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A room of one's own - Virginia Woolf

Lector en formato pagina

“But what about my dreams? What dreams? Ladies do not have dreams; they have husbands” The Bridgerton Sentadas en la mesa del comedor de nuestra casa en una farm en Queensland, discutimos con Mica sobre las decisiones que vamos tomando acerca de nuestros respectivos viajes, que es lo mismo que discutir sobre las decisiones que vamos tomando acerca de nuestras respectivas vidas. Viajamos solas, a veces acompañadas, ahora nos encontramos en una casa remota en la mitad de la nada rodeadas de plantas de algodón y de desierto. En ese momento Mica viaja acompañada, yo no. Discutimos sobre viajar juntas, sobre escribir nuestras tesis. Hablamos de la disponibilidad del tiempo y de la creatividad, de lo que estamos leyendo y de nuestra posibilidad real de sentarnos a escribir. En algunas cosas somos parecidas: donde sea que vayamos, buscamos siempre tener nuestra propia habitación. Viajar a veces te obliga al amontonamiento y al ruido de los hostel, a compartir dormitorio con desconocidos y a socializar a las siete de la mañana contra tu propia voluntad. Enamorarse a veces también. Sobre todo cuando una viaja, que de repente se encuentra viviendo con alguien por unos meses y se despierta todos los días al lado de un cuerpo que es tan conocido como desconocido. Mica me dice que para escribir es importante tener el propio espacio, silencio y tiempo para pensar. Como dice Virginia Woolf, me dice, una necesita a room for one’s own. Así llega a mis manos este libro, en el momento preciso, como llegan eventualmente los libros que se nos quedan pegados para siempre a la piel. En ese momento me encuentro leyendo una serie de relatos autobiográficos de escritoras mujeres que se convertirá en algún momento en el corpus de una tesis que todavía debe ser pensada y escrita. Hay un punto de contacto entre todos esos libros y está vinculado a la identidad femenina de las autoras que deciden escribir sobre sus propias vidas. Tengo presente cuando las leo el concepto de ‘género marcado’ de Simone de Beauvoir: las mujeres, antes de cualquier cosa, estamos condenadas a ‘ser mujeres’. Es decir: antes que nada, somos mujeres y esa marca identiraria es visible por sobre cualquier otra. Después, artistas, escritoras, abogadas, o lo que fuese. Es evidente en los textos que leo que, muchas veces a pesar suyo y otras a placer, las autoras escriben siempre, eventualmente, sobre su identidad femenina. Es parte de la narrativa autobiográfica tener que nombrarse mujer y explicar las complejidades que eso implica para desarrollar cualquier deseo de realización no hegemónico. Marguerite Durás, Margarita García Robayo, Camila Sosa Villada, Clara Obligado, Marysé Condé, Piedad Bennett, Agatha Kristoff, Xiaolu Guo. Ser mujer y escritora es una identidad contradictoria que tiene que ser expuesta y explicada para poder ser percibida, para tener un sitio en la posibilidad de existencia. En ese contexto, A room for one’s own es una lectura indispensable, y sin embargo llega a mí de forma completamente arbitraria (no es dato menor que me recibí de profesora de letras sin tener conocimiento de la existencia de este libro ni de varias de las autoras que nombré anteriormente, dado que el porcentaje de autoras mujeres que leemos en la carrera es notoriamente reducido). Virginia Woolf hace un recorrido aparentemente desordenado y arbitrario sobre diferentes autoras mujeres desde el siglo XIX, donde aparecen las primeras grandes escritoras conocidas mundialmente (exceptuando las ya más que famosas Safo o Sor Juana, joyas aisladas entre el mar de bolas de la historia mundial de la literatura). Para acceder a ellas, recorre bibliotecas y examina libros con el objetivo de escribir el ensayo que efectivamente está escribiendo. En el proceso, va exponiendo interrogantes que surgen de los libros con los que se encuentra (la mayoría, obviamente, de autores hombres) y las respuestas que va dilucidando. Las preguntas fundamentales son por qué, evidentemente, las mujeres escriben notoriamente menos que los hombres, y por qué, aquellas que escriben, lo hacen fundamentalmente sobre temas autorreflexivos o sentimentales. Una de las primeras escenas es ilustrativa del resto del texto: el acceso a una de las bibliotecas a las que Woolf quiere entrar está restringido para mujeres que no estén acompañadas por un hombre. Desde este punto de partida, Woolf expone los diferentes accesos restringidos que acompañan a las mujeres en la historia. Muchos de esos son ya conocidos: el acceso a la educación, al voto, a gestionar su propio dinero. Pero hay algunos menos publicitados e igual de fundamentales: el acceso a la soledad, a la vida privada. A lo largo de la historia hasta muy entrado el siglo XX, las mujeres no tienen dormitorios para ellas mismas, ni escritorios en sus dormitorios. No tiene tiempo a solas, ni la posibilidad que tienen los hombres de viajar solas a donde ellas quieren. ¿cómo puede una escribir sobre algo que no sea la propia vida si no ha salido nunca del living de su casa que no sea acompañada de su marido para ir a la Iglesia los domingos? ¿cómo puede una siquiera escribir si el único espacio que tiene es la mesa del comedor donde están también el resto de las personas de la casa haciendo sus propios quehaceres? En esa dirección es que Woolf afirma que, para ser escritora una mujer necesita fundamentalmente algo que le aparece negado durante la mayor parte de su historia: la posibilidad de estar sola, de pensarse por sí misma, de gestionar su propio tiempo, de imaginarse y de imaginar por fuera de lo afectivo-relacional, de tener, es decir, una habitación para una misma. “She may be beginning to use writing as an art, not as a method of self-expression” Epílogo culposo: mientras leía este libro, sale la tercera temporada de The Bridgerton. Amante como soy de las series de vestidos largos y palacios y bailes en la corte, obvio la miré entera en tres días. No voy a hablar de la simpleza narrativa ni de la fabulosa y ecléctica estética con la que cuenta; me voy a restringir a lo que me incumbe: las mujeres que escriben. En contexto: la protagonista de la tercera temporada es una chica de la aristocracia que escribe a escondidas su propia columna sobre chismes de la alta sociedad. Una Gossip girl de finales del siglo XIX. Algunos detalles son acertados: ella escribe sentada en su cama acerca de lo único sobre lo que le han enseñado a prestar atención: lo que hacen las demás personas de la corte. En una escena, otra de las chicas que quiere hacerse pasar por ella es encontrada por su madre escribiendo en el escritorio de la biblioteca de la casa. Cuando es interrogada, responde: no tengo escritorio en mi habitación. Esta escena se contrapone a la del protagonista hombre escribiendo en la privacidad de su propio escritorio, luego de haber regresado de su viaje por Europa. Varios detalles de este tipo, incluidos algunos diálogos, ilustran acertadamente la compleja situación de una mujer que quiere dedicarse a escribir dos siglos atrás. Una película de la misma índole con detalles similares (aunque mas evidentes) es la última de Mujercitas, donde Jo quiere ser escritora. 2024