Cesoteca

Cuidado, esto es una carta de amor

Lector en formato pagina

Te escribo esta carta sabiendo que nunca te la voy a mandar. Y la escribo así, en segunda persona, porque es tu imagen leyéndola la que me hace avanzar en las palabras. No es la primera que te escribo, lo sabemos Escribo cartas siempre que las manos no me alcanzan y ahora que estoy tan lejos y que no me alcanzan nunca es a veces la única forma que tengo de hablar. Si te tendría cerca haría lo de siempre: abrazarte por la espalda, un desayuno, hacerme un bollito sobre tu falda y recostar la cabeza sobre los huesos de tu pecho, mirarte estudiar. Y aunque no hace falta que te diga cuánto te quiero lo digo igual, como siempre mil veces, dos mil veces cuatro veces en la misma frase y otra más después de saludarte. Te escribo esta carta también porque cerré mis ojos hoy antes de dormir y me acordé de tu cabeza en mi misma almohada y no pude sino sonreír aunque esa almohada sea la misma y vos te acuestes esta noche sobre ella y esa almohada esté a miles de kilómetros de la mía más de un océano más de un continente más de un avión y sin embargo ya no lloramos, ¿ves? qué lindo puede ser todo a veces aunque sea en los segundos en que cerramos los ojos antes de dormir. Y si te extraño mucho me acuesto de costado y dibujo el contorno de tu cuerpo detrás del mío: mi cabeza debajo de tu cuello tu pecho apoyado en mi espalda mis nalgas sobre tus muslos tus piernas largas cubriendo los dedos de mis pies pequeños y tus manos apretándome los pechos como si quisiesen guardar en la palma la memoria de su espesor. Tu cuerpo blanco y alto y lampiño y desnudo que es la otra forma que tiene en mi memoria. Desnudo, escurriéndose con las manos después de bañarse o quieto debajo del agua dejándote enjabonar por mí durante horas. Un acto de alabanza enjabonarte la espalda el pecho los brazos hasta la punta de los dedos arrodillarme en frente tuyo y enjabonarte los muslos los genitales dormidos las nalgas las pantorrillas las plantas de los pies y pedirte que lo hagas conmigo y reírme de tu detenimiento en mis pechos del tiempo que te tomabas para lavarlos enteros de a uno La primera vez que dormí con otro chico acá lo tuve que echar en mitad de la noche cuando estiré mi mano y descubrí que su mano no era la tuya. No podría confundir tu mano ni aunque quisiese; la mano más suave de la tierra como si nunca hubiese tocado nada que no sean mis pechos. Abrazar hemos abrazado tanto. Todo el contacto, los cuerpos replegándose uno sobre el otro pero de la mano sólo puedo dormir con vos. Agarrarnos las manos como una medida de distancia prudencial como cuando hacíamos fila en la primaria la máxima distancia posible soportable saber que el otro cuerpo sigue ahí sin necesidad de atropellarlo todo la distancia justa de los brazos: esa es la medida de tu amor. Siempre la fue; dejarme mi espacio para que me desperece para que me expanda y sin embargo estar ahí con la suavidad de tu mano servida como caricia o como rescate. Cuando llegué acá me pregunté muchas veces cómo haría para olvidarme de vos. De reírnos hasta la madrugada y de tus mates que son los mejores mates de este mundo y de tus ojos que son los más negros de este mundo. Ahora ya no me pregunto lo que sé. No espero -no esperamos- volver a encontrarnos. Es decir: no estamos a la espera de. Te miro sonreír a veces cuando hablamos y ya no busco el olvido. No sólo porque sé que quizá no sea posible sino porque me privaría de algunos olores que no existen más allá de vos y de tu cuerpo y de tu risa y -qué riesgo, repetir estas palabras- y de tus ojos. Creo que hay algo que el mar me devolvió después de llevarse todo. Me encuentro pensando en nuestro amor y no es la tristeza de lo que ya no existe el peso de un pasado luminoso ni la memoria melancólica de lo que no va a volver sino el recuerdo de que todo es posible. 2024