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Ensayo sobre el silencio

Lector en formato pagina

Ya sabemos: no estamos acostumbrados al silencio. Si lo pensamos bien, a veces no sabemos siquiera qué es. Mi papá me decía de chica, cuando quería escuchar música todo el tiempo, que tenía que aprender a estar en silencio. Yo pataleaba. Después me hice amiga, a ratos, de ese silencio. Me gusta mi casa, que no me hablen por las mañanas y mirar mis plantas crecer. Pero eso, eso tampoco es el silencio. Durante el período de pandemia conocí otro silencio al que no había tenido acceso hasta entonces. Dejé de escribir. No fue una condena, fue una elección de un cuerpo abarrotado de palabras que intentaban explicarlo todo sin nunca llegar a ninguna conclusión, a nada certero en este mundo que se desplomaba rápidamente mientras nosotros intentábamos sobrevivir a la soledad, al miedo, al encierro, a las muertes que nos rodeaban y parecían querer entrar de un momento para el otro por la puerta. Solté las palabras y me dediqué, varios meses, a bailar. Entendí muchas cosas, sin saber cómo. Nunca intenté explicarlas, nunca las escribí. De ese silencio aprendí que no siempre hay palabras para todo, que no siempre se puede explicar, y mucho menos entender. Que el lenguaje no encierra la mayor parte de las cosas fundamentales, las que hacen que eso que hacemos día a día se llame, un poco, nuestra vida: el amor, el miedo, la muerte. Las palabras se caen de las manos, se vacían de cualquier metáfora cuando miramos el mar, cuando nos preparan el café, cuando rompemos un lazo. Volví muchas veces sobre ese silencio los años que siguieron a la pandemia. Se había convertido en un lugar seguro, un lugar cuidado donde las cosas eran blancas y claras como las mañanas de domingo de brisa fresca y mates al sol, donde las cosas que dolían quedaban afuera. Pero los silencios son muchos, y tienen muchas formas. El silencio, a veces, también, es una forma de violencia. Obligar a callar, quitar las palabras. Nunca más responder. Conocí este año esa forma de silencio, con la que nunca había tenido contacto. Lo sé, puedo considerarme afortunada en este mundo si siendo mujer nunca me obligaron al silencio. Mis padres siempre me explicaron por qué, me enseñaron a preguntar y a quejarme. Crecí gritona y quejosa, dos características que nunca perdí. Crecí y fui feminista cuando me quisieron tapar las tetas y comunista cuando vi que a las personas que me rodeaban les faltaba el pan, nunca tanto por convicciones teóricas como por la necesidad incontenible de estamparles en la cara la mierda que nos querían esconder. A mi vida le sobraron siempre palabras: abarrotada de libros, de cuadernos que escribo desde que tengo memoria, de discusiones con mis hermanos, de espacios que siempre me dejaron hablar, en la universidad, en la escuela secundaria, en mi casa, en mi grupo de amigos. Mi intelecto se construyó de discusiones teóricas y políticas en la mesa del domingo, y mi sexualidad de las explicaciones de mis amigos, de la libertad con la que aprendimos siempre a hablar de orgasmos y miedos e inseguridades. Un privilegio del que nunca fui verdaderamente consciente hasta que descubrí ese silencio. No el de las mañanas, no el de las montañas, no el de la meditación ni el de las clases de danza. El silencio impuesto por alguien que, con su silencio, te quita la posibilidad de hablar. El silencio impuesto que a veces viene en forma de grito, ese grito que te aturde y no te deja siquiera escuchar ni mucho menos replicar, pero que otras viene de un silencio más grande, el silencio de quien no está dispuesto a escuchar, que cerró esa puerta a tu palabra y la bloqueó. Un silencio abrazador, un muro sordo a los gritos, mudo, alto y blanco como un valle nevado entre montañas sin fin. Ante ese silencio inevitable, tuve que aprender otra vez. Primero no sabía qué: si a callarme, si a romper el muro a golpes, si a esperar. Escribí hasta el hartazgo para llenar con palabras un silencio que, descubrí, no tenía esta vez que ver con la falta de palabras sino con la falta de un interlocutor. Y me pregunté, entonces: ¿quién espero que sea ese interlocutor? ¿a quién coloco como interpretante de mi vida, como lector legitimado de mis palabras? Lo dijo Jakobson, no hay comunicación sin palabras pero tampoco sin interlocutor. Construimos siempre un receptor, un lector modelo, alguien a quien dirigimos nuestras palabras y cuyo silencio nos deja, obviamente, sin voz. Ahí encontré entonces lo que no estaba buscando pero se me presentó, sin más. A veces ese interlocutor es fundamental. Es decir: irremplazable. Y ahí rompemos el muro de silencio a martillazos, lo destrozamos y alzamos a voz, gritamos, pintamos las paredes con slogans y le hacemos saber al mundo que no nos pueden callar. Pero otras veces el interlocutor no es más que un espejismo. Un deseo, una proyección, la necesidad de sentirme avalada por una voz-respuesta que me diga que sí, siempre que sí. Un docente, nuestros padres, a veces los amigos, muchas veces algún amor. La desaparición de ese interlocutor no es necesariamente algo malo. Es, siempre, dolorosa. El silencio se vuelve un nudo en la garganta, una tirada de páginas rayadas con palabras incongruentes y desordenadas, un féretro gris inmenso en el que nos metemos solos a dejarnos morir. Pero ese silencio no es más que la propia vida hablándonos, invitándonos de nuevo a repensar el lugar que le estamos dando a esos interlocutores imaginarios, a esos espejismos que queremos que nos escuchen, quizá, porque no nos estamos escuchando nosotros mismos. Y ahí hay otra cosa con el silencio, que descubrí estos últimos meses y que estoy aprendiendo a gozar. El silencio tiene su propio lenguaje, para adentro. Y el silencio, fundamentalmente, tiene su propio interlocutor: uno mismo. Cuando no podemos dejar de hablar, como me pasa tantas veces, verborrágica y gritona y atolondrada como soy, muchas veces es porque lo que no podemos hacer es escucharnos. Estamos todo el tiempo poniéndole palabras a nuestra vida para que otros oyentes nos legitimen en lo que pensamos, en lo que amamos, en lo que sufrimos. Convertimos a los otros en interpretantes de nuestra vida, les damos la legitimidad de decirnos a nosotros si existimos, y entonces su silencio nos parece eliminar, como si dejásemos de existir para una parte de este mundo. Recuperar la propia interpretabilidad, convertirnos en nuestro interlocutor modelo, en el principal lector de nuestra propia historia es tan fundamental como la idea, tan manoseada ya (y no por eso menos válida) de ser protagonistas.