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Cuerpos que importan - Judith Butler

Lector en formato pagina

¿Por qué deberían nuestros cuerpos terminar en la piel? (Manifiesto para ciborgs, Donna Haraway) “El lenguaje es un ordenamiento eficaz de esa enigmática abundancia del mundo. Dicho sea con otras palabras: los sustantivos se los inventamos a la realidad. Palpamos un redondel, vemos un montoncito de luz color de madrugada, un cosquilleo que nos alegra la boca, y mentimos que esas tres cosas heterogéneas son una sola y que se llama naranja. La luna misma es una ficción. Fuera de conveniencias astronómicas que no deben atarearnos aquí, no hay semejanza alguna entre el redondel amarillo que ahora está alzándose con claridad sobre el paredón de la Recoleta, y la tajadita rosada que vi en el cielo de la plaza de Mayo, hace muchas noches. Todo sustantivo es abreviatura. En lugar de contar frío, filoso, hiriente, inquebrantable, brillador, puntiagudo, enunciamos puñal; en sustitución de alejamiento de sol y profesión de sombra, decimos atardecer.” (El tamaño de mi esperanza; Borges) La primera cita es con la que Butler inicia la introducción a “Cuerpos que importan”. La segunda, en cambio, la leí no hace mucho en una historia de Instagram de Santiago, un profesor, y reconocí en ella a Borges. La traigo a colación, acá, aunque parezca fuera de contexto, porque me remite a la pregunta de Donna Haraway, y a la siguiente cita que hace Butler: “no hay ninguna naturaleza, sólo existen los efectos de la naturaleza: la desnaturalización o la naturalización” (Derrida). Paréntesis: me arriesgo, con esto, a inexactitudes teóricas, pero ya lo dije en algún momento cuando abrí este perfil de libros: no voy a escribir más que lo que mi cabeza trae a colación en el momento en que estoy escribiendo sobre algo que me interesa, ordenándolo como pueda y publicándolo para quien quiera leerlo. Fragmentos, quizá como Barthes (aunque menos pulidos y bellos que los suyos), envíos, como dice Analía. En este comentario voy a hablar sólo de dos conceptos, porque son los que me quedaron de la lectura de este libro (hace ya un par largo de años atrás): la performatividad y la abyección. La cita de Borges me remite a la idea que Butler plantea ya en la introducción de este libro: la diferencia sexual está dada en diferencias materiales marcadas y formadas por las prácticas discursivas (dadas en una lengua). Por ello voy a empezar por discutir un poco el concepto de lengua. Lo primero que pensamos, cuando definimos instintivamente la lengua, es que es aquello con lo que nombramos el mundo, entendiendo a este como algo previo y preexistente. Es decir, el mundo está ahí, y nosotres lo nombramos. Esta idea sostiene el más básico vínculo concebido entre lengua y género. Los cuerpos están ahí, son parte del mundo, varón y mujer, y nosotres los vemos y los nombramos: varón y mujer. Es una idea basada en un concepto de verdad observacional propia del positivismo (como todas las ciencias: las cosas están ahí, las miro y las explico “objetivamente”). Borges, en la cita de más arriba, nos dice lo contrario: “en sustitución de alejamiento de sol y profesión de sombra, decimos atardecer”. El límite de lo que observamos está marcado por lo que nombramos. En este sentido, podemos decir que la lengua performa el mundo. La performatividad, sin embargo, como explica Butler, no es un acto singular y deliberado, sino “una práctica reiterativa y referencial mediante la cual el discurso produce los efectos que nombra” (cita de algún lado de la intro, me olvidé de tomar nota de la página). En este sentido, Butler excede la cita de Borges. Desde el idealismo lingüístico (lugar en el que podemos enmarcar esta cita y muchos escritos del autor) posestructuralista se plantea una disolución de la materia. Tenemos entonces dos lugares: aquel donde se presupone la materia (ese mundo preexistente que la lengua vendría a nombrar) y aquel que niega la materia. Butler abre un tercer lugar: sin negar ni presuponer la materialidad, propone liberar al concepto “de su encierro metafísico para poder comprender qué intereses se afirman en –y en virtud de- esa locación metafísica y permitir, en consecuencia, que el término ocupe otros espacios y sirva a objetivos políticos muy diferentes”. Cuando decimos varón y mujer, no estamos simplemente nombrando algo que existe en la naturaleza, así, esencialmente, y que nosotres simplemente le damos un nombre. Cuando decimos varón y mujer, estamos haciendo dos cosas (muchas, de verdad, pero acá consideraremos dos). Una, la primera y la más discutida: estamos diciendo, con cada una de estas palabras, una serie de ideas asociadas por toda una historia a cada una de ellas (rosado y celeste, etc, ya lo sabemos). La segunda es menos discutida, pero mucho más heavy: estamos seleccionando una parte del mundo que queremos nombrar (osea, darle entidad o existencia en nuestro pensamiento), y al seleccionar, dejamos, obviamente, cosas afuera que elegimos no nombrar. Esta selección no es voluntaria: la materialidad es un efecto del poder. En palabras de Angenot, el discurso social define lo decible y lo indecible. Y ese discurso social está atravesado por la hegemonía (entendida como los valores de la cultura dominante). Todo lo que no pase por ahí, quedará excluido: patologizado, fetichizado (encerrado en “la imposibilidad psíquica de vivir”). La otredad absoluta. Y desde ahí podemos entrar a la otra parte del texto de la que me interesaría hablar: donde Butler habla de lo abyecto. La abyección es “la violencia necesaria y fundadora de cualquier régimen de verdad”. Es decir, lo indecible, lo que no quiere ser nombrado, lo que cuya existencia (¿se puede decir “lo que cuya”??) marcaría un riesgo a la continuidad de una hegemonía. Por ahí pasan todos los cuerpos que *no importan*. Este sería el origen de lo queer: lo excluído, acusado, patologizado, insultado. Pero, mediante la misma práctica performativa, convertido en sitio de resistencia, en afirmación política. Luego, como explicará Silvestri, reconvertido en una nueva hegemonía, a la que ironiza con el término “cuir”. Es que en ningún momento el discurso social hegemónico frena su acción englutidora de prácticas: apenas rozamos un borde, la fuerza de la hegemonía nos tira de nuevo centrífugamente al centro, nos devuelve a sus parámetros fuera de los cuales nos es casi imposible pensar. Por eso, habitar lo abyecto –rehabitarlo, volver a encontrarse en ese borde- se vuelve una práctica indispensable, fundada en la acción constante de correrse hacia el borde, de encontrar la grieta y asomarse antes de que vuelva a ser tapada. En este sentido, “la reformulación de la materia” es un proyecto ético-político que abre la posibilidad de otras existencias: la “politización de la abyección” hace del lenguaje un espacio de disputa de las potencias de los cuerpos: joder, repetir hasta el hartazgo lo que no puede ser nombrado, darle nombre y utilizar el poder que tiene la performatividad para “producir efectos a través de la reiteración”. Pienso, quizá esta vez, en producir efectos “buenos” (como piensa Deleuze lo bueno, en términos de potencia). Antes de cerrar, un último envío: pienso en lo abyecto, en lo que no puede ser nombrado, pienso en todos los cuerpos excluidos, y no puedo no recordar otro texto que trabajé en este perfil: Un desierto para la nación. Si pensamos el discurso social como espacio de construcción de lo decible, donde se define qué cuerpos SÍ importan y cuáles no, debemos recordar todos los cuerpos enmudecidos, esos cuerpos no nombrados –otreizados hasta la desaparición-, esos cuerpos cuya existencia es negada como imposibilidad. Butler analiza el travestismo como espacio de disputa de la inteligibilidad binaria. Pero pienso también en Fermín Rodríguez, y en los cuerpos que habitaron lo que luego se llamó desierto (a costa de sus vidas), todos esos cuerpos que tampoco importaron, por negros, por marrones, por indeseables. Más cercanas quizá a Butler (más cercanas que Fermín Rodríguez en cuanto espacio discursivo pero no necesariamente teórico) Silvestri y Vasallo también hablan de los cuerpos que no importan. Silvestri en su manifiesto pornoterrorista –en Manada de lobas: “somos las bolleras, las putas, lxs trans, las inmigrantes, las negras, las heterodisidentes…”, o un poco antes, “Son los animales, las selvas, las tribus, las trabajadoras, sexuales, las travestis, lxs que viven en las calles, lxs migrantes quienes no nos dejan decir ‘nosotras’ sin hacernos cargo de nuestros privilegios.” Vasallo se pregunta, discutiendo la monogamia como régimen político: “qué sucede con la gente que no encaja y qué sucede con la gente que queda excluída”, y afirma: “romper la monogamia no es para blancas, flacas, cuerdas, bonitas y bien hechas, sino justamente para aquellas para las que la monogamia es todavía más mentira que para el resto (…). Es la ruptura de las fracasadas, los losers, de las que habitan el margen de cualquier margen, de aquellas que nunca encontramos pareja con la que hacer nidito pues no hay nido que nos contenga ni nos quiera contener. Es para la chavala abandonada en su tercer mes de embarazo, para las bolleras de pueblo, para pasados los 40, para seropositivas, para el marica de la escuela, para las personas trans sin passing, para las que han sido rechazadas por las suyas, por su clan, las que no encajan ni es su raza, ni en su clase, ni en su estirpe, ni en su entorno, ni en su patria.” (el desafió poliamoroso; p. 127). Escribí acá un poco de lo que entendí del libro, un poco de lo que me quedó, un poco de lo que recuerdo. El texto tiene mucho más; posiblemente me haya equivocado en algunas ideas porque no las haya entendido bien, y posiblemente me olvide de cosas fundamentales (pienso en concepto de travestismo, las lecturas que hace de Foucault, la discusión con Zizek en el capítulo sobre Lo Real). No lo sé, no es tampoco mi idea acá hacer un resumen, sino siempre invitarlxs a leer. En algún capítulo de este libro, Butler analiza la película-documental “Paris is burning”, en la que supongo se basó la serie de netflix “Pose”, que tiene una estética y un argumento medio similar. Les recomiendo ver la peli (la serie vi un solo capítulo y no me gustó mucho pero q se yo) y también, claro, leer a Butler. Por otro lado, hace un par de años escribí un trabajito en el que analizo la política editorial referente a la sexualidad de la editorial Iván Rosado mediante de la lectura de varios poemarios, realizada a través de categorías de De Beauvoir, Bautler y Silvestri. Es un trabajo que me gustó mucho hacer, con el que me divertí, y que no pude publicar porque la cñora editora de la revista donde mandé me dijo que solamente pueden publicar lxs alumnxs que trabajan con profes que estén en la dirección de la revista (juas). Si a algune le interesa, claro, lo puedo compartir. Pienso, siempre, en que además de leer a los “teóricos”, tenemos que leernos entre nosotres, saber qué deja cada libro en cada unx que lo lee, qué pudo hacer cada unx con eso que leyó, que envíos le trajo y qué memorias le devolvió. Conocer los fragmentos de lxs otrxs lectores… 2021