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errancia y camino

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Errancia y camino ¿está acaso quien abandona su hogar condenado a la errancia? La hipótesis -si puede acaso formularse como una- no es mía. Mica la instauró como duda en mi cabeza cuando me dio de leer su tesis de licenciatura sobre literatura hispanoamericana. Una serie de mujeres que no siguen cierto patrón de conducta, condenadas a la errancia. Las dos, deseosas de hacer algo que no sabíamos bien qué, no sentíamos interpeladas por esa idea. Me pregunto, primero: ¿qué es la errancia y por qué es una condena? El diccionario de Google define errar como “ir de un lugar a otro sin un fin, un motivo o un destino determinados”. Es bastante similar a una descripción de mi vida del último año. Las personas me rodean, tanto las que me quieren como las que no necesariamente, me preguntan constantemente por qué. No es una pregunta que se le haga a todo el mundo: nadie (o al menos un porcentaje mucho menor del que me pregunta a mí) le pregunta a una persona por qué eligió casarse (salvo, obvio, Gaspar, que podrá quitarme la palabra hasta la muerte si le obligo a asistir a una declaración de amor eterno frente a un altar). Por qué eligió estudiar una carrera. Por qué decidió quedarse en un lugar. Son las formas ‘no marcadas’ de existencia. Por formas no marcadas no intento deslegitimar esas formas, sino entenderlas en el marco en el que se las considera únicas, o las formas por defecto. Todas las demás, llevan la marca: la preocupación de los padres, la angustia de los de nos rodean, las preguntas incómodas de los vecinos, el chisme, y sobre todo, la marca del fracaso. Esa marca es fundamental, porque es la que nos lee como “desviados”. No es nada nuevo lo que estoy diciendo; ya sabemos quienes son los desviados: las tías que quedaron solteras, el que fuma porro después de los cuarenta, el que atiende el teléfono de otro a cambio de un pago mínimo hace más de veinte años. Toda esa secta de personas que no lograron alienarse lo suficiente para poder afirmar que encontraron su camino en este mundo y son leídos como los fracasados, los que nadie quiere ser. Las vidas a las que nadie aspira. Es la marca del que no tiene camino. La marca de la errancia. Y la errancia es una condena: errar por el mundo sin saber cómo vivir, modificando sentidos a cada paso a falta de uno propio, a la deriva de los deseos ajenos, de las teorías de moda (de vegana a taoísta, de fit a carpe diem), de las certezas momentáneas de algún iluminado que sabe hacer afirmaciones contundentes en cenas de bares, para el asombro de todos los presentes. Errar: no sentirse nunca en casa, no saber adónde apoyar los pies. Soy sujeto de esa errancia hace varios años, reflejada de forma más contundente los últimos doce meses, donde esa errancia tomó la forma del viaje, pasando de la metáfora al echo. Ahora, efectivamente, doy vueltas de un lado a otro sin saber a dónde ir, ni por qué. La errancia me deja sus marcas: no ignoro ser parte de la moda de irse a Australia para escapar de la fluctuación de un país que te obliga a la creatividad de la supervivencia para acomodarme en la vida de quien gana en dólares limpiándole el culo a los primermundistas. No ignoro tampoco haber sido víctima de la venta indiscriminada de cuerpos que propone el amor libre neoliberal. Así como tampoco ignoro haber sido parte de la vorágine comunista de quien quiere pertenecer al lado insurrecto de las cosas, ni de la oleada feminista que invadió mi vida en todos sus ámbitos hace unos años, ni de la secta intelectual de quienes, tras haber leído a Foucault, creen haber entendido el mundo y su secreto funcionamiento. Errar no es poético: si no hay certeza, todo puede convertirse en una sin que nos demos cuenta. Cualquier libro que salga de un cajón, una biblia. Frente a esta condenada condición de errante, intenté, constantemente, encontrar “mis” certezas, esas pequeñas afirmaciones que me permitiesen generar un criterio, aunque sea momentáneo, desde el cual tomar decisiones y poder sostenerlas en el tiempo al menos durante medio año (nada que haya sido una certeza para mí hace medio año lo es ahora, salvo quizá el cariño de las personas que me quieren). Pero quien ha sostenido más de cinco tipos diferentes de certezas en menos de diez años sabe, por experiencia, que no hay forma de afirmar nada. Todo lo afirmable es, por definición, negable. Ninguna certeza absoluta, eterna e inmutable. Cualquier certeza pequeña, cada vez más pequeña, hasta ser absurda. Me pregunto constantemente: ¿dónde voy a encontrar entonces esa razón que sostenga cada una de las decisiones que tomo en mi vida? ¿ese hilo rector que permita generar de todo esto una historia coherente, donde el nudo, al fin, se desenlaza? ¿está la clave en aprender a vivir en soledad? Me funcionó por un tiempo, leyendo la frase que mi abuela dejó escrita en un papel, junto a un trébol de cuatro hojas: “libertad, no depender de nada, no esperar nada, no depender de nadie”. ¿O está acaso la clave en los buenos vínculos, como me dijo mi mamá, que lo que importa son siempre las personas? ¿o no estará quizá la clave en un proyecto personal, que sostenga cada acto desde la perspectiva de alcanzar un objetivo concreto? ¿o en alguna forma del carpe diem, del sabor del instante? ¿o a lo Diógenes? ¿será la clave la anulación total del deseo, vehículo del poder en las acciones más cotidianas de mi vida? ¿estará la clave más sencillamente en mi intuición? ¿dónde está la clave para saber cómo vivir cuando soltamos de una vez y para siempre los ejes que guionaban nuestra vida? Y no hablo de volver; quien ha errado por varios años sabe, también, por experiencia, otra cosa: no se puede volver, no hay camino de regreso. Esa, es quizá, la única certeza absoluta. Y no porque volver sea un fracaso, sino porque simplemente no se puede. Porque no hay dónde volver. Los errantes no somos hijos pródigos. Y no hay orgullo en eso. Pero si volviésemos, nos volveríamos a ir. Frente al desamparo de la errancia, donde todo puede convertirse en una certeza momentánea, ensayo una pequeña hipótesis. ¿Se podrá abandonar absolutamente la certeza? ¿No es la certeza la línea que guía a aquellos que tienen un camino? ¿no será entonces la necesidad de una certeza lo que nos impide errar sin más? ¿se puede abandonar esa necesidad que parecería connatural al ser humano? Ya no abandonar la certeza traída de nuestra infancia, esa que ya abandonamos cuando decidimos no jugar al juego de la vida. No abandonar tal o cual certeza. Abandonar la certeza en cuanto tal, en cualquiera de sus formas. Eliminar de nosotrxs mismxs esa necesidad de encontrar una forma correcta y buena de existir en este mundo. Reconocer dónde estamos encontrando certezas momentáneas: viajar en vez de quedarse, el poliamor en vez del matrimonio, el carpe diem en vez de los proyectos… todas certezas de feria que no hacen más que volver a construirnos un camino delineado de antemano, impidiéndonos conocer otras formas que no se incluyan en esos pares binarios demarcados por discursos siempre cerrados, siempre completos. Ni aprender a vivir en soledad, ni aprender a entablar vínculos amorosos. Ni un proyecto de vida, ni el placer del instante como eje. Abrir los ojos para mirar lo que se propone. A veces, una forma. A veces, otra. A veces solo, a veces con otrxs. Reconocer en esas formas la frugalidad de toda verdad. Vivir en esa frugalidad, saboreando lo que sucede. La tristeza, la desolación, el placer, el cansancio. Formas válidas de vida. Dejar de escapar. Abandonarnos a la estepa, a la intemperie, al torrencial. Hacer de cada paso un ingreso más a la profundidad del bosque, que quienes siguen el camino nunca conocerán. ¿Estará lleno de monstruos? ¿nos comerán los lobos si abandonamos la manada? ¿o estará quizá la casa de Tom Bombadil, esperándonos con la chimenea prendida, la mesa servida y un colchón para descansar?