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La vida sin maquillaje - Marysé Condé

Lector en formato pagina

No suelo leer bibliografías, me aburren enormemente y quizá por eso me llevó un par de semanas amigarme con la lectura de este libro, que después me atrapó de una forma desesperada. Marisé lo dice al inicio, que no iba a hacer esa cosa tan de los escritores de novelar su propia autobiografía, que ella iba a escribir así, su vida, como fue, como la vivió. Ya sabemos, por otra parte, eso del recorte que hace la memoria y de los límites de la linealidad del lenguaje frente a la complejidad asombrosa de los acontecimientos que forman lo que llamamos “una vida”. Pero qué mejor criterio de selección que el del mismo cuerpo que la vivió, que atravesó esas circunstancias y que se construyó como resultado justamente de esa lectura de su propia vida. La autobiografía tiene eso frente a las simples biografías: leyéndolas uno no lee sólo una secuencia de acontecimientos alineados por una narrativa sino el presente mismo de esa narrativa, el cuerpo que la escribe y que es también el resultado de ella. Llegué a este libro a través de las recomendaciones que la librería Del Otro Lado hace en su Instagram. No leí siquiera el comentario; me gustó el título, y me lo descargué en la Kindle. A veces hago eso con los libros que recomiendan páginas cuyo criterio me parece interesante, y me dejo sorprender. Tiene algo lindo también abrir un libro sin saber nada, absolutamente nada de él, ni de su autora. En la universidad me pasó muchas veces, a partir de recomendaciones de profesores en las que confiaba, pero cuando dejé la universidad tuve que encontrar ese proceso misterioso en otros lugares, para no encontrarme siempre leyendo a los mismos autores. Y así descubro cosas como estas, que me dejan enamorada. Con este libro me pasaron dos cosas opuestas y complementarias. Sentí una lejanía total con el espacio en el que se desarrollan todos los hechos, una lejanía que sentí muy pocas veces, pienso quizá en las novelas de Amélie Nothomb orientadas en Japón, las novelas de Dostoievski orientadas en la rusa prerrevolucionaria, pero ni siquiera en esas circunstancias me sentí tan ajena a un universo que lejanamente sospechaba que existía. La vida joven-adulta de Marisé (y digo joven-adulta porque su infancia se cuenta en otro libro, Corazón que ríe corazón que llora), Guadalupeña de nacimiento, transcurre entre Ghena, Guinea y Senegal, en el centro de África revolucionaria, en países movidos por revoluciones socialistas, por luchas anticolonialistas, por luchas de clase internas y por enfrentamientos entre la cultura tradicional de los pueblos africanos, con sus propios príncipes (uno de quien Marisé se enamoró) y sus propios ritos, y los ideales revolucionarios europeos que se conjugan de diferentes maneras en los diferentes países africanos con las voluntades anticolonialistas. Mi desconocimiento del mundo centroamericano y del áfrica subsahariana me perturbó mucho: en toda la lectura no pude reconocer el nombre de un presidente, un político, un escritor. Desesperadamente los buscaba, y cuando encontraba alguno disponible me los iba descargando en la Kindle, para no perderlos. Me asombró mi ignorancia, porque incluso de las escrituras sobre países lejanos al mío o tiempos remotos algo reconocía: un emperador, un país, el nombre de un pueblo… acá no encontré nada de eso. Todos los idiomas que se nombran, incluso muchos países, las cuidades… todo desconocido para mí. Primero me generó una sensación de incomodidad extrema conmigo misma, pero después me llevó para otros lugares: ¿cómo podía ser que un continente entero, África, haya pasado por procesos de esclavización, revolución e independencia similares (salvando las inmensas distancias) al mío, Sudamérica, y yo no tenga idea? ¿cómo puede ser que nunca nadie me haya hablado de esto? ¿cómo podía ser que me haya recibido de profesora de literatura, leyendo a tipos españoles del año del pedo, a franceses muertos hace quinientos años, convencida como estaba de que tenían una enorme relación con mi vida y con mi historia personal, y nunca haya leído ni siquiera sobre la existencia de un solo autor africano? No puedo culpar a los otros, la culpa también es mía y de mi eurocentrismo irremediable: una piensa que está más asociada históricamente a los reyes de España (de quienes estudié el linaje, el origen y las fechas de sus muertes) que de la historia de países que han sido colonizados, cuyos habitantes originarios fueron esclavizados, y que han debido independizarse a fuerza de organización política y lucha, como el mío. Debo confesar la brutalidad de mi ignorancia: no sé nada sobre la historia de África. Un continente similar al mío en su historia, con movimientos panafricanistas (pienso en la patria grande), con voluntades de independencia, con una lucha constante por mantener las tradiciones frente a la avasallante homogeinización cultural, con un desarrollo cultural constante, del que nunca supe nada concreto, absolutamente nada. Como si África fuese para nosotros, los sudamericanos, algo lejano y exótico, leído desde los lentes de un turista formado en idiomas europeos, mirando siempre hacia el norte. Una vez, leyendo a Todorov para literatura Hispanoamericana, recuerdo que hablábamos con alguien sobre cómo la idea del acceso a “toda” la información a través de la globalización y del internet es una gran ficción creada por los países del norte, para que creamos que lo que ellos dicen es todo lo que hay por decir, todo lo que alguna vez se dijo y todo lo posible por decir. En esa conversación, nos dimos cuenta (vaya ignorantes) que lo único a lo que accedíamos sobre África era siempre mediado por Europa: ningún contacto directo, nada que nos conecte como sur del mundo, como continentes hermanados quizá por el sufrimiento de su historia común como colonias europeas y de la lucha por la independencia. En este libro esa idea me golpeó la cara con violencia: todo lo que sabía de la historia de los países negros (incluso aquellos centroamericanos) estaba atravesado por la lectura europea, siempre desde los ojos de la violencia y después, la culpa y la lástima. Nunca supe nada sobre sus intelectuales, sus escritores, sus ideas, el desarrollo de su conocimiento, absolutamente nada. De hecho, Maryse Condé no deja de ser una centroamericana formada en Europa, que escribe en Francés y que vivió en África por muchos años… es decir, mi contacto sigue mediado, siempre. Tengo ahí una puerta cerrada de la historia que necesito abrir. Pero como dije antes, el libro me generó dos sensaciones encontradas. Una lejanía absoluta, sostenida en mi ignorancia, pero a su vez una cercanía que me obligó constantemente a releer mi propia vida, a mirarla desde el formato de la autobiografía. Esta cercanía no tiene que ver con el contexto de los acontecimientos sino con el desarrollo de la vida de la misma Marise. Y tampoco con la similitud de los hechos que formaron su vida, se entiende, no hay mucho que pueda haber en común entre una mujer de los años sesenta nacida en Centroamérica, viajando con menos de treinta años por países africanos en revolución, escapando a veces de la desgracia y a veces de la persecución política, con cuatro hijos a cuestas, y yo, más de medio siglo después, habiendo abandonado a los únicos seres vivos a quienes alguna vez les di amor: las 273 plantas de mi patio en Santa Fe. Pero hay algo en su forma de leerse a sí misma, y en su manera de encontrarse, que me conmovieron. En un momento, Marise se pregunta: “¿y si a lo largo de mi vida no he hecho más que estupideces? (…) ¿y si sólo me he dedicado a acumular decisiones y elecciones azarosast, persiguiendo con obstinación sueños y fantasmas personales? ¿he hecho, así, sufrir a los míos?”. Puedo apropiarme de estas preguntas casi como propias; con sus variantes, me las he hecho muchas veces durante los últimos años. Pero mucho más me llamó la atención su respuesta, varios capítulos después, donde afirma que, entre todas las travesías por diferentes países, los encuentros con diferentes hombres, la seguridad de estar perdida, tenía una sola certeza: si quería salir de esa sensación constante de incertidumbre debía volver a estudiar. Me llamó la atención porque, en circunstancias diversas pero con la misma sensación de desorientación, llegué a la misma afirmación: no sé cómo, ni en qué circunstancias, pero para volver a estar en sintonía con las cosas que me pasan en mi vida, tengo que encontrar la forma de volver a estudiar. Esto no es un resumen ni una reseña. Como hago siempre en los comentarios sobre los libros, escribo lo que me sucede a mí al leerlos: mis impresiones, lo que me despierta, lo que me asombra, lo que me acerca o me distancia. Puede resultar hasta gracioso pensar en encontrar una respuesta a una incertidumbre de mi propio presente en la autobiografía de una persona que vivió toda su vida en dos continentes en los que casi no he puesto un pie, en años en los que yo todavía no existía. También puede resultar iluso: uno no lee literatura para identificarse, ni para aprender ni para encontrar respuestas. Pero qué sorpresa cuando algo así sucede. Estar buscando una afirmación y encontrarla, así, de repente, en las paginas de un libro que apareció al azar. No puedo, además, no sentirme a gusto leyendo un libro en donde se describe, a la perfección, la consistencia de mi vida en estos meses absurdos perdida en un pueblo de mil habitantes entre las montañas de Sicilia: “la vida siguió su curso alternando noches de pasión, días depresivos y horas de estudio”. 2023