaria: “era sólo la pampa salvaje / con anhelo de paz y de hogar”. Es todo lo que me acuerdo, pero es suficiente: ¿era, acaso, sólo la pampa salvaje? Esta “pampa salvaje”, ¿tenía anhelo de paz y de hogar? ¿de qué paz y de qué hogar? ¿no había ya hogares y *paz* antes de la nación argentina, antes de Rafaela, en estas tierras? Las preguntas son retóricas, claro. Entonces, ¿de dónde salieron estas ideas que tenemos tan arraigadas de que las tierras de acá eran desiertas y de que estaban habitadas muy esporádicamente por grupetes de indios incivilizados? ¿Cómo se construyó ese “desierto imaginario” que habilitaría luego la destrucción de innumerables culturas y el genocidio de lo que quedaba de los pueblos originarios de estas tierras después de cuatro siglos de violencia española, en la campaña al desierto? Fermín Rodríguez explica, en detalle, los modos en que la literatura creó ese espacio imaginario que necesitaba la nación para justificar su expansión y el exterminio de los que no se correspondían al modelo de ciudadano europeo al que aspiraba (aspira) la nación argentina. Y lo explica en cada uno de los textos y en cada uno de los procedimientos en los que estos textos se construyen: deshumanización de la otredad (salvajización) y vaciamiento del espacio (desculturización): los indios son salvajes (es más, son como animales en algunos textos) y los indios no tiene no tienen cultura, ni historia, ni organización política. Es interesante ver cómo en muchos textos (pienso en Milla Loncó, una novela que leí en la primaria y que, claramente, no está en la selección de Rodríguez porque no forma parte de los textos fundacionales pero sí de los que heredaron sus ideas) los indios son un grupo que se acerca desde el horizonte (desde la nada) en una polvareda levantada por los caballos (una nube de polvo, cuyos individuos son irreconocibles), destruye lo que toca en su camino y se va, de nuevo, hacia al horizonte, hacia la nada. Sin subjetivación, sin origen, sin destino. Rodríguez hace, así, un recorrido por varios textos analizando las maneras en que éstos nos “proporcionaron las maneras de ver y pensar un espacio que se veía como vacante frente a la ausencia de un estado-nación que lo regulara” (contratapa, edición Eterna Cadencia). Pensemos, para dar un ejemplo, en el famoso Facundo, de Sarmiento, y en su clásico dualismo “civilización o barbarie”. Sarmiento no hace otra cosa que eso: deshumanizar al “indio” para permitir su exterminio (procedimiento básico para habilitar cualquier exterminio, véase el capítulo de Las cucarachas de Black mirror: Men against fire, temporada 3, ep. 5) y describir el amplísimo desierto vacío inutilizado por la holgazanería de esos indios y factible de ser mucho mejor utilizado por la increíble industria europea. En mi recorrido de estudio, este texto me permitió entender un toq mejor cómo los sentidos comunes desde los que pensamos (desde los que hacemos, incluso, los chistes más inocentes, como el famoso “qué indio” dicho a alguien que hace algo no correspondido a la decencia media) se conformaron y se conforman a través de la puesta en circulación de discursos que los crean, los sostienen y los justifican, y cómo estos discursos habilitan prácticas que pueden ser potenciadoras o destructivas. En el caso de la constitución de un desierto imaginario y la deshumanización del “indio”, ya sabemos: una campaña al desierto que, en definitiva, terminó de crear lo que la literatura había comenzado, el tan anhelado desierto que el capitalismo colonialista necesitaba para extraer y exportar todo lo que la tierra tenía (de ahí a pensar la defensa mapuche de sus tierras como organización terrorista, hay un solo paso). Recomiendo, también, para leer en vinculación con este texto, un artículo del que gustaría hablar pero ya tengo sueño: El texto histórico como artefacto literario, de Hyden White. Y, también, con el capítulo dos de El desafío poliamoroso (el primer texto que comenté en este perfil) donde se explica la construcción de la Nación como promesa de felicidad (al igual que la monogamia) y los mecanismos discursivos que permiten la cohesión de lo que pasará a llamarse una “cultura nacional” que unifica lo que nunca antes de la invención de ese discurso estuvo unificado.