Manada de Lobas llegó a mí a través de una amiga que fue muy importante en mi vida pero que ya no está. Yo había empezado a militar en la corriente feminista de un partido y después de un tiempo de euforia y enamoramiento, muchas cosas tanto del partido como del feminismo habían empezado a hacerme ruido, a incomodarme.
Para esa época pasaba también por un momento muy particular de mi vida sexual, en la que comenzaba a experimentar por primera vez la ausencia total de culpa, la vorágine de ser deseada, de coger coger coger coger sin más y de estar siempre en la cresta de una ola que, indefectiblemente, en algún momento bajaría y me arrollaría con el peso del agua, tirándome de nuevo a la playa desierta, ahogada, tosiendo y con el cuerpo exhausto, golpeado. Esas subidas y bajadas fueron constantes durante un período largo: coger coger coger y después caerme, ahogada y exhausta. Cada vez que llegaban esos momentos me preguntaba el por qué de esa caída, por qué no podía permanecer arriba, siempre arriba, sin necesidad de sufrir, volver a caer, sentirme aplastada y sin aire, como un saco de piel absorbido al vacío. Me habían respondido muchas veces: no se puede estar siempre bien, son cosas que pasan, sucede, la vida es así: todas respuestas nulas que no hacían sino reforzar el olor a mierda que rodeaba todo y la sensación de nostalgia de la cresta de la ola, del momento sexi, sexual, lascivo en el que hubiese querido permanecer para siempre.
Manada de lobas vino, entre muchas otras cosas que no esperaba, a responder a esa pregunta. Fue la primera vez que puse en cuestión mi modelo de liberación sexual. Después de muchos años de iglesia durante la infancia y la adolescencia, con criterios de castidad y culpa prendidos en la piel, el empezar a vivir la sexualidad *libremente* sucedió de un solo golpe y *para siempre*: coger coger coger, coger como criterio para todas las cosas, coger como parámetro de elección, definiendo desde mis prácticas vinculares (cogerme a mis amigos, coger entre muchas personas, experimentar, sumar orgasmos, sumar juguetes, sumar sumar sumar) hasta los libros que leía. Me llevó un tiempo darme cuenta que todo ese consumo indiscriminado de personas y esa exposición gratuita de mi sexualidad no me vinculaba con la libertad más de lo que me vincula tener mucha plata para comprarme muchas cosas: un subidón (esa palabra salió de Vasallo y funciona muy bien) que dura poco y sólo se mantiene con más subidones. Pero, como para comprar objetos, para coger desde ese lugar es necesario tener un capital básico: si no es dinero, es el capital sexual o social que me permitía (me permite) inscribirme en ese espacio de consumo como producto de vidriera o como comprador compulsivo en black Friday los sábados a la noche en las fiestas progres de agrupaciones políticas pseudodisidentes y festivales cuir (otro concepto de este libro del que hablaré más adelante).
Este lugar del sexo de vidriera tuvo dos repercusiones importantes que la lectura de este libro me permitió dilucidar: la lectura de mi liberación sólo como liberación sexual y la colocación de mi cuerpo en un lugar de pose constante donde no había lugar para el dolor, ni para las miserias ni tampoco para cualquier cosa que no fuese la sensualidad hegemónica.
El primer lugar tiene que ver con lo que dice Monique Wittig en El pensamiento heterosexual, que deviene de De Beauvoir en El segundo sexo: las mujeres somos, antes que nada, seres sexuales, *mujeres*, y no importa cuánto de matrimonio o de poliamor tengan mis vínculos, en todos yo ocupaba el mismo lugar: el espacio sexualizado para la mirada masculina, para el consumo masculino, para el placer masculino. El otro día, después de leer a Vasallo, miraba la película infantil Río con mi sobrinites: un solo personaje femenino cuyo papel, precisamente, era ese: ser el personaje femenino (y el interés romántico del protagonista masculino). La papagalla (la peli cuenta la historia de amor romántico entre dos papagallxs) entra en escena pestañeando sensualmente, con un aura de luz que ciega al papagallo, lo anonada, lo deja enamorado. En última instancia, ese es el lugar que nos enseñan a ocupar, y del que no se sale cogiendo con más hombres: es más, puede meterte mucho más adentro.
El segundo lugar tiene que ver con las posibilidades de mi cuerpo y con las barreras y restricciones que le estaba poniendo al vivir esta ficción de liberación sexual. Mantener el capital sexual que me permite entrar al mercado del deseo heterosexual capitalista implica un trabajo constante de pose y –aunque no parezca- censura: se muestra sólo lo que es *cogible* para el único individuo subjetivizado de este sistema: el hombre cis-heterosexual. El resto, se esconde. Y si no se esconde, se fetichiza: pasa a la góndola de al lado donde quizá haya una cortina o un cartón cubriendo el contenido que no es visible socialmente pero que no deja de estar circulando en el mercado. De ninguna forma se sale del mercado, del consumo, de la exposición de vidriera. De la pose, del porno librado en internet, de la repetición ritualista.
Frente a esto, “restituir el elemento ético: el *cómo*”. Afiliarse en manadas de lobas, construir afectaciones “libres y alegres” (cf. Luddditttas sexxxuales: hacia una ética amatoria de las afectaciones libres y alegres; Queen Ludd), “amistades políticas”. Qué gran concepto este: amistades políticas, vínculos afines, comunitarios, donde se geste un “uso reflexivo de los placeres” que irrumpan las “prácticas sexo-políticas del deseo hegemónico y dominante”. Espacios donde se construya una forma del deseo por fuera del consumo y de la pose: espacios *buenos*, en términos de Deleuze: “lo bueno tiene lugar cuando un cuerpo compone directamente su relación con el nuestro y aumenta nuestra potencia. Lo malo tiene lugar cuando actúa como un veneno que descompone la sangre” (esta cita de Deleuze la extraje de un libro de Gerbaudo que se hace de la categoría de potencia para pensar las prácticas áulicas como docente de literatura; Silvestri no cita directamente al autor). Y para construir estas amistades políticas anti-deseohegemónico (anti pose, anti consumo, libertarias, potentes), Leonor hace tres planteos (quizá más, tres son los que tengo ahora en la memoria): por un lado, la eliminación todos los conceptos que restringen las formas de relacionarnos al construir límites discursivos sobre nuestros cuerpos (hermano, novio, chongo, trabajo) para habilitar nuevas formas. Por otro lado, eliminar las prácticas concretas del sexo restrictivo: entrar al *pornoterrorismo* (mucho más allá del posporno de vidriera, de la pose *cuir*). Por último, “devenir animal”, romper la subjetivación individualizante y volver cada acto un devenir (por fuera de las ontologías totalizantes, hacia devenires potentes sin una esencia última ni un destino cierto).
La crítica de Silvestri a la “liberación sexual” como “el nuevo truco del heterocapitalismo tardío” (donde “decirle SÍ al sexo no es decirle NO al poder”) y la posibilidad de construir vínculos potentes es mi punto de entrada a este libro y el que les dejo pa que vayan a descubrirlo ustedes, porque tiene muchos otros. Me olvidé de hablar de su crítica al feminismo hegemónico capitalista y a “las comisarías cuir europeas”, pero esto ya es larguísimo pal insta.
Posiblemente nos encontremos con algún otro libro de Queen Ludd en este perfil. Para conseguirlos, escríbanle a Leonor Silvestri, o acá en Santa Fe están en Del otro lado libros.