Monique Wittig es una de las escritoras feministas más claras que leí hasta ahora. Sus ensayos son cortos y precisos, simples de ser entendidos pero con la complejidad que implican los problemas sobre los que trata.
La primera afirmación controversial –que disputa sentidos con el sentido común- se presente en el primer ensayo: “es la opresión la que crea al sexo, y no al revés”. Esta idea configura la base de su pensamiento: el sexo NO es un reflejo de una naturaleza que preexiste al lenguaje, sino el resultado de una división de poder. En este sentido, compara la existencia de las mujeres a la de los esclavos: los amos crean las categorías que legitiman sus conductas opresoras, y colocan a los esclavos en el lugar del otro, esencializando –naturalizando- ese lugar (no nos olvidemos que, por extraño que parezca, los esclavos eran (son) esclavos de nacimiento, nacieron esclavos y esa es su esencia, su condición de ser y se existir en este mundo). Ser mujer es el resultado de la vinculación con quien se dice hombre y puede así, decir “yo”, ergo, “vos”. Dado que ser mujer es resultado de esta división opresora, que la crea en cuando individuo subordinado, ser mujer no puede deslindarse del concepto de sexo. Es por eso que tanto nosotras –y digo nosotras en términos de saberme creada por esta división, no en cuanto mi naturaleza femenina- como quien nos mira o nos lee no podemos dejar de identificarnos con esa categoría sexo: todo en nosotras es sexo. Incluso nuestra liberación no se lee más que como liberación sexual (lo explica Silvestri en Manada de Lobas, siguiendo ella también a Wittig). Pero porque no podemos escaparnos de ese concepto, pues de él surge nuestra existencia en cuanto que diferencia y no en cuanto que natural. No existe –afirma Wittig- otra opresión que la social. Los pensamientos dominantes –lo que ella llamará el pensamiento heterosexual, las ideas en torno a que somos hombres y mujeres, y que nos debemos el uno al otro, y que existimos en este par binario jerárquico y natural- no son más que “la expresión ideal de las relaciones materiales dominantes capturadas bajo la forma de ideas” (la cita, extraída del texto, es de Marx y Engels). En esta dirección, Wittig realiza una relectura inteligente del materialismo dialéctico, sosteniendo sus premisas e invirtiendo su naturalismo. No existe una “división natural del trabajo en la familia”, existe un sistema que precisa una división del trabajo, y la programa en la familia, institución perfecta en donde uno pertenece al sistema (lo crea, lo instaura, lo hace funcionar) y el otro –lA otrA- lo reproduce.
Desde esta idea Wittig realiza sus dos afirmaciones más conocidas.
La primera, cuyo tema sirve de título al segundo ensayo, dice: “no se nace mujer, se llega a serlo”. Y la segunda, discutida hasta el cansancio, y con la que cierra el ensayo que dará título al libro: “las lesbianas no son mujeres”.
¿Cómo llega Wittig a realizar estas dos afirmaciones? Se explica en lo dicho anteriormente. Las mujeres no *somos* tales en cuanto que esencia: no tenemos una esencia femenina, no existe una naturaleza que nos una a todas y que nos identifique en esa clase. Somos mujeres en cuando que los hombres nos nombran como tales. Lo único que nos une es esa opresión, y de esa opresión surge la idea que nos hace creernos unidas por una naturaleza común: la vulva, XY, ovarios. Justamente porque esa opresión es la que nos reduce al sexo, a la capacidad reproductora que portan algunas cuerpas, y nos impide pensarnos por fuera de ella. Y las lesbianas no son mujeres en tanto que son las primeras que se han podido liberar al menos de la existencia material del opresor –y digo al menos porque la existencia material del opresor ha generado ya repercusiones en nuestras existencias materiales que ni su desaparición podrá borrarlas.
Esta idea de la heterosexualidad obligatoria –del pensamiento heterosexual como única forma de leer lxs cuerpxs, la existencia, los vínculos- funciona como base del contrato social, que nos obliga a vivir en heterosexualidad. Todo aquel que no responda a ello será catalogado como loco o como fuera de la ley (una idea similar establece Foucault en Vigilar y castigar respecto de la existencia de las cárceles y los manicomios). El contrato social es explicado por Wittig como un status quo: algo que *está* porque *es*. En este sentido, no podemos pensarnos por fuera de sus categorías porque no existe nada por fuera de esas categorías. No existe nada por fuera de los hombres y las mujeres, ni por fuera de los vínculos divididos en consaguíneos y amorosos.
Y esta idea no está tan lejos que la que intuímos cuando queremos entablar un vínculo cuyo devenir dificulta el encuadre. ¿Qué somos? ¿qué nombre debemos ponernos para poder leernos, para saber qué hacer, cómo comportarnos? ¿qué hago con ustedes, con vos, con ellxs, si no tengo una palabra que legitime lo que sucede, que me explique qué hacer, qué sentir, donde ponerte, dónde ponerlxs? ¿qué pasa si no somos ni novixs, ni hermanxs, ni amigxs? ¿¡¡QUÉ CARAJOS SOMOS??!! ¿¿cómo que puede pensarse un vínculo por fuera de la idea de “SER”???? (Ser alguien, ser algo, SOMOS algo). ¿Y si no somos nada? ¿y si estamos, devenimos, hacemos, pero no somos? ¿cómo pensarnos por fuera de las ideas no sólo de hombres, mujeres, novixs, amigxs, hermanxs, sino incluso por fuera de la idea de “ser”? ¿cómo pensarnos, como propone Silvestri, desde la idea de devenir? Pensarnos no desde la esencia, sino desde el cambio.
La dificultad de vivimos al momento de vincularnos por fuera de las categorías establecidas tiene que ver con esa condición de nuestro pensamiento regido por el esencialismo heterosexual: no podemos pensarnos por fuera de las categorías establecidas, e incluso cuando intentamos hacerlo, muchas veces no hacemos más que recategorizar, volver a encerrar las posibilidades en palabras que gestan nuevas normativas funcionales, siempre, al sistema. Porque no podemos dejar de decir: “soy esto”, “soy lo otro”. Y no es que necesariamente esto esté mal… dado el sistema en el que vivimos, regido por el esencialismo racional de las cosas (todo tiene que tener un lugar no contradictorio en el universo, y su existencia debe ser explicable, aprehensible, demostrable, en última instancia incluso tangible), muchas veces pensarse en una nueva categoría es la forma más eficaz que tenemos que habilitar la existencia de algo diferente, de darle entidad, de permitirle un espacio en este mundo. Pero justamente en la frase anterior está el problema… “DADO el sistema en el que vivimos…” ¿y si ese sistema no se pensase como “dado”? ¿existiría otra forma abismalmente diferente, donde no haya esencias, donde no necesitemos “ser”? (esta idea no es tan loca ni me pertenece, lxs invito nuevamente, como hago cada día de mi vida que me cruzo a alguien, a leer Manada de Lobas, de Silvestri, incluso si ella les cae mal. El texto es impecable)
Pero destruir las categorías de género, de sexo, o las ideas vinculares establecidas (novix-amigx-hermanx) no es una decisión que pueda tomarse un día cuando me levanto a la mañana y decido *no ser más*. El pensamiento heterosexual nos ha enseñado a desear aquello que nos oprime, a desear la opresión misma y nos ha enseñado –con un trabajo de miles de años- a pensarnos como mujeres. Porque las categorías impresas por el pensamiento heterosexual han ocupado el lugar metafísico del ser: yo SOY mujer, SOY heterosexual. Y caminar hacia su destrucción lleva toda la vida, y se lleva vidas. Se lleva vidas porque pensarse por fuera de estas categorías implica un riesgo inmenso para una sociedad cuya base estructural es el pensamiento heterosexual. Pensarse por fuera de las categorías de hombre y de mujer, pero también pensarse por fuera de las categorías vinculares establecidas. Observar cada vinculación en su devenir, derrumbar las esencias para poder pensar lxs cuerpxs y los vínculos por fuera de las categorías cerradas que nos imprime obligatoriamente el sistema en el que, sin haberlo nunca elegido, existimos.
Como todas las entradas de este perfil, termino diciendo lo same: no abarco casi nada de lo que dice Wittig en sus ensayos, pero si sirve para que vayan a leerlo, como dicen ahora los jóvenes (?) messirve. Además tiene un ensayo en el que habla de la marca gramatical de género que cuando lo leí me gustó mucho y que usé para dar un par de clases sobre el tema, pero que no cité acá porque no me acuerdo mucho qué dice concretamente y bueno, no voy a releer el libro ahora. Vayan a leerlo ustedes.
2021