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Puto el que lee. Diccionario de insultos, injurias e improperios. Revista Barcelona

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Conocí a la revista Barcelona a través de un artículo de una de mis lingüistas preferidas, Laura Kornfeld: “Gramática y política del insulto: la revista Barcelona”. El artículo empieza citando a la famosa intervención de Fontanarrosa en el congreso de la lengua: “No es lo mismo decir que una persona es tonta, o sonsa, que decir que es un pelotudo […] lo que yo pido es que atendamos a esta condición terapéutica de las malas palabras”. Para ese entonces yo estaba conociendo el área de la lingüística en una carrera a la que había entrado porque me gustaba leer literatura, y me había empezado a interesar por esa afirmación de Inés Kuguel, otra hermosa de la vida, en el artículo “Los jóvenes hablan cada vez peor”: “los jóvenes argentinos no deforman ni destruyen el idioma, ni tampoco hablan cada vez peor. No pueden hablar peor porque nunca hablaron mal, porque *nadie habla mal* o, mejor dicho, todos dominamos perfectamente nuestra lengua materna” (En “De leguas ficciones y patrias, dirigido por Kornfeld; es subrayado es mío). Ahí empecé a interesarme por las políticas lingüísticas y por los modos en que se enseña lengua en las escuelas secundarias: ese espacio lleno de restricciones, morales baratas y reglas de cortesía que poco tienen que ver con construir un conocimiento en base a un contenido (la lengua madre) y mucho sí tienen que ver con la construcción de ciudadanxs correctxs asimilables al estándar y factibles de ser manipuladxs, obedientes siempre, de cuellito planchado y cartas con me dirijo atentamente saludos cordiales y espero su pronta respuesta, atte atte. Frente a la discusión sobre el acceso al mundo social y laboral que la escuela debería habilitar (desde la reforma de Menem ese es su objetivo explícito, por mucho que nos parezca una bosta y que ni siquiera funcione), donde se afirma “es importante que hablemos bien”, nos preguntamos: ¿qué es hablar bien? ¿quién está siempre más cerca de la norma? ¿Qué pasa con el auto-odio que se genera en todas aquellas personas en las que “hablar bien” implica el abandono casi completo de las formas aprendidas desde la infancia, de las formas heredadas, donde hablar bien es completamente una impostura? Pero sobre todo, ¿quién decide quién habla mal y quién habla bien? Hace un par de años hice un curso sobre glotopolítica en el que la docente nos contó que la lengua española genera el 2% del PBI de España. ¿qué hacemos nosotres hablando a través de las reglas de la RAE, esta institución que tiene poco de realidad y mucho de realeza (otra afirmación fantástica de Kornfeld en el prólogo de un libro que no me acuerdo cuál es), gestionada por esos congresos de la lengua dirigidos por el rey de España, donde Macri se pregunta qué haríamos si los paraguayos hablasen paraguayo y los bolivianos boliviano y cómo nos entenderíamos (Macri, qué ironía que hablando español bien porteñoso se entiende él sólo)?. Sin moral barata, sin reglas de cortesía ni corrección política, como la revista Barcelona, su editora, “Puto el que lee” agarra toda la mierda de nuestra lengua y lo hace diccionario: con insultos que van desde tragaleche hasta yuta, pasando por todos los márgenes éticos y pisándolos, con muchos dibujos de Menem y de Videla, con un anexo de gestos insultantes, cuadros gramaticales de construcción de insultos y una guía de insultos para padres, “Puto el que lee” ironiza todas las instituciones castradoras de la lengua, se caga en la RAE y en las citas en normas APA (Barthes es una de sus principales fuentes irónicas) y genera un espacio que juega con el borde de lo que es un diccionario. Elegir el género del diccionario es también parte del juego; Resnik (lingüista especialista en diccionarios, no sé cómo se llamaría esa especialidad) define los diccionarios como “la máxima expresión normativa de una lengua dada”. Sabiendo es que imposible hacer un diccionario de la no-norma, hacerse de ese género es parte del juego. Diccionalizar todo lo que queda siempre afuera de los diccionarios, afuera de las normas, afuera de la moral. Diccionalizar toda esa parte del habla cotidiana, de “efecto terapéutico”, que las morales institucionalizadas abandonaron en pos de un ciudadano ilustre y bien hablado. Diccionalizar no para incluir sino para desarmar el diccionario, ese espacio que debería no ser más que de consulta pero que no deja nunca de volverse en la institución más castradora de la lengua, donde lo que no está ahí pareciera que no existiese. Recomiendo acompañar esta lectura con el artículo de Kornfeld sobre la revista Barcelona y con las publicaciones del área de lingüística de la Universidad de General Sarmiento (dirigidas por Korfeld y Roco Carbone). Si les interesa la lingüística, el artículo de Korfeld y Kuguel sobre “pintar bardo y pegar laburo” (disponibles ambos en internet), y el artículo que cité antes de Kuguel sobre “los jóvenes hablan cada vez peor”. También hay un artículo sobre los videos de Capusotto, que se llama “Las alarmas del doctor Estrasnoy”, de Korfeld, en el libro “La sonrisa de mamá es como la de Perón”. Para leer sobre los diccionarios, Gabriela Resnik; sobre Glotopolítica, María Pía López García. Además, recomiendo también el “Antidiccionario de palabras en la cárcel”, del taller “compartiendo el libertad”. 2021