Casi dos meses leyendo esta novela. No sé por qué tanto; a veces simplemente no podía seguir, otras releía varias veces la misma parte, otras buscaba un lápiz y la marcaba, le sacaba una foto para no perder ese párrafo, alguna frase suelta.
Desde el inicio, “Los llanos” me hizo acordar a “Llegar finalmente a casa”, de Cecilia Moscovich. La novela está entera atravesada por esa quietud silenciosa de la llanura pampeana, cortada solamente por alguna máquina trabajando la tierra, por las cotorras, por las chicharras. Me encantan Federico y Cecilia porque ellos saben mucho de las plantas que ven crecer en el patio de sus casas. Y me encanta porque saben de esa manera en que uno empieza a saber: haciendo, ensuciándose con tierra, plantando y dejando crecer. A veces quisiera saber como saben ellos, qué crece, cuándo crece, qué nombre llevan las cosas.
Los llanos es una novela de pocos verbos. Tampoco tiene demasiados adjetivos. Las cosas son nombradas, están, ejercen su fuerza por sí mismas a través de una palabra que las nombra. Pareciera que se contradice toda la revolución lingüística y esas cosas: el lenguaje pierde espesura, aparecen las cosas que hay tras las palabras, aparece el calor y los verdes y las lluvias eternas. Al contrario de ese lenguaje de Tlön, donde todo era adjetivos que se sumaban a verbos performando un mundo sin esencias, en Los llanos la esencia de las cosas más primitivas hace fuerza hasta romper la espesa capa que el lenguaje impone y aparecer sobre los márgenes de las hojas. Creo que un poco está ahí la razón por la que me llevó tanto tiempo leerla: porque es una novela sustanciosa, espesa. Es una novela donde no pasan tantas cosas, porque las cosas son.
Toda la novela venía llevándome hasta un momento que leí hoy, hace un rato, y que hizo que entienda lo que me estaba sucediendo al leerla, hizo que me sonría, frene un rato, me haga un mate, después siga. Falco habla de momentos de su pasado (Falco, el narrador, ya sabemos todo eso del enunciador y la cosa, etcétera). Cuenta Falco que en algún momento, antes de mudarse al campo y hacer una huerta, aún viviendo en capital, tomó clases de cerámica con una amiga. Y cuenta que en esas clases aprendió a moldear, a dar forma a través de la implementación de la fuerza, de la postura del cuerpo, de la capacidad de encontrar un eje. Cuando hacía cerámica, pensaba que escribir era como eso. La mano de un artesano. Hacer fuerza con el material hasta encontrar su eje, presionarlo, darle forma:
“Con la arcilla, la armonía se logra por destreza y aplicando fuerza. Belleza implica imponer límites, usar músculos, cierta violencia, cierto gasto de energía.
En la huerta, siempre hay algo naciendo y algo muriéndose. Si llega a haber armonía, es por pura contingencia, dura apenas un momento.
Antes pensaba que había que tratar a la escritura como a la arcilla. Ahora me pregunto si se podrá escribir como se hace una huerta”.
Escribir como se hace una huerta. Falco se muda al campo, a las afueras de su pueblo natal; Cecilia Moscovich a las horillas del río, en Rincón. Cuando comenzó esta pandemia, yo no pude irme a ningún lado. Llené de plantas mi casa; aprendí “el tiempo lento de las cosas que crecen”. Escribí un poema, también, sobre eso, casi un año después. Pero cuando empezó la pandemia, no pude escribir. Y Federico cuenta sobre eso, de estar solo, de no poder escribir, de empezar a plantar cosas y verlas crecer, porque no hay palabras. Cuando empezó la pandemia, recuerdo, intenté desesperadamente escribir. Hubo un desamor, hubo mucha soledad y todo estaba blanco, vacío y silencioso en mi vida. No había palabras, no podía encontrarlas. En ese momento, descubrí que no eran palabras lo que necesitaba; dejé de escribir, empecé a ver crecer las plantas, todos los días de mi vida. Ver cada hoja que crece, llenar el tiempo de la vida con el tiempo del nacimiento y de la muerte de las plantas. Usar pocas palabras, dejarlas sonar, que hagan su ruido y llenen ese espacio y nada más.
Por ese tiempo, también, tenía que rendir Literatura Hispanoamericana, la materia más larga de la carrera. Eterna. En la bibliografía obligatoria había un texto, no recuerdo ahora si de Hyden White, que hablaba sobre la escritura de la historia, sobre las maneras en que ordenamos los hechos para hacerlos existir en un pasado, en un presente y en un futuro. Cómo necesitamos darle palabras a todo, ordenarlo en la única linealidad temporal que existe, la del lenguaje. Vislumbré ahí un poco la idea esa de que la vida pasa por fuera del tiempo, de que la linealidad que avanza le pertenece a la ficción. Dejé de intentar contar una historia, de escribir mi relato. Como a Federico, “lo que me gusta de la huerta es que no hay que pensar. Es simplemente hacer y hacer. Clavar la pala, puntear la tierra, rastrillar, sacar yuyos, sembrar, embarrarse, podar, ir venir. Hacer y hacer y hacer. El cuerpo se cansa. La mente en blanco. // Escribir, en cambio, es pensar siempre. Intentar traducirlo todo en palabras. Tratar de acercarse lo más posible a ponerle un nombre a las cosas. La mente se agota en esa precisión imposible, la cabeza parece que va a explotar”.
Por esas causas también yo, en aquel momento, dejé de escribir. También dejé de psicoanalizarme, de torturarme dándole palabras excesivas y relatos llenos de argumentos a una vida que no era mía más que por estar atravesada por mi cuerpo, por la unidad de mis partes que parecían siempre querer desmembrarse, desarmarse. Dejé, así, que se desarmen. Me dediqué a bailar, a plantar y hacer crecer todo lo que aparecía en mis manos. Leía poemas sueltos, escuchaba música sin letras. O con esas letras que son justamente eso: el espesor de sus sonidos.
“Solo materia. Abstracción. No representación. Poder hacer eso con el lenguaje: escribir algo sin sonido, sin tener que entender y aclarar, algo que parta del cuerpo, algo que sea solo letra, solo dibujo, palabras y oraciones que no signifiquen nada. No tener que pensar. // A veces me encantaría no decir nada y solo hacer un listado de palabras que ocupen tiempo. Un listado con mis palabras favoritas…”
Los llanos logra eso, un lenguaje transparente, donde se puede sentir la espesura de las cosas. De la tristeza, de la soledad, del agua de la lluvia, del barro en las patas de los chanchos, del desamor, del calor de la pampa. Una novela donde solo ocurre el barro, una huerta, unas memorias. Una novela donde sucede todo, porque se escapa, increíblemente, se escapa del peso del lenguaje, lo logra, no sé cómo.
Me gusta haber encontrado un texto que logre eso, al menos para mí: la escritura blanca, ese escape del peso de las palabras. Siento que a través de sus páginas yo también arriesgué un escape. Me gusta, también, que una novela me permita hablar de mí, y de lo que me pasó en mi silencio. Porque ponerle palabras, sólo palabras, a un silencio, sin encorsetarlo en argumentos y adjetivos y explicaciones, es casi un milagro. Como si en vez de haber encontrado una explicación, hubiese encontrado el soundtrack de mi silencio. Gracias Federico por eso