Lenguas: todas las lenguas. Las que hablamos nosotrxs y las que no. Las que están en el diccionario, las que no tienen una gramática escrita, las que traduce Borges. Las que usan lxs niñxs y las que perdieron palabras con el tiempo. Las que sirven para hablar con las plantas y las que usamos para enviar formularios. Las mezcladas, las viejas, las nuevas. Las de los relatos, las de los rituales, las de la memoria.
Ficciones: todo lo que <existe> en cada uno de nuestros mundos posibles. Lo que es porque lo nombramos y creemos en la identidad de eso que nombramos. Construcción de la identidad y la esencia. Condición de la existencia de las cosas.
Patrias: ficción. Lo que es porque lo nombramos y creemos en la identidad de eso que nombramos. Patria, nación, identidad. Ficción ficción ficción. Cultura, tradición, memoria: recortes de un pasado amorfo y sin palabras. Lenguajización de lo (ya) inexistente: hacerlo existir. Residual.
Este libro me gusta, y mucho, por varias razones. Primero, porque a varias de las autoras las conocí a lo largo de estos años en cursos o en congresos y tuve la oportunidad de conversar con ellas sobre sus investigaciones, sobre los procesos de generación de conocimientos en torno a cada uno de sus objetos de estudio, sobre cómo les fueron apareciendo problemas y cómo los fueron enfrentando. Segundo, porque cada uno de los problemas abordados en los diferentes artículos responde a preguntas que me fui haciendo a lo largo de la carrera, y funcionaron y siguen funcionando como base para pensar problemas en torno a la lengua frente a los que muchas veces no sé cómo posicionarme. Tercero, porque las problemáticas que se abordan se inscriben en investigaciones que se están desarrollando en este momento a lo largo del país, y las autoras de cada artículo ponen sus cuerpos en pensar cómo resolver esos problemas, gestando estrategias y métodos de abordaje inscriptos en cada contexto particular.
El libro gira en torno a problemas de políticas lingüísticas en Argentina desde diferentes ámbitos: la enseñanza de la lengua en la escuela secundaria, la presencia de lenguas de los pueblos originarios a lo largo del país, la construcción de una variedad estándar de la lengua a partir de la conformación de los diccionarios, el vínculo entre el español de Argentina y las lenguas inmigratorias (sobre todo el italiano). Yo voy a hablar particularmente de cuatro artículos, porque son los que más presentes tengo, los que suelo citar en mis trabajos y en mis conversaciones y los que me hicieron en algún momento hacer un click mental sobre ciertos temas sobre los que antes nunca me había problematizado.
El primero es el artículo de Cintia Carrió, “Lenguas en Argentina: notas sobre algunos desafíos”, en el que la autora comienza haciendo un relevamiento de las lenguas que se hablan en territorio argentino además del español. Aunque de verdad no inicia con un relevamiento sino preguntándole al lector cuántas lenguas cree que se hablan en Argentina y cuántas cree que son las oficiales, y a modo Carrió, da varias opciones de respuesta y las discute una por una, explicando luego la correcta. Hoy en Argentina se hablan 14 lenguas, y en dos provincias (Corrientes y Chaco) se reconocen otras lenguas además del Español como oficiales (guaraní correntino en la primera y qom, moqoit y wichí en la segunda). Este artículo es particularmente interesante porque realiza un recorrido por la pretensión monoculturizante de la historia argentina (ese deseo de construir una identidad nacional a partir de la implementación de una educación unitaria y monolingüe) y las consecuencias devastadoras que esto tuvo y tiene en bastas poblaciones (y en cuerpos concretos, con el auto-odio lingüístico generado en personas no hispano-hablantes) mediante la invisibilización no solo de su cultura y de su historia sino directamente de su existencia. Pero también porque recorre todo el territorio nacional –y el de otras naciones como Bolivia, Paraguay, Venezuela, Perú, Colombia- relevando políticas actuales concretas sobre la gestión de las lenguas en los diferentes territorios nacionales: aquellos países que han oficializado sus lenguas, aquellos que han gestado instituciones para su supervivencia, aquellos que construyeron instituciones educativas para impartir conocimientos en otras lenguas además del Español; y explica, además, los problemas concretos que estas políticas tienen a la hora de implementarse.
Cintia, su autora, investiga la lengua Mocoví en una de las dos comunidades que hay en Santa Fe. En el par de años que trabajé con ella, recuerdo que en algún momento investigaba la flexión del plural de los nombres (sustantivos) del Mocoví, y una vez me contó cómo obtenía los datos para la investigación lingüística: ir a la comunidad a hablar con los informantes (bilingües mocoví-español), a quienes se les pide que digan ciertas frases (pensadas de antemano) en mocoví. Esas frases son grabadas y luego desgravadas en alfabeto fonético. A las desgravaciones se las compara y se las segmenta en lo que se supone que son fragmentos que significan lo mismo. Luego de varias comparaciones, puede quizá concluirse: esto que está acá, este fragmento, puede ser la palabra tal. Esto que está acá, este fragmento, puede ser la flexión en plural de estos sustantivos. Obvio que mi explicación es bastante precaria y posiblemente cuente con varios errores y seguramente le falten pasos del proceso, pero la cuento porque me resultó, además de interesante, ilustrativa de la complejidad de lo que implica estudiar una lengua de la que nunca nadie se ocupó de su estudio (de la que no existen gramáticas, diccionarios, ni siquiera un alfabeto o un sistema de escritura propio).
Otro dato random (soy una máquina de datos random, a esto me dedico): otra vez Cintia nos contó que, hablando con un informante, “decubrió” (para ella, es decir, y para su investigación) que los sustantivos se flexionaban distintos en plural si se referían a un objeto animado o a un objeto inanimado (o a una persona y a una no-persona, no recuerdo bien el dato). Al hacerle esta observación al informante, mostrándole la diferencia con el español (que flexiona igual ambos tipos de sustantivos), éste le dijo. ¡ah, nosotros también somos inteligentes!. Dato random ilustrativo del “auto-odio lingüístico” y de las consecuencias concretas de las políticas linguísticas dicriminatorias con pretensiones de homogeinización.
Otro de los artículos interesantes es el de Gabiela Resnik sobre cómo se gesta la norma y la variación lingüística en los diccionarios del español de la Argentina. Ella inicia el artículo describiendo los diccionarios como “la máxima expresión normativa de una lengua dada”. Antes de conocer a Resnik en un curso que dio en la facultad (al que fui antes de leer este libro) nunca me había problematizado sobre cómo se construye un diccionario: qué se yo, buscan todas las palabras las ordenan alfabéticamente y las explican y las ponen ahí, pero… ¿están todas las palabras en un diccionario? ¿qué palabras no están? Las palabras que no están, ¿existen? (pregunta retórica, obvio, la respuesta es sí). Además, de las que están, ¿qué definiciones se dan? ¿en qué orden aparecen esas definiciones? Por ejemplo, la palabra coger, ¿qué definición ostenta en un diccionario? ¿y qué definición aparece primero? ¿la peninsular de agarrar cosas o la nuestra de garchar? Hacerse estas preguntas no es perder el tiempo (o sí, pero cómo nos gusta perder el tiempo): los diccionarios se han constituido en el imaginario como libros de la verdad. Uno los consulta para tener una respuesta certera e indiscutible sobre un contenido. Pero no debemos olvidarnos que la lengua nos pertenece a los hablantes, y el diccionario, a las instituciones reguladoras como la RAE. Y a la RAE no le gusta el lenguaje inclusivo, no, pero tampoco le gustan muchas otras cosas. Y a esas cosas, no las incluye en el DRAE (su diccionario), que dicho sea de paso, es el más consultado del habla hispánica. El diccionario, es, así, una fuente creadora de “malos hablantes”, de persona que dicen cosas que “no existen”. O que existen solamente en el harmoso apartado que hizo el DRAE para nosotros: “americanismos”. Y todo esto nos puede parecer pura japaleta (leí esa expresión el otro día en una publicación y me encantó, no sé bien que significa pero me sirve), pero de verdad no es tu mamá la única que te dice que hablas mal. Hace un par de años una amiga se fue de intercambio a Madrid, y en una de esas videollamadas que hicimos me contó que en un trabajo utilizó una palabra que la profesora le dijo que “no existía”, y para corroborarlo, lo buscó en el diccionario de la RAE. Cuando mi amiga le dijo que ella no se regía por ese diccionario, la profesora respondió que esa era “su biblia” (sic).
Otro artículo que me gusta de este libro, y el que más cito, es el de Inés Kuguel, “Los jóvenes hablan cada vez peor: descripción y representación del habla juvenil argentina”, en el cual desmiente los tres supuestos sobre los que se basa esta expresión tan escuchada de que “los jóvenes hablan cada vez peor”: la carencia (los jóvenes deforman el lenguaje), el exceso (usan palabras innecesarias) y la oscuridad (no se les entiende lo que dicen). Luego de desmentir estas afirmaciones, afirma ella: “no pueden hablar peor porque nunca hablaron mal, porque nadie habla mal o, mejor dicho, todos dominamos perfectamente nuestra lengua materna. Lo que ocurre es que, al expresarse, cada hablante manifiesta sus particularidades geográficas o sociales”. No me voy a explayar mucho sobre esto porque en algún momento haré otra publicación sobre el tema, dado que me interesa mucho y se vincula a la investigación que desarrollé estos últimos años sobre el verbo clavar.
Por último, el artículo de Di Tullio sobre el vínculo entre el español y el italiano y la conformación del lunfardo. De verdad, este artículo no es de los más interesantes del libro pero lo cito como excusa para hablar de su autora: Ángela Di Tullio fue la primera lingüista que leí, en primer año de la carrera, con su manual de lingüística que es la base para muchos estudiantes, y es también la primera lingüista a la que asistí a un curso. Recuerdo que, con la caradurez que me caracterizaba en primer año de la carrera, le discutí el uso de una expresión del italiano (obviamente ella debe haber tenido razón, tampoco hablo tan bien italiano). Recuerdo que Cintia Carrió me retó por eso. Recuerdo también que le dije a Ángela que gracias a su libro me había interesado por la lingüística (no sé si hoy en día lo formularía como un agradecimiento: quizá un acto consecutivo, “<por> tu libro me dediqué a la lingüística” –y algún agregado, lcdtm, etc). Ángela escribe un libro –muchos, pero éste- que recopila varios artículos y que se llama “El español de la Argentina” (aunque de verdad trabaje con el español de la región rioplatense). En algún momento hahblaré de ese libro porque incluye un artículo de Pablo nosecuanto, un lingüista que me gusta mucho y que también vino a dar un curso sobre “la perisferia izquierda en la oración” que cuando lo dio no entendí un joraca (en ese momento pensé que me hablarían de Marx o algo así, aunque el chiste funcione sólo para mí porque dudo que alguien sepa qué es la perisferia izquierda de la oración).
Bueno, me despido sin más después de escribir tres páginas innecesarias. Voy a publicar el comentario leído mí en un videíto, porque acá nadie lee carajo.
2021