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Las malas - Camila Sosa Villada

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Una vez un profesor de la facultad nos dijo: para mí, el mayor acto revolucionario de los últimos años lo hicieron las travestis. Creo que es una afirmación cierta; no existe acto revolucionario mayor que poner el cuerpo en afirmar que “una es más auténtica cuanto más se parece a lo que ha soñado de sí misma”. Puede que conozcan ya esa afirmación. No es de la novela; le pertenece a La Agrado, esa mujer travesti de suéter lila y pantalón engomado negro de la película Todo sobre mi madre, de Almodóvar. Recuerdo cuando vi su monólogo por primera vez (o por única tal vez, no recuerdo haberlo visto de nuevo). Y recuerdo esa frase no tanto por su tono inspiracional sino porque movió los cimientos más fuertes sobre los que yo asentaba mi idea de autenticidad, una idea vinculada a la naturaleza, a lo dado, a aceptar la forma en que fuimos traídes a este mundo. Como si eso existiese, como si existiese una naturaleza previa a la performance, a lo que nos hacen, a lo que nos obligan a hacer, a lo que hacemos de nosotras mismas con todo eso. Pero ¿cuánto puede costarle a algunas esa autenticidad? ¿Por qué ser lo que se ha soñado de sí misma puede volverse tan difícil al punto de costarle la vida a una mujer? Camila Sosa Villada habla de la dificultad de atravesar este mundo cuando una nace travesti. En la novela cuenta sobre cómo el cuerpo de una mujer travesti es el espacio de legitimación de cualquier violencia, verbal y física, psicológica y política. “no quieren que sobreviva ninguna de nosotras. A una la asesinaron a piedrazos. A otra la quemaron viva, como a una bruja: la rociaron con nafta y la prendieron fuego, al costado de la ruta. Hay cada vez más desapariciones. Hay un monstruo ahí afuera, un monstruo que se alimenta de travestis” (pág- 214). Cualquier acto de violencia parece ser legitimado cuando se dirige a un cuerpo que decide desarmar lo más sentado que tenemos las personas: nuestro género. Y entiéndase por sentado: dado por. Presupuesto. Asumido. Como si fuese el único lugar del que no podemos salir, la marca registrada de nuestra condición de vida. Podemos desarmar todo, hasta los prejuicios, pero no nuestro género. El acto de animarse a vivir travesti es de un coraje superior a cualquier otro: es animarse a enfrentar lo que nadie nunca se animó a discutir. Es animarse a desarmar aquello sobre lo que se asienta la base de cualquier sociedad ordenada y obediente. No, no es un acto de rebeldía, es un acto revolucionario. Y una se pregunta, mientras lee: ¿cómo sobrevivir a tanta violencia? O mejor, ¿cómo vivir entre tanta violencia? Las malas habla sobre todo esto. Cómo una se descubre travesti en un mundo que nunca te enseñó que esa era una posibilidad. Cómo una decide sostenerse en esa autenticidad a pesar de todo. Cómo se encuentra con otras. Cómo arman nidos, cuevas, espacios donde protegerse de la violencia arrasadora de un mundo que no sabe mirarlas a la cara. La casa de Tía Encarna: “la casona rosa, del rosa más travesti del mundo” (pág. 25) con un patio lleno de plantas, donde se encuentran las travestis para festejar bautismos y casamientos y cumpleaños, toda grafiteada y escupida por fuera por vecines que no soportan tanta blasfemia, tanto pecado junto. Cómo se enfrentan a la violencia del mundo con toda la cuerpa para después abrazarse en esos espacios de contención, de amor y de risas travestis sin los cuales esta tierra quedaría yerma para siempre. 2022