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Ficciones - J.L. Borges

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Libro abierto
En algún momento escribí un textito medio amoroso sobre Borges en el día de su cumpleaños que hablaba de mi vínculo con sus cuentos: recordaba, en ese texto, que cuando leí a Barthes hablando de “leer levantando la cabeza” (esa idea de frenar la lectura y pensar ¡es esto! –es más, ¡es esto para mí!, como dice en algún lado de El Placer del texto) mi levantar la cabeza fue una remisión a Borges, a mi primera lectura de Borges, cuando tenía dieciséis, como el primer autor que me hizo frenarme en la lectura y levantar la cabeza, mi primera “lectura-escritura” (cf. el
comentario sobre El susurro del lenguaje, de Barthes, acerca de la lectura-escritura). Y mi primera lectura de Borges fue Ficciones. Después releí este libro varias veces, y en todas encontré algo nuevo. Pero voy a hablar solo de mi primera lectura y de la última. Y lo voy a hacer desde la memoria, desde lo que queda de Ficciones en mi cabeza dando vueltas y aparece siempre en las lecturas, en otras lecturas, en otros espacios –hoy, mientras leía Adorno por vez número cincuenta sin entenderlo mucho, observaba mis apuntes sobre Teoría Estética del año pasado y leí, en
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Ficciones - J.L. Borges

En algún momento escribí un textito medio amoroso sobre Borges en el día de su cumpleaños que hablaba de mi vínculo con sus cuentos: recordaba, en ese texto, que cuando leí a Barthes hablando de “leer levantando la cabeza” (esa idea de frenar la lectura y pensar ¡es esto! –es más, ¡es esto para mí!, como dice en algún lado de El Placer del texto) mi levantar la cabeza fue una remisión a Borges, a mi primera lectura de Borges, cuando tenía dieciséis, como el primer autor que me hizo frenarme en la lectura y levantar la cabeza, mi primera “lectura-escritura” (cf. el comentario sobre El susurro del lenguaje, de Barthes, acerca de la lectura-escritura). Y mi primera lectura de Borges fue Ficciones. Después releí este libro varias veces, y en todas encontré algo nuevo. Pero voy a hablar solo de mi primera lectura y de la última. Y lo voy a hacer desde la memoria, desde lo que queda de Ficciones en mi cabeza dando vueltas y aparece siempre en las lecturas, en otras lecturas, en otros espacios –hoy, mientras leía Adorno por vez número cincuenta sin entenderlo mucho, observaba mis apuntes sobre Teoría Estética del año pasado y leí, en una flecha que salía de “relación arte-sociedad” y se escapaba hacia el margen: “esto es lo que plantea Borges en su crítica a…”-. La primera vez que leí Ficciones me fascinaron (no existe otro verbo para hablar de esto) dos cosas: la primera, el concepto de la lotería de Babilonia, su orden, la lógica del origen, la forma en que explica (nunca explica, pero qué otro verbo podría usar?) el modo en que surge un mito, una creencia, en una cultura determinada, y se convierte en hecho, en modo de conducta, en regla social. En ese momento, en que aún no contaba con bases teóricas que me dieran categorías para leer (no sabía lo que era un mito, una conducta social, una biopolítica) la lectura de este cuento me hizo pensar en los relatos de la iglesia católica, y en las formas en que la sociedad responde a ellos sin saberlo. El cuento, según lo que recuerdo (uno siempre recuerda más lo que escribe cuando levanta la cabeza que lo que lee al bajarla sobre las páginas nuevamente) cuenta la historia del origen y el desarrollo de la lotería de Babilonia y de su ejecutor, La Compañía, una organización que se difumina volviéndose un infinito juego de azares que domina el orden de toda Babilonia. “Alguna abominable insinúa que hace ya siglos no existe la Compañía y que el sacro desorden de nuestras vidas es puramente hereditario, tradicional; otra la juzga eterna y enseña que perdurará hasta la última noche, cuando el último dios anonade al mundo. Otra declara que la Compañía es omnipotente, pero que solo influye en cosas minúsculas: en el grito de un pájaro, en los matices de la herrumbre y el polvo, en los entresueños del alba. Otra, por boca de heresiarcas enmascarados, que no ha existido nunca y no existirá…” ¿Podía acaso no pensar, después de leer eso, en los relatos religiosos con los que me crie toda mi vida? La segunda cosa (cosa?) que me fascinó en mi primera lectura de Ficciones fue el concepto de eternidad que se plantea en un fragmento de El Sur: un tipo que sale de un hospital psiquiátrico entra a un bar, pide un café y acaricia a un gato, y piensa, mientras acaricia al animal, “que aquel contacto era ilusorio y que estaban como separados por un cristal, porque el hombre vive en el tiempo, en la sucesión, y el mágico animal, en la actualidad, *en la eternidad del instante*” (el subrayado es mío). Ese fue realmente mi primer levantar la cabeza: a esa edad, cuando empezaba a cuestionarme muchas cosas de la religión, además de las obvias institucionales me exasperaba la idea de eternidad, de vida eterna, de “tiempo para siempre”. En ese momento de mi vida no podía pensar otra forma del tiempo que no fuera lineal y evolutiva, y la idea de un “tiempo para siempre” me daba náuseas. Ese fragmento, recuerdo, me hizo pensar en otro tipo de eternidad y en otro tipo de tiempo: la eternidad como el no-tiempo, y el tiempo como idea, construida desde la posibilidad de percibirlo, desde la posibilidad de nombrar un ayer y un mañana. No sabía, en ese momento, que estaba entrando por primera vez a la comprensión de la ficcionalidad de tiempo, de su naturaleza discursiva, tema que me fascinaría un par de años después, cuando empezase a estudiar letras (recuerdo que volví a esa memoria muchas veces, pero sobre todo cuando leí, preparando el final de Literatura Argentina, “El texto histórico como artefacto literario”, un texto de Hyden White que explica la naturaleza narrativa del tiempo lineal y por ende, la condición ficcional del discurso histórico –que toma la narrativa como género predilecto). La última lectura que hice de Ficciones fue un año atrás, cuando rendí Literatura Argentina en la universidad. En mi examen analizaba la anulación de la dupla “realidad” y “ficción” en el primer cuento del libro: “Tlon, Uqbar, Orbis Tertius”. En el cuento, un Borges y un Bioy Casares encuentran en una edición 16 de la Anglo-american Cyclopaedia una entrada de nombre “Uqbar”. La entrada (presente sólo en el tomo que pertenecía a Bioy, y en ningún otro de la misma edición ni de ninguna otra) hacía referencia a un país inventado, y explicitaba algunas características del mismo. Entre ellas, la característica de su literatura: en Uqbar sólo había literatura de carácter fantástico, y “sus epopeyas y leyendas no se referían jamás a la realidad, sino a las dos regiones imaginarias de Mlenjas y Tlon”. A lo largo del cuento, Borges y Bioy Casares descubren toda una organización que busca “crear” un mundo, a través del lenguaje, con sus propias reglas y su propia lógica. No voy a explicar el cuento porque me es narrativamente imposible, pero voy a hablar de tres cosas que me volaron el coco, en las que el cuento destruye conceptual y narrativamente la línea que divide realidad de ficción, hipotetizando sobre la naturaleza ficcional de todos los discursos que gestionan el mundo. Y lo hace de una forma que yo dividí, analíticamente, en tres momentos: el momento del idealismo como episteme de Uqbar (y Tlon) en oposición al racionalismo, la superposición de líneas narrativas (en oposición a la linealidad narrativa) y el entrecruzamiento de mundos posibles (en oposición a la división tajante entre literatura realista y literatura fantástica). Voy a desarrollar sólo el primer momento, porque es el que más me fascinó: El mundo de Uqbar (y el de Tlon, que en la primera parte del cuento es el país donde se desarrolla la literatura fantástica de Uqbar, y en la segunda parte es el mundo al que Uqbar pertenece) se maneja desde el idealismo, en donde la única certeza es la percepción individual. El idealismo es la base de percepción del mundo de los uqbarianos, y se manifiesta de varias maneras, todas, claramente, contraponiéndose de forma clara a las lógicas del racionalismo positivista de este mundo (o al menos de su occidente). En primer lugar, los idiomas de Tlon no tienen sustantivos, dado que no existe la sustancia. Ningún elemento es igual a sí mismo, todos son la conjunción aleatoria de características o consecuencias de sucesos. Es por eso que para referirse a algo (que no es “algo” más que por el tiempo en que es nombrado, que es el tiempo en que esas características o ese azar de movimientos son percibidos en unidad) se utilizan verbos o adjetivos. Al no existir la sustancia, no existe el ser. Las cosas –que no son ‘cosas’ como nosotres las entendemos- no son más que un conjunto aleatorio percibido momentáneamente como unidad; es por esta cualidad que es lógica la existencia de los Hnorir y de los Ur, esos objetos que existen por deseo, por llamado o por sugestión (en el relato “aparecen” estos objetos en el “mundo real”, pero ya ni el mundo real existe ni tampoco la condición racional de comprensión de los objetos, donde la línea que los divide no es más que la percepción, por lo que cualquier conjunción de características podría hacer a un Hnorir, a un Ur). La misma ausencia de sustantivos, que impide la percepción unívoca de los cosas, tiene varias consecuencias. En primera instancia, el materialismo, que genera aberración en Tlon, es la base de las paradojas –paradojas que son, en nuestra concepción, razonamientos lógicos: no puede verificarse que una moneda sea la misma hoy y mañana, dado que igualdad no es lo mismo que identidad, sobre todo cuando la identidad es, como hemos ya dicho, construcción de la percepción, que se modifica a cada instante. Además, no existe la ciencia, dado que no hay pensamiento abstracto sino asociación de ideas que se modifican a cada paso, a cada cambio de mirada, “los metafísicos de Tlon no buscan la verdad, ni siquiera la verosimilitud: buscan el asombro”. Esta ausencia de lógica y de identidad nos recuerda a Funes (de Funes el memorioso, otro cuento de Ficciones), aquel hombre que percibía tanto y recordaba todo que, imposibilitado de abstracción, no podía comprender que un gato de espaldas fuese el mismo que vio unos segundos antes de frente, dado la inmensidad de diferencias que había entre ambos. Es que para la abstracción es necesario el olvido, y para el olvido, el tiempo concebido como pasado. Y para concebir un pasado, debe haber un vínculo entre el tiempo anterior y el presente, una unidad que permita la asociación lineal; “dicho sea con otras palabras: [en Uqbar] no conciben que lo espacial perdure en el tiempo”. En ese sentido, el tiempo es siempre presente en Tlon, que es una forma de decir que no existe el tiempo. El cuento finaliza de una forma genial (iba a decir fantástica pero desordenaría el orden de categorías): las características de Tlon –ese mundo ficcional que existía sólo en la entrada de una enciclopedia y que lentamente iba tomando más espacios en más libros que la gente había empezado a leer- empiezan a modificar los modos de percibir el mundo de los lectores, al punto de modificar el sistema educativo (las escuelas empezaron a enseñar las lógicas de Tlon) y de convertirse en la nueva episteme de “este mundo”: “la realidad cedió en más de un punto. Lo cierto es que anhelaba ceder. Hace diez años bastaba cualquier simetría con apariencia de orden –el materialismo dialéctico, el antisemitismo, el nazismo- para embelesar a los hombres. ¿cómo no someterse Tlon, a la minuciosa y vasta evidencia de un planeta ordenado?”. De Tlon, Uqbr, Orbis Tertius puede decirse muchísimo más: pienso en la conversación con un empresario estadounidense que, tras ver el proyecto de invención del país Uqbar, dice que por qué no inventamos un mundo, *si ya inventamos un país*, haciendo referencia a Estados Unidos. Pienso en su increíble forma de cuestionar el racionalismo, pero sobre todo el concepto de literatura realista y de literatura fantástica, y de esa idea de “intelectual comprometido” de la que se ríe en el prólogo de El informe de Brodie, donde evidencia lo irrisorio de flashear con intervenir en la realidad desde una literatura que se sostiene en la misma episteme que aquella. De Ficciones, también, podemos decir mucho más. Y de Borges, hasta el hartazgo. Pero ni el hartazgo nos quita del asombro de leer por primera vez un libro, que es una experiencia por fuera de toda teoría. Por eso elegí comentar igualmente este autor y este libro y este par de cuentos que tengo ahora un poco en la memoria y un poco en los apuntes, pensando en las cosas que me fueron asombrando a mí, en mis lecturas, que ni todos los libros de Sarlo ni de Berrenechea pueden anular. Les recomiendo, siempre, leer los cuentos de Borges. Y si quieren les mando mi trabajito sobre Tlon, Uqbar, Orbis Tertius que no sé si está teóricamente tan piola como los textos de Sarlo y Berrenechea (que también les recomiendo leer, sobre todo “Borges, un escritor de las orillas” y “La irrealidad en la obra de Borges”) pero está atravesado por toda la locura que me generó leer de nuevo ese cuento y preparar ese examen que me voló el coco un verano entero. 2021