Nadie sabe adónde va la noche - Beatriz Vignoli
A este libro me lo compré de onda una tarde que fui a Del otro lado a mirar libros y elegir. No es una práctica que haga mucho porque normalmente cuando voy es porque me quiero comprar un libro determinado, y aunque pase tiempo ojeando las estanterías, no tengo plata para más de aquello que ya pensaba llevarme. El criterio de selección fue, exclusivamente, el nombre de la autora, de quien ya había leído un libro de poemas y que me había gustado.
Este evento afortunado tuvo lugar más de dos años atrás. Este verano, cuando armé la pilita de libros que leería en el verano (que obviamente no seguí y leí otros y la pilita sigue ahí) decidí incluirlo porque no me parecía razonable que siga pasando tiempo en la biblioteca mientras yo disfrutaba de seguir comprándome libros que, probablemente, tendrían el mismo futuro. Y hace una semanita, cuando terminé una novela que venía leyendo, decidí empezarlo. Y fue la mejor decisión de mi semana –aunque eso no sea mucho mérito dado que suelo tomar decisiones de mierda, pero sirve como idea.
La recomiendo acá porque tiene las mejores descripciones de cosas random que leí en el último año, sin exagerar. Los paralelos, las metáforas, las metonimias, las comparaciones que aparecen son todo lo que está bien.
En un momento Ricardo entra a un bar de cincuentones “Adictos al asado: crueles por exceso de proteínas y vitaminas B. Canosos y tostados, como un negativo de hombre”. Al salir, se sube a un taxi donde el taxista estaba vestido con “la idea infantil de elegancia que tiene un ex presidiario”. Cuando termina el recorrido, se baja frente a un hotel antiguo reformado, que “tenía la misma verja de hierro en la entrada y el mismo patio central en la planta baja, pero ahora lo decoraban detalles modernos bastante absurdos en chapa imitación búnker antiatómico”.
Y entre la ironía, el chiste y el sarcasmo se monta una tristeza que se va dejando caer, de a poco, hasta que sin darte cuenta cerras la novela y decís: la puta madre, cómo logré reírme de esto. Algo de la risa de lo degradante, del sabor de la resignación al sinsentido y al disfrute. En el centro de Atiopía, Ricardo se pregunta –no metafísicamente-: “¿cómo se hace para no estar en ninguna parte?”. La pregunta es simple y se responde de forma simple. Ricardo no está en ninguna parte cuando se encuentra con “ese culo que era el centro mismo del universo, ese par de colinas donde [pensó] que podría edificar un templo y cantar loas a Afrodita por el resto de [sus] días allí”. El culo de la prostituta (“¡Madre de Dios, qué culo!”), ese “desfiladero mágico” que intenta penetrar con la débil carne de su pija. “A esto le falta”, responde ella, palpando “como si fuera una torta medio cruda”.
Ricardo es un hombre con el que nunca querría cruzarme (en la carrera de letras me enseñaron a no hacer estas apreciaciones: ¿acaso Ricardo es un hombre? Obvio que no, pero Ricardo no es más ficcional que yo. En los términos que voy a hablar, yo también vivo en Atiopía). Hay algo de esos hombres cincuentones de las novelas argentinas que me produce un rechazo y una fascinación. Como los personajes de Saer, como el juez de Cicatrices. Rechazo porque son una bosta. Fascinación porque les chupa un huevo. Me producen ese atractivo de lo que no se puede hacer ni decir, como en algún momento leer a Cucurto. Y eso me gusta, quizá porque es el único lugar en donde puedo reírme de cosas terribles y que me chupe un huevo saber que eso también me puede calentar. Pero ya estoy hablando de nuevo de mí, y no de los cincuentones estos de mierda que son los mejores personajes de las novelas que leí este año.
Ricardo es un hombre con el que nunca querría cruzarme, porque seguro me lo cogería.
2021
